Profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca

 

1. Aclaración de términos muy conveniente

El tema que me ha sido propuesto por los organizadores del Congreso está formulado con palabras que tienen no pocos matices y significados. Por eso, antes de ponernos a reflexionar sobre ello, parece conveniente aclarar cómo yo los entiendo, para que pueda a la vez comprenderse el sentido de mi exposición.

En primer lugar conviene aclarar que, cuando hablamos de Sagrada Escritura, estamos refiriéndonos a los escritos de la Biblia, en cuanto son para el creyente a la vez palabra humana escrita y plena palabra de Dios. No hablamos, por tanto, de la Biblia como obra de literatura. Ni nos referimos únicamente a la Biblia judía, aunque ella esté integrada en la Sagrada Escritura cristiana. Hablamos, pues, del conjunto de los escritos bíblicos, que contienen y son palabra de Dios, capaz de conducir a la salvación.

El término pedagogía, aunque es antiguo, es moderno en su significado de disciplina o arte de educar, tal como se estudia más o menos en el ámbito universitario. El origen de la palabra viene de "pedagogo", aquel que conducía (agein) al niño (pais) para que recibiera la instrucción. De hecho, este sentido permanece en la acepción cuarta de esta palabra del Diccionario de la Real Academia: "el que anda siempre con otro y lo lleva adonde quiere o le dice lo que ha de hacer" (edición vigésimo segunda). Cuando hablamos de la "pedagogía de Dios", estamos afirmando, en primer lugar, que Dios acompaña de alguna manera al hombre, para conducirle a donde quiere, indicándole lo que ha de hacer. Aunque también podemos entender la expresión como el arte o la manera de enseñar y de educar Dios a Israel y a la humanidad entera. Aquí unimos "Sagrada Escritura" y "pedagogía de Dios". Tratamos, por tanto, de ver cómo Dios conduce a Israel hacia la alianza con él con una prudente pedagogía. Y cómo ello se expresa en la Escritura. Ahora bien, cuando entramos en el Nuevo Testamento, el Pedagogo es Jesucristo, expresión máxima de una pedagogía divina que se quiere poner a nuestra altura, o mejor, a nuestra bajeza. Cristo es, por tanto, quien nos acompaña en el camino al Padre y, al mismo tiempo, él es ese camino. Por tanto, él es nuestro Pedagogo, en cuanto que nos acompaña y guía en este caminar; y es también nuestro Maestro, capaz de conducirnos con la fuerza de su Espíritu a la verdad completa.

Finalmente, cuando hablamos de Pedagogía y Sagrada Escritura en la cultura del tiempo, nos enfrentamos a una expresión claramente oscura, dicho con una paradoja. Expresado de otra manera, se trata de una frase ambigua y, como tal, puede ser entendida de diversas maneras: en el tiempo de Israel y de Jesús, en el tiempo de la Sagrada Escritura, en el tiempo de Dios, en cualquier tiempo en que se quiera considerar la relación entre Escritura y pedagogía de Dios. La ventaja de la ambigüedad es que, una vez constatada, deja muchos caminos abiertos. Y a nadie extrañará que sea mi propósito circular por varios de ellos.

Así pues, teniendo en cuenta lo dicho, cuando hablamos de pedagogía de Dios unida a Sagrada Escritura en la cultura del tiempo, estamos proponiendo diversos caminos para indagar las relaciones entre los términos formulados:

  • Un primer camino nos lleva a indagar, cómo la Sagrada Escritura revela la cercanía de Dios a Israel y a la comunidad cristiana, para conducirlo como buen pedagogo hacia la alianza con él, a la salvación. Descubrimos así el modo de actuar de Dios con los humanos.
  • Un segundo camino nos invita a examinar la Sagrada Escritura misma, para descubrir cómo en ella se refleja ese acompañamiento respetuoso y cercano de Dios a los hombres a lo largo de la historia de salvación, especialmente mediante su presencia en Jesucristo, que da a conocer a Dios Padre desde la cercanía de su naturaleza humana. Esta vía nos lleva a escrutar los escritos bíblicos, como instrumento pedagógico de Dios, que nos muestra su modo de actuar, especialmente en Jesús, Pedagogo perfecto y verdadero Maestro, que nos enseña a leer con ojos nuevos la Escritura.
  • Pero hay más caminos. La Escritura en la Iglesia es instrumento pedagógico para encontrarse con Jesucristo, el Hijo de Dios, y dejarse llevar por él hasta la verdad y la salvación plena. Y la Iglesia, heredera en parte de la función pedagógica de Cristo, por ser heredera de su espíritu, nos propone un rico y variado camino metodológico para llevar a cabo esta tarea
  • Finalmente, no cabe duda de que en la Escritura han quedado perennes las huellas del acompañamiento de Dios a los hombres de cada tiempo, huellas que reflejan a la vez el cuidado de Dios con los hombres y las limitaciones de esos mismos hombres en cada tiempo. Investigar esas huellas nos ayudará a leer más sabiamente los escritos bíblicos.

Por supuesto, es bien sabido que la Biblia es un conjunto de escritos de naturaleza muy compleja. Y que el proceso que da lugar a la existencia de lo que hoy conocemos como Biblia cristiana o Sagrada Escritura no podemos ni siquiera bosquejarlo aquí. Sin embargo, trataré de tener en cuenta todas esas cuestiones, aunque no se note. Y ello, para que las afirmaciones que vaya haciendo resulten no sólo sugerentes, sino fundadas en un suficiente conocimiento de la compleja historia de este libro, de esta "biblioteca santa", como la denominó en el siglo XVI Sixto de Siena, para ayudarnos a comprender que se trata no propiamente de un libro, sino de un conjunto numeroso y complejo de escritos.

 

2. Cómo la Escritura revela la cercanía y la pedagogía de Dios a los hombres

A medida que en el pueblo de Israel se fueron coleccionando y poniendo por escrito las grandes tradiciones nacionales y religiosas que configuran la identidad del pueblo bíblico, se fue suscitando igualmente la reflexión sobre los acontecimientos recogido por escrito y sobre su sentido. No eran simples hechos los que se narraban. Y mucho menos eran hechos simples. El gran argumento de la Biblia del pueblo de Israel -y digo aquí Biblia, en el sentido del conjunto de escritos que consideraba sagrado el Israel de la historia- era la propuesta de alianza de Dios con el pueblo, una propuesta singular, que no había hecho a ningún otro grupo humano. "Yo soy tu Dios, tú eres mi pueblo", es la expresión que resumía el argumento último de cada uno de aquellos escritos (Ex 24, 1-11; Dt 5, 1-6; Jer 31, 33). Y, sin embargo, sorprendentemente el pueblo no respondía siempre de manera positiva, es más, con mucha frecuencia la respuesta dejaba mucho que desear.

Cuando se pone por escrito el Deuteronomio, en un momento en que ya se conoce bien la historia de las relaciones entre Dios y su pueblo, no era difícil descubrir en esa historia una enseñanza. Así, puestas en labios de Moisés hablando a los israelitas en el desierto, pero con clara proyección para quienes leían el libro, se expresa que la historia allí contada tiene un valor pedagógico para el pueblo en todo tiempo:

Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para probarte, para conocer lo que hay en tu corazón: si observas sus preceptos o no. Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para hacerte reconocer (para enseñarte) que no sólo de pan vive el hombre, sino que vive de cuanto sale de la boca de Dios ... Reconoce pues en tu corazón, que el Señor, tu Dios, te ha corregido, como un padre corrige a su hijo, para que observes los preceptos del Señor (Dt 8, 2-6).

La imagen recurrirá con relativa frecuencia: Dios es un padre que educa a Israel, su hijo, corrigiéndole con castigos cuando se desvía, premiándole con su ayuda cuando es fiel. De esta manera las relaciones entre Dios e Israel, la historia del pacto de alianza ofrecido por Dios, la historia de salvación en último término, se presenta como un proceso educativo, en el que Dios, su pedagogo, va sacando lo mejor de su pueblo, le va preparando para una alianza sin rupturas. Es un comienzo, que cesará ya jamás.

Efectivamente, la misma lección se repetirá continuamente. Valga un ejemplo significativo. El salmo 78, que es una amplia presentación de la historia de la salvación, de la relación turbulenta entre Dios y el pueblo de Israel, es en el fondo una meditación sapiencial para que los israelitas aprendan de la historia. Una historia siempre dialéctica: Dios propone a Israel la alianza en un gesto de amor y misericordia; Israel la rechaza yéndose con otros dioses; el Señor Dios castiga con justicia al pueblo; pero Dios vuelve de nuevo a proponer la alianza, porque su misericordia es eterna. Y todo ello contado con detalle, enumerando las distintas ocasiones en que esta relación dialéctica tuvo lugar, para que se aprenda, se conozca, no se olvide:

Lo que oímos y aprendimos
lo que nuestros padres nos contaron,
no lo ocultaremos a sus hijos,
lo contaremos a la futura generación:
las alabanzas del señor, su poder,
las maravillas que realizó (Sal 78,3-4).

Una reflexión semejante, pero ahora claramente expuesta como lección de la pedagogía de Dios para el pueblo, podemos leerla en el último de los libros del AT cristiano, escrito en Egipto por un judío alejandrino, prácticamente contemporáneo de Jesús. Conocedor de la brillante cultura griega alejandrina, lanza una mirada a la historia de su pueblo. Recuerda la sed de los israelitas en el desierto, cómo fue saciada con el agua de la roca, y reflexiona sobre la actitud de Egipto y la moderación del castigo que Dios les infligió por no dejar salir a su pueblo. Dios es el gran pedagogo del pueblo de Israel, que corrige y enseña:

Cuando sufrían una prueba, aunque corregidos con amor, comprendían los tormentos de los impíos juzgados con cólera. Porque a unos los probaste como padre que corrige, pero a otros los castigaste como rey severo que condena (Sab 11, 9-10).

Incluso cuando castiga a los enemigos de Israel de manera más moderada de lo que quizá a algunos les gustase, lo hace así para enseñar a su pueblo a actuar humanamente. Israel debe aprender de este padre, que es amoroso pedagogo:

Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores... Así, pues, para aleccionarnos a nosotros, castigas a nuestros enemigos con moderación (Sab 12, 19.22; cf. 19-27).

Dios es, pues, el pedagogo de Israel. Los va llevando, unas veces con los dones de su misericordia, otras con los castigos de su justicia, por el camino de la alianza. Y así, mientras leemos la Escritura, descubrimos cómo cuanto Dios hacía con su pueblo, tenía una dimensión educativa. Así lo ha visto y nos lo recuerda uno de los grandes teólogos de la Sagrada Escritura en el siglo II, san Ireneo de Lyon:

De esta manera dio al pueblo las leyes para fabricar la tienda y el templo, para elegir a los levitas, y para establecer el servicio de los sacrificios, oblaciones y ritos de purificación. No porque necesitase algo de esto, pues siempre está colmado de todos los bienes y tiene en sí mismo todo olor de suavidad y todo buen óleo perfumado, incluso antes de que Moisés naciese. Educaba a un pueblo inclinado a retornar a los ídolos, [1012] poniéndoles en la mano muchas herramientas para perseverar en el servicio divino: por medio de lo que era instrumento secundario para llegar a lo primario, es decir por medio de los tipos los guiaba hacia la verdad, por lo temporal a lo eterno, por lo carnal a lo espiritual y por lo terreno a lo celestial ... Por los tipos aprendían a temer a Dios y a perseverar en su servicio.

15,1. De esta manera la Ley era para ellos una educación y una profecía de los bienes futuros (Adversus Haereses III, 14, 3 -15, 1).

Toda la historia de la salvación, la manera concreta de comportarse Dios con Israel y con los pueblos vecinos son una lección para Israel. Una lección que debe aprender y no olvidar, como recordaba el sabio alejandrino: "para que al juzgar recordemos tu bondad, y al ser juzgados esperemos misericordia" (Sab 12, 22).

San Pablo, poco después, como buen judío que conocía el valor pedagógico de la historia de Israel, de la historia de salvación, nos ayuda a mirar cómo los acontecimientos de la historia de Israel son lección pedagógica no sólo para el pueblo de la antigua alianza, sino también para los cristianos. Así, escribiendo a los cristianos de Corinto, una comunidad llena de vida y de problemas, les propone el camino de Israel por el desierto como un ejemplo y una advertencia, para que aprendan a no cometer los mismos fallos:

Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo codiciaron ellos ... Todo esto les sucedía alegóricamente y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades (1 Cor 10, 6.11).

De este modo la historia de Israel se convierte en ejemplo, en advertencia pedagógica para judíos y cristianos. Son recuerdos para aprender, recuerdos que se transmitían oralmente y poco a poco fueron puestos por escrito, como la gran lección que nunca debía olvidarse. Recuerdos e historia que no son solamente cuestiones del pasado, dice san Pablo, sino ayudas presentes, hasta encontrar a Cristo. Así se lo advierte a los cristianos de Galacia, explicándoles el papel de la Ley de Moisés:

Antes de que llegara la fe, éramos prisioneros y estábamos custodiados bajo la ley hasta que se revelase la fe. La ley fue así nuestro ayo (paidagogós), hasta que llegara Cristo, a fin de ser justificados por fe; pero un vez llegada la fe, ya no estamos sometidos al ayo (oúketi hypo paidagogón esmen) (Gal 3, 23-5).

La Ley, es decir, la antigua alianza, tiene un papel provisional, aunque necesario y útil, debido a la dificultad de Israel para responder plenamente a la alianza divina. Es el pedagogo de Israel, es decir, no el maestro definitivo, sino el humilde siervo mediante el cual Dios conduce a su pueblo hasta la fe, esto es, hasta la nueva alianza, que se manifiesta en Cristo, al que accedemos por la fe, expresión que está aquí en cierto modo personalizada y se refiere a la economía de salvación y a Cristo mismo.

Esta etapa final de la ley era ya presentida por los profetas, especialmente en el momento del destierro, cuando se sueña con una ley que no necesite pedagogos, porque estará inscrita en el corazón de cada uno y no necesitará premios y castigos. Así, el segundo Isaías, dirigiéndose a los exiliados en Babilonia y describiéndoles las maravillas de una Jerusalén idealmente reconstruida, anuncia que en ella sus hijos "serán discípulos del Señor" (Is 54,13), constructores de una ciudad sin fallos ni defectos, porque como discípulos reciben las instrucciones del mismo Dios y las siguen. Y una idea semejante expone el bello poema del libro de Jeremías, que anuncia en medio de la tragedia de la destrucción, la ideal restauración de Israel y de Judá, la nueva alianza inscrita en los corazones de los nuevos israelitas, que ya nunca se rebelarán contra Dios, porque él mismo será su maestro: "Pondré mi ley en su interior y la escribirá en sus corazones. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que enseñarse unos a otros..." (Jer 31, 33-4). Y con palabras profundas y llenas de misterio, el mismo Jesús, cuando le critiquen su enseñanza los judíos en Jerusalén, echándole en cara que él es uno más, les recordará estos textos escritos: "Está escrito en los profetas: Serán todos discípulos de Dios" (Jn 6,45).

El concilio Vaticano II ha recogido esta experiencia de manera directa, al mostrarnos cómo este hablar por los profetas es una condescendencia de Dios, un ponerse a nuestra altura, asumiendo nuestra palabra humana, de modo que "hablando el mismo Dios por los Profetas, los entendió más hondamente y con más claridad cada día", con lo cual Israel pudo difundir ampliamente entre las gentes los caminos de Dios (Dei Verbum 14). La reciente exhortación postsinodal de Benedicto XVI, Verbum Domini comenta este texto de una manera bien interesante:

Es muy hermoso ver cómo todo el Antiguo Testamento se nos presenta ya como historia en la que Dios comunica su Palabra. En efecto, «hizo primero una alianza con Abrahán (cf. Gn 15,18); después, por medio de Moisés (cf. Ex 24,8), la hizo con el pueblo de Israel, y así se fue revelando a su pueblo, con obras y palabras, como Dios vivo y verdadero. De este modo, Israel fue experimentando la manera de obrar de Dios con los hombres, la fue comprendiendo cada vez mejor al hablar Dios por medio de los profetas, y fue difundiendo este conocimiento entre las naciones (cf. Sal 21,28-29; 95,1-3; Is 2,1-4; Jer 3,17)» (Dei Verbum 14).

Experiencia, escucha, reflexión son las tres etapas del itinerario pedagógico de Israel, conducido por Dios, que han quedado reflejadas en la Escritura. El ideal: ser discípulo de Dios, sin necesidad de la intermediación pedagógica de la ley. Este es el deseo y ésta es la utopía de los profetas de Israel. Una utopía que sólo se llevará a cabo, como vamos a ver, por medio del mismo Jesús.

 

3. Cómo la Escritura es instrumento de la pedagogía de Dios

En tiempos de Jesús y de los apóstoles, en los tiempos de la primera Iglesia y de los primeros misioneros, no existía más Escritura Sagrada que lo que hoy llamamos el Antiguo Testamento y podemos hojear cómodamente encuadernado en Biblias tan bellas como la que estamos presentando en este Congreso. Jesús y sus discípulos eran judíos. Como tales, sabían del modo judío de leer la Escritura, sabían cómo esa Escritura manifiesta el camino de salvación, la realidad de la alianza.

¿De qué manera descubrieron los primeros cristianos la pedagogía de Dios con su pueblo en los escritos santos del pueblo judío? La respuesta a esta pregunta encierra la novedosa aportación cristiana en relación con la lectura y comprensión de la Escritura. En efecto, con el Pedagogo por excelencia, el Maestro Jesús de Nazaret aprendieron a leer de otra manera la Escritura. Ahora ya Dios no se vale de la ley como pedagogo para Israel. El pedagogo es el mismo Dios, pero hecho cercanía, hecho carne nuestra. Hay aquí un cambio radical. La cercanía de Dios, condición imprescindible para que el discípulo pueda saber algo de él, ya no se realiza sólo por la Escritura sagrada, sino que se hace persona. La Palabra, el Logos de Dios se hace carne, cercanía humana total (Jn 1, 14). Jesús es el revelador del Padre, el que nos lo da a conocer, pues nadie ha visto a Dios, sino el Unigénito que está en el seno del Padre, que es quien nos lo ha dado a conocer (Jn 1, 18).

El autor de la Carta a los Hebreos expresa lo mismo, al comienzo de su carta, desde una perspectiva histórica:

En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha realizado los siglos. El es reflejo de su gloria, impronta de su ser (Heb 1, 1-3).

Y quizá el mejor comentario a estos pasajes de la Escritura sea la reflexión de Clemente de Alejandría, en la obra que lleva por título precisamente El Pedagogo:

Antiguamente el Logos educaba por medio de Moisés; más tarde lo hizo por medio de los profetas. Pero Moisés fue también un profeta: la Ley es, pues, la pedagogía de los niños difíciles de sujetar: Una vez saciados -dice- se pusieron a jugar (Ex 32, 6; cf. 1 Cor 10, 7) ...

Y como después de saciarse desordenadamente se dedicaron a divertirse, también de modo desordenado, fue preciso que vinieran para ellos la Ley y el temor para alejarlos de los pecados, y empujarlos a las buenas acciones, disponiéndolos así para escuchar con presteza, es decir, para obedecer prontamente al verdadero Pedagogo: el mismo y único Logos que se adapta según la necesidad. La ley ha sido dada -dice Pablo- para conducirnos a Cristo (Gal 3, 24); (I, 96.3: 97,1; traducción de M. Merino - E. Redondo, Fuentes Patrísticas 5, Madrid, Ed. Ciudad Nueva 1994, 261-3).

Efectivamente, Jesús acogió las Escrituras judías como parte de la fe judía y de la cultura del momento, como un elemento más exigido por encarnación. Nunca rechazó ni las Escrituras, ni la Ley judías. "El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el reino de los cielos", dijo Jesús, para que las cosas quedasen claro (Mt 5, 19). Pero enseñó a leerlas de un modo nuevo. No bastaba con lo que se había dicho "a los antiguos" (cf. Mt 5, 21.33), es decir, con el contenido inmediato de la Ley. El lleva a cumplimiento la Ley, él es el maestro al que conducía la Ley, pedagogo de Israel y de los hombres. El, como maestro, enseña a sus discípulos a descubrir el significado profundo y verdadero de la Escritura: que toda ella, como buen pedagogo, conduce a la meta final, que es Cristo. Este es el contenido de la gran lección que nos ha conservado el evangelista san Lucas en el bello e inolvidable relato de los discípulos que caminan de Jerusalén a Emaús:

¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

... Y les dijo: Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros. Que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras (Lc 24,25-7; 44-45).

A tenor de esta enseñanza, la Escritura, es decir, lo que después será el Antiguo Testamento, adquiere una nueva función. Iluminado por la palabra y la presencia de Cristo, resulta ser imagen y sombra de la realidad verdadera de la nueva alianza, oculta en la vieja Escritura y resplandeciente en la persona y la palabra de Jesús. A la vez, porque es la lectura y constituye la esencia de la plegaria de Jesús y sus discípulos, se convierte en clave necesaria para poder expresar en lenguaje comprensible el mensaje de Jesús. Y así lo entendieron los apóstoles y los primeros misioneros cristianos. Así lo testimonian los mismos evangelios, en cuyo tejido la vida y la palabra del señor se halla inseparablemente entretejida con la palabra y la historia de la Escritura judía. Así lo proclaman de manera más directa los discursos misioneros, desde el primero de Pedro en la mañana de Pentecostés, hasta la predicación de Pablo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, pasando por la encendida proclama del protomártir Esteban. Los primeros discípulos aprendieron del Maestro Jesús a expresar la nueva realidad de la alianza definitiva con las viejas palabras que describían la alianza antigua. De esta manera, la Escritura antigua sigue ejerciendo su función de pedagogo de Cristo de un modo nuevo y diferente. San Agustín resumió este hecho en su bien conocido dicho: Novum Testamentum in Vetere latet, Vetus in Novo patet: el Nuevo Testamento estaba latente en el Antiguo; el Antiguo se hace patente en el Nuevo. y con otras palabras, pero con el mismo contenido, lo ha dicho el concilio Vaticano II:

La economía ... de la salvación preanunciada, narrada y explicada por los autores sagrados, se conserva como verdadera palabra de Dios en los libros del Antiguo Testamento; por lo cual estos libros inspirados por Dios conservan un valor perenne: "Pues todo cuanto está escrito, para nuestra enseñanza, fue escrito, a fin de que por la paciencia y por la consolación de las Escrituras estemos firmes en la esperanza" (Rom. 15,4) (Dei Verbum 14).

Y de manera bien concreta sigue:

La economía del Antiguo Testamento estaba ordenada, sobre todo, para preparar, anunciar proféticamente y significar con diversas figuras la venida de Cristo redentor universal y la del Reino Mesiánico. Mas los libros del Antiguo Testamento manifiestan a todos el conocimiento de Dios y del hombre, y las formas de obrar de Dios justo y misericordioso con los hombres, según la condición del género humano en los tiempos que precedieron a la salvación establecida por Cristo. Estos libros, aunque contengan también algunas cosas imperfectas y adaptadas a sus tiempos, demuestran, sin embargo, la verdadera pedagogía divina. Por tanto, los cristianos han de recibir devotamente estos libros, que expresan el sentimiento vivo de Dios, y en los que se encierran sublimes doctrinas acerca de Dios y una sabiduría salvadora sobre la vida del hombre, y tesoros admirables de oración, y en los que, por fin, está latente el misterio de nuestra salvación (Dei Verbum 15).

Con razón San Ireneo, defendiendo la acogida cristiana del Antiguo testamento contra los seguidores de Marción y otros grupos gnósticos, recordaba que "los profetas conocieron y predicaron de antemano el Nuevo Testamento y a aquél que en él se pregonaba". Todo formaba parte del proyecto pedagógico del único Dios de ambos Testamentos: " Pues uno es Dios y una la salvación. En cambio, son muchos los preceptos que educan al ser humano y no son pocos los escalones que lo hacen subir hasta Dios (Adversus Haereses III, 9,3).

Resumiendo, la Escritura que leyeron Jesús y sus discípulos, lo que hoy llamamos Antiguo Testamento,

  • ha sido y es, para el pueblo judío que la lee con fe y piedad sinceras, pedagogo hacia la salvación y alianza divina definitiva.
  • sigue siendo para el cristiano que la lee en su Biblia con fe y devoción, pedagogo que ilustra el camino de la salvación y nos conduce hasta Cristo, alianza definitiva de Dios con los hombres.
  • puede incluso ser pedagogo para el que no cree, pero lee sus páginas con sencillez y apertura básica a la trascendencia, por sus valores religiosos, éticos y estéticos, que llegan al corazón y a la inteligencia de hombres y mujeres de buena voluntad.

Pero el cristiano sabe que, junto al Antiguo Testamento, que sigue siendo su pedagogo, tiene ahora en sus manos la palabra de Cristo, tal como ha sido transmitida en la Iglesia por los apóstoles, tal como en ella ha sido escrita y reconocida bajo la inspiración del Espíritu Santo. El Nuevo Testamento nos da a conocer al Pedagogo por excelencia, al único al que podemos verdaderamente llamar Maestro (Mt 23,8), el Logos de Dios hecho carne, signo concreto de la condescendencia de Dios, que se abaja no sólo a ser palabra de profeta, sino palabra hecha carne, máxima cercanía de Dios al ser humano, para darse a conocer y revelar el destino de todos los humanos de participar, por la muerte y resurrección de Jesucristo, hijo de Dios, en la misma naturaleza divina, escapando de la muerte (2 Pe 1,4).

 

4. Descubrir en la Iglesia la pedagogía de Dios que se encierra en la Escritura Sagrada

Para el cristiano de hoy la Escritura Sagrada no resulta fácil. No lo es para el especialista, para el exegeta, que tiene que emplearse a fondo practicando una serie de métodos, aproximaciones y lecturas, que requieren mucho estudio, no poco esfuerzo y grande dedicación. Tanta, que al término de este trabajo exegético primero se siente con frecuencia fatigado y olvida, quizás, que la tarea no ha concluido, que, tras descubrir el sentido y significado del texto leído, es preciso indagar su significado religioso, teológico y espiritual para el lector creyente de hoy, que busca en la Escritura no una lección erudita, sino una palabra actual de Dios que conforte su espíritu, oriente su vida y sostenga su camino hacia la alegría completa (Jn 15,11).

Afortunadamente tenemos también ahora un pedagogo. La Sagrada Escritura es libro nacido en la comunidad cristiana, escrito bajo la acción del Espíritu Santo, que encierra las palabras y hechos de Jesucristo y de los apóstoles, así como toda la Escritura judía que ellos acogieron, leída ahora con los ojos del Maestro Jesucristo. Es en esta comunidad, la Iglesia, donde ha nacido la Escritura mediante la inspiración del Espíritu Santo; es esta comunidad, la Iglesia, articulada por los sucesores de los apóstoles, los obispos, y vivificada por el Espíritu que le dejó Jesús, la que a lo largo de una historia accidentada y apasionante ha descubierto en estos libros la Palabra normativa de Dios y el aliento del Espíritu, el canon de la Escritura; esta comunidad, la Iglesia, es la heredera de la Escritura, recibida del pueblo judío en las manos de Jesús y de los apóstoles, nacida de la misma palabra del Señor y de sus discípulos y apóstoles, tal como fue escuchada en la comunidad cristiana, Por eso, a ella toca descubrirnos el significado profundo de las palabras vivas de la Escritura, mediante lo que es también una acción pedagógica, continuadora de la realizada por Cristo y por los apóstoles. Una acción pedagógica que es a la vez tarea y deber en beneficio de todos los cristianos y del mundo entero.

¿Cómo realizar esta tarea? La historia de la interpretación de la Escritura, junto con la historia de la predicación y con la historia general de la Iglesia nos muestra cómo ha ejercido esta función la Iglesia a lo largo de los siglos. Obispos, teólogos, exegetas, predicadores, misioneros, familias, viejos y jóvenes, santos de todo tipo y condición han sido y son la cabeza, los brazos y el corazón que ha llevado adelante esta tarea. Lo ha hecho no de cualquier manera, sino siguiendo unas reglas hermenéuticas concretas, unas determinadas "normas pedagógicas", llamémoslas así, que derivan de la misma naturaleza de la Escritura y de su importante función en la comunidad cristiana. Brevemente, paso a describirlas.

Leer e interpretar la Biblia teniendo en cuenta la naturaleza misma de su ser Escritura Sagrada.

Esta es la primera norma pedagógica que la Iglesia nos invita a practicar, y en la que siempre nos acompaña con sus especialistas, con sus catequistas y predicadores, con su magisterio episcopal. Se trata de leer e interpretar la Escritura Sagrada no de cualquier modo, sino teniendo en cuenta lo que realmente es, un libro plenamente humano y un libro que contiene plenamente la Palabra de Dios; un libro en el que percibimos el soplo de la inspiración del espíritu y, a la vez, el trabajo complejo de los escritores y escritoras que lo compusieron; un libro en el que la fe nos abre los ojos del alma y la inteligencia, para descubrir el soplo del Espíritu, que hace de unas palabras verdaderamente humana, verdadera Palabra de Dios. Esta doble naturaleza del libro santo exige un doble trabajo por parte del lector creyente: el esfuerzo por descubrir el sentido y significado de las palabras de un libro antiguo, escrito en una cultura diferente a la nuestra, en otra lengua distinta de la que usamos y con otras categorías mentales. Y por otra parte, la apertura de la inteligencia realizada por la fe, para descubrir en esas palabras antiguas una palabra actual y viva, la palabra de Dios capaz de transformar nuestra vida. Cuando pensamos en exegetas profesionales y teólogos, les estamos exigiendo una exégesis científica y una exégesis teológica (Exhortación verbum Domini 62-77). Cuando pensamos en cristianos no especialistas, estamos hablando de una mínima formación bíblica y de una lectura abierta a la acción del Espíritu por la fe y mediante la oración (Verbum Domini 72-75).

Leer el Antiguo Testamento con los ojos de Cristo Jesús.

Efectivamente, la segunda norma pedagógica es el modo cristiano de leer el Antiguo Testamento. La Iglesia acogió la Escritura judía con naturalidad como Sagrada Escritura desde el principio, porque fue la Escritura Sagrada de Jesús y de los apóstoles. Esta Escritura puede leerse de diversos modos. Por supuesto, podemos leerlo e interpretarlo como una obra en sí misma, como la Biblia hebrea, una obra clásica y cumbre de la literatura universal, tesoro de sabiduría que ya pertenece a la humanidad entera. Y en ese modo de lectura coincidiremos con cualquiera que se asome a sus páginas, como a las del Nuevo Testamento, con la mente abierta y con buena voluntad, sea cristiano o no lo sea, se confiese creyente o no lo haga. Podemos también leerla como la leyeron y la leen hoy los judíos que repasan sus páginas con veneración y profunda piedad. En esa lectura coincidiremos, al menos en parte, con la lectura religiosa que de estas páginas sigue haciendo gran parte del pueblo judío. Pero estas lecturas, siendo en sí mismas legítimas, no agotan el modo de leerse el Antiguo Testamento en la Iglesia. Hemos aprendido a leer el AT desde la perspectiva del gran Pedagogo que es Cristo, desde los ojos mismos del gran Maestro Jesús, que nos ha enseñado y sigue enseñándonos a descubrir cómo toda la Escritura conduce de una u otra manera al encuentro con él, Mesías y Salvador que fundamenta nuestra esperanza, Señor que da sentido definitivo a nuestra vida. Así lo hace la Iglesia, como enseguida diré, especialmente en la liturgia.

Pero hay un aspecto en esta lectura que no debemos dejar de lado. Me refiero a lo que la reciente exhortación postsinodal llama las "páginas oscuras" de la Biblia (Verbum Domini 42). No podemos dejar de lado las dificultades con que inevitablemente tropezaremos a la hora de leer la Sagrada Escritura, especialmente el Antiguo Testamento. Con la Iglesia podemos afrontar también estas páginas difíciles del Antiguo Testamento. Aquellas, especialmente, que nos hablan de violencia y de venganza, aquellas que reflejan una actitud moral distinta de la que animó el Maestro Jesús. Son páginas que debemos situar en el itinerario pedagógico del pueblo de Israel, aprendiendo a descubrir cómo Dios les fue guiando sin forzarle, acomodándose a la cultura y la evolución espiritual de cada tiempo. La Biblia se nos descubre así como un libro profundamente humano, en el que aparecen no sólo las virtudes de los hombres y los pueblos, sino también sus defectos y sus vicios, grandes y pequeños. Y es preciso recordar, que la revelación se acomoda al nivel cultural y moral de épocas lejanas, como el maestro, haciendo uso de la pedagogía, se acomoda al nivel y preparación de cada alumno. Otra vez aparece aquí la pedagogía de Dios en la Escritura, que se va manifestando progresivamente en la historia y realiza su proyecto de salvación no de golpe, sino, al igual que hace el buen maestro, progresivamente y por etapas. Además, como dice el libro de la Sabiduría ya citado, aprendemos así también nosotros a ser comprensivos y tolerantes, como lo fue Jesús, que venció la violencia y la mentira con la fuerza de la verdad y de la entrega, ofreciéndose mansamente a una muerte injusta y tramposa, de manera que puso de manifiesto definitivamente y para siempre cuál es el verdadero camino de la justicia y de la paz.

Leer e interpretar la Escritura en la Iglesia

La tercera norma pedagógica que quiero resaltar nos invita a leer la Escritura en el marco del pueblo en que ha nacido, donde la hemos llegado a conocer, donde se conserva y proclama cada día, es decir, en la comunidad cristiana, en la Iglesia y bajo la luz del Espíritu que habita en ella.

En primer lugar, el ámbito más adecuado para leer la Escritura, donde lo hace la mayoría de los cristianos hoy, como lo han hecho a lo largo de la historia, es la celebración litúrgica, especialmente la celebración de la Eucaristía. Es aquí donde, como dice el documento sinodal tantas veces citado, aprendemos a leer la Escritura, llevados de la mano por "la sabia pedagogía de la Iglesia, que proclama y escucha la SE siguiendo el ritmo del año litúrgico" (Verbum Domini 52). Se trata de una lectura viva y variada: escuchamos con fe la proclamación de la Palabra de Dios a partir de la Escritura, tal como ha sido seleccionada por la Iglesia en los leccionarios litúrgicos; recitamos la Escritura proclamando la Palabra de Dios en los cánticos del salmo responsorial; y la convertimos en palabra y plegaria nuestra en la Plegaria eucarística y en las distintas preces y oraciones que constituyen la celebración. Sin olvidar la Liturgia de las Horas, que nos lleva de la mano a cantar, recitar, musitar la palabra de Dios hecha plegaria. Lo más importante, lo que da sentido a esta lectura múltiple y variada de la Escritura es que, en el centro de todo, resplandece "el misterio pascual, al que se refieren todos los misterios de Cristo y de la historia de la salvación que se actualizan sacramentalmente" (Verbum Domini 52).

Pero no sólo en la acción litúrgica somos llevados por la pedagogía de la Iglesia a profundizar en la Escritura proclamada como Palabra de Dios viva y actual para nuestra vida. Podemos y debemos hacer esto también mediante la lectura asidua de la Escritura, hecha en grupo o individualmente, lectura orante y comprometida, que nos ayuda a asimilar la Palabra de Dios, a convertirla en savia de nuestra propia vida. La Iglesia, mediante las distintas prácticas de lectura, especialmente mediante la lectura orante de la Biblia o lectio divina, nos guía así al mejor conocimiento de la Palabra de Dios. La pedagogía de Dios se hace aquí método experimentado en la Iglesia, recibido en ella, en ella nacido cada día. Aquí se hace viva la fe como escucha de la Palabra; la lectura como información y estudio atento de ella; la meditación como asimilación orante de la Palabra de Dios; la oración como palabra humana necesitada que se deja guiar y sustituir por la palabra humano divina de la Escritura; la contemplación como presencia del Señor que nos introduce en el secreto más profundo de la Palabra; la acción, como resultado en la vida de nuestra transformación por la Palabra eficaz de Dios.

 

5. En la cultura de cada tiempo, último esfuerzo pedagógico

Hemos intentado descubrir cómo Dios, cual prudente pedagogo, ha ido llevando a Israel por los caminos de la alianza, según descubrimos en la Sagrada Escritura. Cómo esos caminos podemos recorrerlos nosotros mismos, admirando la sabia pedagogía de Dios que en ellos asoma, que nos acompaña fielmente hasta llegar a la meta, Cristo, quien nos abre los ojos, como Maestro y Pedagogo definitivo, a una lectura nueva y plena de la Escritura. Hemos visto cómo, incluso, esa pedagogía de Dios y de Cristo se hace presente en la Iglesia, mediante una hermenéutica adecuada, mediante una liturgia que vivifica la palabra escrita al proclamarla como Palabra de Dios, mediante un acompañamiento al lector cristiano de la Biblia en su vida de cada día.

Pero no estaría completa esta visión de la pedagogía de Dios en la Sagrada Escritura, si no tuviésemos en cuenta que tal pedagogía no se circunscribe al tiempo y a la cultura de Israel, ni al tiempo de composición de la Escritura y a los contextos culturales de cada libro bíblico. Ni siquiera basta con que los cristianos nos dejemos guiar por el Espíritu que vive en la Iglesia de Dios, leyendo la Biblia desde nuestra cultura y nuestras preocupaciones actuales. La Biblia es un libro abierto a la cultura de cada persona y de cada tiempo. Por eso es tarea del pueblo de la Biblia, de la Iglesia, la de poner constantemente y en cada momento en contacto la Palabra de Dios escrita con la cultura de quienes la leen, teniendo en cuenta siempre la coordenadas de espacio y tiempo.

La reciente exhortación postsinodal nos invita, en su tercera y última parte, a hacer de pedagogos de la cultura contemporánea, haciendo resonar en ella la Palabra de Dios, anunciando al mundo "el Logos de la esperanza" (Verbum Domini 91), es decir, una manera nueva de traducir la invitación de Pedro en su carta a los cristianos, para que estén siempre listos a dar razón de su esperanza (1 Pe 3,15). Todos los cristianos, como miembros de la Iglesia, estamos invitados a hacer de pedagogos en este diálogo entre la Palabra de Dios que conocemos en la Iglesia por la Escritura y los hombres y mujeres de nuestro tiempo, inmersos en una cultura que con frecuencia es fuertemente secular y ajena a valores de la trascendencia, o que los interpreta de un modo diferente a la tradición cristiana. El testimonio diario de vida, el compromiso por la paz y la justicia, la regeneración de la vida política y social, las manifestaciones artísticas de todo tipo, la red cibernética, todos estos espacios están esperando la presencia de la Palabra de vida llevada por los cristianos. Dios se vale ahora de nosotros, como pedagogos, para hacer presente de modo conveniente y creíble, sin olvidarnos del necesario testimonio explícito, la palabra de la Escritura, Palabra de Dios que conduce a la plenitud humana de la salvación ofrecida por Jesucristo. Es tarea nuestra en la Iglesia ser ahora pedagogos capaces de unir Sagrada Escritura y cultura de nuestro tiempo, que es también cultura donde puede echar raíces la Palabra de Dios.

Y no es parte pequeña de la pedagogía necesaria para hacer presente la Palabra de Dios en la Iglesia y en todo el mundo, la de contar con una versión adecuada de la Escritura:

Si la inculturación de la Palabra de Dios es parte imprescindible de la misión de la Iglesia en el mundo, un momento decisivo de este proceso es la difusión de la Biblia a través del valioso trabajo de traducción en las diferentes lenguas (Verbum Domini 115).

Es verdad lo que nos llega en estas palabras del papa Benedicto XVI y del Sínodo de los Obispos. Porque, como sigue diciendo el documento, una traducción es más que una simple transcripción del texto original. Se trata de un cambio de contexto cultural, capaz de poner en relación diferentes formas de pensamiento y distintas maneras de vivir. Y eso es, me parece a mí, lo que ha hecho la Conferencia Episcopal Española al publicar la nueva versión de la Biblia, razón última del Congreso en que estamos. Con seriedad en la gestión, con mucho trabajo y solvencia científica de numerosos especialistas, la Conferencia Episcopal propone a la Iglesia española una Biblia a la altura de nuestro tiempo. Una Biblia capaz de crear un lenguaje común al servicio de los cristianos españoles en la liturgia, la catequesis y la escuela. Un lenguaje común que ya está en gran parte experimentado, que nada tiene que envidiar al lenguaje de nuestro tiempo, que es capaz, en la medida en que una versión lo es, de trasladar el tesoro de la Escritura Sagrada al lenguaje de las gentes de nuestros días. Así, los españoles de nuestro tiempo, y no sólo los creyentes, podrán acercarse a la Biblia para participar en su propuesta de salvación, experimentando en directo la pedagogía de Dios: un conjunto de palabras humanas concretas y de tiempos y lugares bien determinados, capaces sin embargo de transmitir el latido del amor de Dios y de su preocupación por Israel y por el mundo entero. Palabras que narran los gozos y dolores del mismo Hijo de Dios hecho palabra, Logos encarnado al que podemos acercarnos gracias a la mediación pedagógica de la Iglesia española, que pone el libro de cultura, el libro santo en las manos de quien quiera acercarse a él. Mucha ciencia, mucha sabiduría, innumerables horas de trabajo, inmenso amor y aprecio por la Sagrada Escritura y la Palabra de Dios han sido reunidos en este libro, iniciativa de nuestros obispos, obra de toda la Iglesia hispana, que empieza ahora un nuevo caminar. Estoy seguro de que, tras de sus páginas bien impresas, los lectores de todo tipo podrán apreciar y percibir la suave pedagogía de Dios, que traspasa tiempos y culturas, y nos lleva como de la mano al encuentro con nosotros mismos y con su Palabra, con la Palabra de Dios hecha carne, sencillamente, con Jesucristo.