Profesor de la Facultad de Teología san Dámaso

 

I. Introducción

El ministerio de la palabra, que incluye la predicación pastoral, la catequesis, toda la instrucción cristiana... se nutre saludablemente con la palabra de la Escritura y por ella da fruto de santidad[1].

Nadie duda de que uno de los mayores frutos de la renovación conciliar ha sido la revalorización de la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia[2]. No es difícil constatar cómo la Sagrada Escritura nutre las diferentes formas en las que se despliega el Ministerio de la Palabra y cómo la Iglesia, en virtud de este contacto, ha recibido grandes frutos de santidad a lo largo de estos años. En este marco general, también la catequesis, al hacer del uso de la Biblia el centro de su acción, ha recibido grandes beneficios. Sin miedo a exagerar, podemos decir que hoy en día la Escritura ha pasado a ser "el alma de la catequesis"[3].

No obstante, sobre esta base positiva, es necesario constatar una sombra. En muchas ocasiones la Sagrada Escritura se introduce en la catequesis de un modo exclusivo, sin referencia alguna a la Tradición eclesial que la ofrece el marco y la actualiza. Esta deficiencia ya fue puesta de manifiesto, hace años, por el Directorio General para la Catequesis (1997):

En muchas catequesis, la referencia a la Sagrada Escritura es casi exclusiva, sin que la reflexión y la vida dos veces milenaria de la Iglesia la acompañe de modo suficiente[4].

En efecto, habitualmente en las catequesis no se termina de poner en relación la Sagrada Escritura con la también "Sagrada Tradición"[5] y tampoco se termina de encajar, en su justa proporción, el servicio que el Magisterio eclesial presta a la Palabra de Dios[6]. La consecuencia es clara, al quedar roto el dinamismo por el que la Palabra de Dios se actualiza, la misma Escritura queda devaluada. En ocasiones la Biblia es usada por la catequesis como fuente de argumentos, en otras se utilizan sus relatos como historias ejemplares, tampoco falta un uso "academicista" donde se ofrecen a los catequizandos opiniones exegéticas de última hora que poco aportan a la fe...; en todo estos usos la Sagrada Escritura palidece y, lejos de ser presentada y recibida como testimonio privilegiado de la Palabra, se la toma como un documento más, si se quiere extraordinario, que, al no estar enraizado en la fe eclesial, no termina de entregar la comunicación divina[7].

Nuestra exposición arranca de esta problemática y trata de arrojar alguna luz sobre el uso de la Escritura en la catequesis, hablando con propiedad, en la catequesis de Iniciación Cristiana. El trabajo tendrá, por tanto, dos partes: en la primera expondremos cuál es la finalidad de la catequesis y veremos cómo en su centro está la proclamación de la Palabra de Dios, entonces será preciso decir algo sobre qué se entiende por Palabra de Dios; estas aclaraciones nos ofrecerán el marco necesario para comprender de un modo general de qué manera la Sagrada Escritura puede entregar la Palabra de Dios en la catequesis. En la segunda señalaremos la diversa presencia de la Escritura en la catequesis de Iniciación Cristiana, será preciso, por tanto, que presentemos la Iniciación como un proceso diferenciado, marcado por el desarrollo de la fe de los destinatarios, y que indiquemos como sus diversas etapas reclaman unos actos catequéticos diversificados; entonces estaremos en condiciones de decir alguna palabra sobre cómo la Escritura ha de intervenir en cada uno de esos momentos iniciáticos.

 

II. Presupuestos

1.- La Finalidad de la Catequesis

El fin definitivo de la catequesis es poner a uno no sólo en contacto sino en comunión, en intimidad con Jesucristo: solo Él puede conducirnos al amor del Padre en el Espíritu y hacernos partícipes de la vida de la Santísima Trinidad[8].

El objetivo de toda acción catequizadora es que los que se inician entren en una relación personal con Jesucristo, una relación de comunión que lleve a los catequizandos a participar de sus misterios salvadores y a configurarse con Él. En efecto, Jesucristo es el mediador y la plenitud de toda revelación. Él es el Hijo eterno de Dios que nos dado a conocer de un modo definitivo el plan salvador de Dios y lo ha llevado a cabo haciendo entrega de sí mismo en la cruz. En Jesucristo, Dios nos ha abierto el misterio de su intimidad: se ha revelado como Padre y, por el don del Espíritu, nos ha capacitado a los seres humanos, ahora hermanos de su Hijo, a entrar en la relación filial que mantiene con Él desde toda la eternidad[9]. De este modo, al procurar la catequesis que sus destinatarios entren en comunión con Jesús, están ayudando a que se confíen a Dios Trinidad, hagan profesión de fe y participen de su salvación[10].

Pero ¿cómo es posible entrar en comunión con Él? El misterio de Jesucristo, no es ajeno a nadie. Jesús es verdadero hombre. Cuando llegó la plenitud de los tiempos el Hijo de Dios se encarnó en el seno de María, su madre, y, por su encarnación, "en cierto modo, se ha unido" con todo varón y mujer que viene al mundo[11]. Él conoce las debilidades de nuestra naturaleza, ha pasado por las circunstancias que articulan nuestra vida, su corazón ha latido con los anhelos que nos abren a la esperanza y, aunque no cometió pecado, ha sufrido en sus carnes las consecuencias del poder del mal que nos atenaza. De este modo, la catequesis tiene como encomienda presentar la figura humana de Jesucristo. Ante ella sus destinatarios no pueden dejar de sentirse concernidos: en Jesús ven a un ser humano como ellos, que "trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre"[12]; pero al manifestarse en Jesús la humanidad en su última perfección, revela a un tiempo la presencia misteriosa y desbordante del Hijo de Dios: "porque es en Cristo hecho hombre en quien habita la plenitud de la divinidad"[13].

Por tanto, en el centro de la catequesis no puede estar otra cosa que la persona de Jesucristo[14]. Ella ayuda a sus destinatarios a "indagar vital y orgánicamente su misterio"[15], de modo que, a la luz del Espíritu, comprendan que los gestos y las palabras de Jesús están dirigidos a ellos personalmente y que, por su gracia, participan de los frutos de su vida y de su entrega. Al final de la catequesis, cada catequizando debe tener la convicción de que

Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado por cada uno de nosotros: "El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gal 2,20)[16].

No obstante, nadie puede reconocer a Cristo como su Salvador y recibirle como su Señor si no se convierte a Él. La fe cristiana se alumbra en el mismo acto por el que el creyente, bajo la acción de la gracia, se adhiere plena y sinceramente a la persona de Jesús y toma la decisión de caminar en su seguimiento. Aquí queda implicada toda la persona, desde lo más profundo de su corazón. Y es que el creyente encuentra en Jesús la respuesta a todos sus anhelos; en Él ve revelada la verdad que aspira sobre sí, sobre el mundo y sobre Dios. Por eso, en la misma adhesión a su Maestro y Señor, desea y se compromete a pensar como Él, a juzgar como Él y a vivir como Él lo hizo[17]. Esto parecería un reto imposible de responder si el creyente no se uniera a la comunidad de discípulos e hiciera suya la fe de la Iglesia. En efecto, la Iglesia se ofrece a los que desean identificarse con Jesús como el ámbito en donde le encuentra contemporáneo, en donde pueden mantener una relación vital hasta entrar en comunión personal con él[18]. En definitiva la Iglesia es la "casa de la palabra"[19].

2.- El acontecimiento de La palabra de Dios

a/ Jesucristo es la Palabra de Dios

La fuente de donde la catequesis toma su mensaje es la Palabra de Dios [...] Jesucristo no sólo transmite la Palabra de Dios: Él es la Palabra de Dios. Por eso, la catequesis –toda ella– está referida a Él[20].

La catequesis forma parte del servicio que la Iglesia presta a la Palabra de Dios[21]. Gracias a la "admirable condescendencia de Dios"[22], su Palabra se comunica en palabras humanas: las palabras de profetas y sabios que dirigieron el destino del pueblo de Israel; las palabras escritas de las Sagradas Escritura que le fueron abriendo a la promesa de Dios; las propias palabras de Jesús que en su vida terrena fue desvelando los misterios del Reino; las palabras pascuales de los apóstoles que confesaron su fe en Jesús como su Salvador y Señor; las palabras evangélicas recogidas en el Nuevo Testamento; las palabras de los santos y los doctores que en cada época ponen al día los misterios desvelados por las palabras apostólicas; y, en definitiva, las palabras humanas de la Iglesia que actualizan en cada tiempo y lugar la comunicación de Dios. Aunque ninguna la abarca plenamente, estás palabras humanas de diverso modo están al servicio de la única Palabra divina; la catequesis tiene como tarea el ayudar a pasar de las palabras a la Palabra de Dios.

En efecto, Dios, a lo largo de la historia, desde la creación hasta nuestros días, nos ha hablado de muchas maneras, pero sólo en su Hijo Jesús ha pronunciado su Palabra definitiva, porque Jesús, en persona, es la Palabra de Dios, la que ya existía en el principio, estaba junto a Dios y era Dios. Él es el Verbo hecho carne, que acampa entre nosotros; en Él Dios mismo se nos ha revelado y autocomunicado para rescatarnos y hacernos partícipes de su vida divina[23].

El Hijo [de Dios] mismo es la Palabra, el Logos; la Palabra eterna se ha hecho pequeña, tan pequeña como para estar en un pesebre. Se ha hecho niño para que la Palabra esté a nuestro alcance. Ahora, la palabra no sólo se puede oír, no sólo tiene una voz, sino que tiene un rostro que podemos ver: Jesús de Nazaret[24].

Toda catequesis está referida a la Palabra de Dios, a Jesús, ella busca ponerla al alcance de sus destinatarios, desea que la conozcan, que traten personalmente con ella, que la acojan en su propia vida y respondan al diálogo que Dios quiere establecer con ellos. La catequesis sirve a la Palabra de Dios cuando se pone a disposición del Espíritu para que sus destinatarios reconozcan en las palabras pronunciadas en el seno de la Iglesia a Jesucristo, la comunicación personal de Dios, pero también la sirve cuando ayuda, bajo la acción del propio Espíritu, a que esa misma Palabra tome posesión de los creyentes y puedan introducirse en el diálogo divino que Jesús mantiene con el Padre. Por tanto, en la catequesis la Palabra de Dios es el nudo gordiano donde se vincula la autocomunicación de Dios y la respuesta obediente de los catequizandos[25].

b/ La Tradición y la Escritura el único depósito de la Palabra de Dios[26]

¿De qué modo esta Palabra permanece actual, viva y personal? Ciertamente Jesús sigue presente en su Iglesia. El testimonio de su Espíritu le mantiene vivo en su cuerpo eclesial. Por la experiencia de fe, los creyentes sabemos que se ha cumplido la promesa que Jesús dio a sus discípulos poco antes de su retorno al Padre:

Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de la verdad que yo os enviaré y que procede del Padre, él dará testimonio sobre mí. Vosotros mismos seréis mis testigos, porque habéis estado conmigo desde el principio[27]

El mismo Espíritu que estaba con Jesús desde el instante de su encarnación en el seno virginal de María hasta que Él, en la mañana de pascua, lo exhaló a sus discípulos, ese Espíritu que procede del Padre y que Jesús nos lo da en su nombre, actúa en su Iglesia y hace que, bajo su acción, las palabras y gestos eclesiales expresen la Palabra de Dios[28]. El testimonio del Espíritu es el que mantiene viva la Palabra de Dios en la Iglesia y es Él el que hace que alcance el corazón de los creyentes de modo que puedan reconocer a Jesús, tratar con él personalmente y convertirse en sus testigos ante sus conciudadanos.

El Espíritu, por tanto, es el garante de la actualidad permanente de la Palabra divina, pero ¿dónde halla la Iglesia, en general, y la catequesis, en particular, el depósito de esa Palabra?

La catequesis extraerá siempre su contenido de la fuente viva de la Palabra de Dios, transmitida mediante la Tradición y la Escritura, dado que "la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen el único depósito sagrado de la Palabra de Dios confiado a la Iglesia"[29]

La respuesta del Concilio es taxativa: "la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen el único depósito sagrado de la Palabra de Dios confiado a la Iglesia"[30]. La Palabra divina no se encuentra en la sola Escritura, tampoco en la Tradición, ella subsiste en la conjunción innata de la Escritura y la Tradición, ya que la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están estrechamente unidas y compenetradas, manan de la misma fuente, se unen en un mismo caudal, corren hacia el mismo fin[31]

La Tradición y la Escritura, cada una a su manera tienen su origen en el testimonio pascual que los Apóstoles dieron del acontecimiento salvador de Jesucristo, esa es su "misma fuente". Ambas "se unen en un mismo caudal", porque la Escritura alimenta la vida de la Iglesia y va engrosando la Tradición, mientras que la Tradición permite ahondar en la comprensión del testimonio escriturístico y lo hace vivo en el transcurso del tiempo. Y por último, al unísono "corren hacia el mismo fin", esto es: entregar la presencia viva de Cristo, Palabra del Padre, y mover a su adhesión por la fe[32].

Cierto, "la Sagrada Escritura es la palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo"; en ella "la predicación apostólica se expresa de un modo especial"[33]. Analógicamente podemos decir, que al igual que "el Verbo de Dios se hizo carne por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María, así también la Sagrada Escritura nace del seno de la Iglesia por obra del mismo Espíritu"[34]. Fruto de la inspiración del Espíritu, en la letra de la Escritura está presente la Palabra de Dios de un modo análogo a como lo estuvo en la carne de Jesús. Al igual que los discípulos, bajo la luz del Espíritu, reconocieron en la humanidad de Cristo la presencia del Verbo de Dios, ahora los creyentes deben reconocer en el texto de la Escritura la Palabra que Dios les dirige. De este modo, el ministerio de la Palabra, en general, y la catequesis, en particular, debe partir permanentemente de la Sagrada Escritura y hacer de ella el alma de su actividad.

No obstante, el paso de la letra de la Escritura a la Palabra divina, como hemos dicho, se juega en un proceso de fe: "se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita"[35]. Por eso, aunque el proceso de lectura y comprensión creyente siempre está movido por la acción de la gracia, el mismo Espíritu ofrece un soporte hermenéutico que permita acceder humanamente a la autocomunicación divina y otorga garantía de verdad. Este soporte lo presta la Sagrada Tradición, también ella alentada por el Espíritu Santo.

Esta Tradición de origen apostólico es una realidad viva y dinámica, que "va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo"; pero no en el sentido de que cambie en su verdad, que es perenne. Más bien "crece la comprensión de las palabras y las instituciones transmitidas", con la contemplación y el estudio, con la inteligencia fruto de una más profunda experiencia espiritual, así como la "predicación de los que con la sucesión episcopal recibieron el carisma seguro de la verdad"[36]

La Tradición, que igual que la Escritura tiene un origen apostólico, permite a ésta hacer entrega de la Palabra divina. Ella ofrece el ámbito de comprensión: la vida de la Iglesia, y la clave: la fe, para poder trascender la literalidad del texto bíblico y avanzar en un proceso de asimilación de la Palabra en la que queda implicada toda la vida del creyente. En efecto, "la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree"[37]; ella es la que testimonia la presencia de Jesús y hace que, bajo la acción del Espíritu, resuene en el mundo la Palabra de Dios. Imposible, por tanto, acceder a esta Palabra si no se es partícipe de la vida eclesial que la da forma humana y la hace contemporánea; imposible si no se participa de la fe que la alienta y capacita para reconocer en la Escritura la Palabra que es Jesucristo.

Por eso, la catequesis no se reduce a iniciar en la lectura y el conocimiento de unos textos, ella invita a sumergirse en la vida eclesial que expresa la Tradición viva de la Iglesia y conduce, como a su fundamento gemelo, a entablar un diálogo creyente con la Escritura a la búsqueda de Cristo, "el que inicia y consuma la fe"[38]. La catequesis no es un ejercicio de comentarios de textos, tampoco es la exposición panerética de normas morales y menos un esfuerzo erudito para la reconstrucción de un personaje del pasado. En la catequesis, sin despreciar la letra, la Palabra de Dios ha de aparecer como un acontecimiento; es decir, la lectura de la Escritura hecha en el surco de la Tradición debe ayudar a que irrumpa la presencia de Jesús, por quien Dios se ofrece como interlocutor de los catequizandos. Él, como Palabra del Padre y en la virtud del Espíritu, viene en persona a iluminar la existencia de quienes le buscan, se ofrece como compañía, les da la potencia para apartarse del mal y del pecado y les otorga la gracia para que puedan responder confiada y obedientemente a la voluntad de Dios.

En la Exhortación Apostólica Verbum Domini, Benedicto XVI invita, de algún modo, a la catequesis a formar a los creyentes para que reconozcan en la conjunción de la Sagrada Escritura y en la Tradición la Palabra de Dios[39]. Y, en el número en el que se refiere a la catequesis, recuerda un texto de Juan Pablo II de la Exhortación Apostólica Catechesi Tradendae, en el que de una manera concreta se dice cómo en la catequesis debe ir de la mano Escritura y Tradición

Hablar de la Tradición y de la Escritura como fuentes de la catequesis es subrayar que ésta ha de estar totalmente impregnada por el pensamiento, el espíritu y actitudes bíblicas y evangélicas a través de un contacto asiduo con los mismos textos; y recordar también que la catequesis será tanto más rica y eficaz cuanto más lea los textos con la inteligencia y el corazón de la Iglesia y cuanto más se inspire en la reflexión y en la vida dos veces milenaria de la Iglesia. [40]

En la catequesis no puede faltar un contacto asiduo con los textos bíblicos para que, bajo la acción del Espíritu, los catequizandos se reconozcan partícipes de los acontecimientos en los que Dios ha obrado su salvación, para que dejen modelar su mente con las enseñanzas de la Escritura, para que configuren sus actitudes de vida a semejanza de las que testimonian los personajes bíblicos y aún con las de las oraciones que estos dirigen a Dios. La catequesis ha de ayudar a que cada texto que se proclame sea contemplado como una carta personal que Dios dirige a los que se inician, pero enmarcado en un conjunto que tiene como último fin entregar la persona de Jesús, la Palabra de Dios, a la que ellos quieren seguir.

Pero esta entrega no es posible si el contacto con la Escritura no se realiza en el surco de la "vida dos veces milenaria de la Iglesia". Los creyentes deben entrar, realmente, en una relación personal con Cristo en el que toda su vida quede afectada; para lo cual es imprescindible que sean introducidos en el conjunto de la vida eclesial. La vida eclesial ofrece a la Palabra que testimonia la Escritura la humanidad en la que los que se inician pueden encontrarse con Cristo, seguirle e identificarse con Él. En efecto, por obra del Espíritu, las celebraciones litúrgicas actualizan lo que los textos de la Escritura proclama, la vida de los santos testimonian su potencia transformadora, la reflexión de los Padres y los Doctores su inteligencia, la vida de caridad y de servicio de la comunidad cristiana la fraternidad que convoca, y la autoridad legítima del magisterio del Papa y de los obispos le da su última definición. Digámoslo una vez más, Cristo sigue vivo en su Iglesia y sólo participando de su Iglesia y de la fe que la anima los que se inician pueden acceder a Jesús[41].

En este punto es preciso decir una palabra sobre el Magisterio. Bien sabemos por el Concilio que el "Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio" y que cumpliendo el mandato recibido por Jesús y sostenido por el Espíritu Santo está "dotado del carisma de la verdad", de modo que con garantía divina ejerce la función de "interpretar auténticamente la Palabra de Dios"[42]. El Magisterio, por tanto, no es fuente de la Palabra de Dios, pero sí es el garante de que la Iglesia, en general, y la comunidad iniciática, en particular, la escuchen en el surco de la historia. Y como de lo que se trata en la catequesis es de actualizar y de hacer resonar la Palabra en la vida de los creyentes, es imprescindible que la actividad catequética se deje orientar permanentemente por el Magisterio, pues no sólo tendrá la seguridad de permanecer en la verdad de la fe, sino de iniciar en lo que es común y fundamento de comunión para todos los creyentes.

Así, "Tradición, Escritura y Magisterio, íntimamente entrelazados y unidos, son, 'cada uno a su modo', fuentes principales de la catequesis"[43]. Del depósito común que compone la Tradición y la Escritura halla la catequesis la Palabra de Dios, y del Magisterio doctrinal la guía para extraer esa Palabra y proponerla a la fe de sus destinatarios en el hoy de su vida y de su historia.

3.- la conjunción de la Sagrada Escritura y el Catecismo en la catequesis

A la hora de reflexionar sobre la catequesis, el Catecismo de la Iglesia Católica desempeña un papel muy importante, él es un instrumento imprescindible a la hora de hacer una lectura eclesial de la Escritura a la luz de la Tradición. En efecto, el Catecismo es "una expresión relevante actual de la Tradición de la Iglesia y norma segura para la enseñanza de la fe"[44]. Fruto de la colaboración de todo el Episcopado de la Iglesia católica y sancionado por la autoridad apostólica del Sucesor de Pedro, Juan Pablo II, compone una "sinfonía" de fe por la cual se presenta fiel y orgánicamente la enseñanza de la Iglesia. Sus fuentes principales son la Sagrada Escritura, los Santos Padres, la Liturgia y el Magisterio auténtico. Su objetivo es ser un "texto de referencia seguro y auténtico para la enseñanza de la doctrina católica, y muy particularmente para la composición de los catecismos locales"[45].

Según señala el Directorio General para la Catequesis, la Sagrada Escritura y el Catecismo son, pues, dos puntos de referencia que deben inspirar la acción catequizadora de nuestro tiempo; pero "cada uno a su modo y según su específica autoridad"[46]. Es verdad que el Catecismo está lleno de referencias a la Escritura y que él mismo es testimonio autorizado de la lectura eclesial de la misma[47], pero esto no debe sustituir la lectura directa de la Escritura en la catequesis. Los que se inician deben entrar en contacto directo tanto con los textos bíblicos como con el Catecismo (el de la Iglesia universal o con los locales por él inspirados), ambos han de ser ofrecidos sin ningún tipo de rivalidad. Ya sea en una catequesis bíblica o en una doctrinal, el acto catequético debe articular el testimonio de ambos documentos de modo que la Iglesia entregue a los que se inician la Palabra de Dios[48].

Sea cual sea el tipo de catequesis, es preciso desplegar siempre el siguiente dinamismo: por la proclamación de los textos bíblicos, Cristo debe aparecer ante los ojos de los catequizandos como alguien que sale a su paso, que conversa con ellos, que se hace cargo de sus esperanzas y decepciones, que les toma de la mano, carga con su culpa y les conduce hacia la promesa divina que anhela su corazón. No obstante, si los textos bíblicos aproximan a Jesús, será el testimonio eclesial que recoge el Catecismo el que permitirá a los que se inician penetrar, bajo la luz del Espíritu, en el misterio divino y salvífico que se hace presente en Él. Más aún, el Catecismo extenderá el puente para que los catequizandos le encuentren realmente en la Iglesia: en las celebraciones litúrgicas, en la vida evangélica, en la oración, en la fraternidad y misión de la comunidad cristiana en él expone doctrinalmente.

En la catequesis, la Palabra debe resonar en la vida de los que se inician; esto es, Cristo debe hacerse presente y enseñar a sus discípulos los misterios que se entregan en su persona. Su Espíritu, maestro interior, les unirá a él y les hará partícipes en su propia vida de esos mismos misterios. La comunidad eclesial será el seno donde los creyentes serán alumbrados como hijos de Dios por la Palabra y el Espíritu. El grupo catecumenal el útero donde todo esto se hará efectivo bajo la guía y el acompañamiento de los catequistas, sacerdotes y todos aquellos que intervienen en la Iniciación Cristiana. El Catecismo está, pues, al servicio de la catequesis[49]. El Catecismo no es la catequesis, si ésta no puede tener como referencia exclusiva la Escritura, tampoco puede tenerle a él. La iniciación cristiana demanda de la catequesis un dinamismo iniciático tal que exige que aquello que la Escritura anuncia y el Catecismo desentraña los catequizandos lo encuentren introduciéndose y participando de la vida eclesial. De este modo, el testimonio bíblico y la regla de fe que el Catecismo explicita, señala constantemente a la Iglesia, para que los neófitos se introduzcan y participen de "lo que es y lo que cree"[50].

 

III. La presencia diferenciada de la Sagrada Escritura en la catequesis de iniciación cristiana

La Iniciación Cristiana es una institución de origen apostólico por la que los que buscan a Cristo, a través de un proceso catecumenal y la celebración de los sacramentos de iniciación, se unen a Él y, por la gracia de su pascua, participan de la naturaleza divina que Dios les da[51]. La Iniciación Cristiana es el modo más significativo que tiene la Iglesia de cumplir su misión. Mediante esta institución y bajo la acción del Espíritu Santo, ella ejerce la mediación materna por la que Dios engendra a sus hijos y les hace partícipes de la nueva vida que nos ha alcanzado su Hijo, Jesús. Esta mediación maternal de la Iglesia "se verifica principalmente por medio de dos funciones pastorales íntimamente relacionadas entre sí: la catequesis y la liturgia"[52].

En efecto, mediante el proceso catequético, que precede o sigue a la recepción de los sacramentos, los que se inician se dejan mover por la gracia y maduran su conversión, esto es: acogen la presencia de Jesús en sus vidas, reconocen en él el amor de Dios, descubren el camino que les lleva a la plenitud y se disponen a recibir por la profesión de la fe el don de Dios. Mediante la celebración de los sacramentos (Bautismo, Confirmación y Eucaristía), los iniciandos reciben realmente lo que confiesan y anhelan: se vinculan de un modo definitivo a Cristo y, por la participación de su Pascua, son hechos nuevas criaturas con él y se introducen en la comunión trinitaria participando de la comunión y misión eclesial. En la Iniciación Cristiana, la catequesis y la liturgia están en relación estrecha, no se pueden concebir una sin la otra, pues los misterios salvadores que la catequesis anuncia y los creyentes pregustan por la fe; la liturgia los celebra y los hace efectivos por la conmemoración sacramental[53].

El Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos es, pues, el itinerario litúrgico-catecumenal tipo, al cual debe remitir cualquier catequesis que venga a completar la Iniciación Cristiana[54]. En él, el proceso litúrgico queda claramente señalado por los ritos que se mandan y reseñan (entrada en el catecumenado, exorcismos y bendiciones, escrutinios, entrega del símbolo y del padrenuestro, la celebración de los sacramentos); sin embargo, no puede decirse lo mismo del itinerario catecumenal. En una lectura rápida y poco avisada, puede dar la impresión de que la acción catequizadora es uniforme y que no varía de un modo sustantivo en cada uno de los tiempos a los que dan paso los grados. No es así, también la función catequética entra de un modo diferenciado y reclama un modo diverso de exponer la Palabra de Dios. La razón es clara, si el Ritual está estructurado en grados, grados que vienen a responder al proceso madurativo de fe de los que se inician[55], y a ellos se ajustan las celebraciones litúrgicas hasta llegar a la recepción de los sacramentos; también la acción catequizadora deberá conformarse y responder al momento de fe en el que se encuentre los destinatarios.

1.- la catequesis de Iniciación Cristiana, catequesis gradual y diferenciada

La iniciación de los catecúmenos se hará gradualmente a través de un itinerario litúrgico-catequético y espiritual, como un camino de conversión y crecimiento en la fe que se desarrolla en el seno de la comunidad cristiana, estableciendo etapas a través de las cuales se va avanzando en la fe[56].

La fe es un don del Espíritu que mueve la libertad del hombre para que al creer y acoger la Palabra divina responda filialmente al amor del Padre. Esta adhesión a Jesucristo no es algo dado una vez por todas, supone un proceso permanente de maduración que dura toda la vida. Quien ha recibido la semilla de la Palabra, debe dejar que germine a lo largo de toda su existencia, hasta alcanzar el "estado de hombre perfecto", esto es, la madurez de "la plenitud en Cristo"[57]. Este proceso permanente de conversión y de maduración en la fe tiene en su inicio una serie de etapas diferenciadas que reclaman, por parte de la catequesis iniciática, un acompañamiento específico. De hecho, con el deseo de acomodarse al camino espiritual de los nuevos creyentes, el Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos señala tres grados y cuatro tiempos diferenciados en los que, bajo el amparo de la mediación eclesial, trata de poner en relación la multiforme gracia de Dios y la libre respuesta de los iniciandos[58].

- Tiempo del primer anuncio y precatecumenado[59]. Aunque el RICA no desarrolla el periodo del precatecumenado, lo supone, más aún, lo considera de tal importancia que indica que ordinariamente no debe omitirse[60]. El primer anuncio y la precatequesis no son lo mismo, ni lo son respecto a los destinatarios, ni respecto a los objetivos que persiguen, tampoco lo son por el tiempo que necesitan ni por los agentes que lo realizan; no obstante ambos momentos se reclaman, pues si uno, a partir del anuncio del kerigma, despierta el interés y la simpatía por Jesús y su Evangelio; la otra, a través de su explanación, conduce al simpatizante a la primera fe y a la conversión inicial.[61]

- Tiempo del catecumenado[62]. La puerta por la que se accede a este periodo es el rito llamado "Entrada en el Catecumenado". En él los catecúmenos expresan su deseo de hacerse cristiano, esto es, su voluntad de conocer mejor al Dios vivo y verdadero que se les ha manifestado en Cristo y a quien se han unido por una fe inicial. En esta celebración la Iglesia los acoge en su seno y, entre otros ritos, con la signación, la entrada en el templo y la entrega de los Evangelios les introduce en un proceso en el que, "alimentados por la Palabra de Dios y favorecidos con las ayudas litúrgicas"[63], maduran la conversión inicial, se inician en la vida cristiana y se preparan a la recepción de los sacramentos de la Iniciación (Bautismo, Confirmación y Eucaristía).

- Tiempo de la purificación y de la iluminación[64]. Este tiempo se inicia con la celebración de la "elección" o la "inscripción del nombre" por la que la Iglesia admite a los que han concluido el catecumenado a recibir los sacramentos de la Iniciación[65]. Este periodo, que trascurre durante la Cuaresma, se desarrolla a través de unas catequesis litúrgicas, en las que los "competentes" o "iluminados", a través de unos "escrutinios" y entregas", se purifican por el examen de conciencia y por la penitencia, y reciben una formación espiritual que les permite adquirir un conocimiento más cordial y profundo de Cristo, el Salvador[66].

- Tiempo de la mistagogia[67]. La etapa mistagogica sigue inmediatamente a la celebración de la Pascua por parte de la Iglesia y la consiguiente recepción de los tres sacramentos de la Iniciación Cristiana por los nuevos cristianos. Unidos ya plenamente a la comunidad y durante el tiempo pascual, los neófitos profundizan, junto con sus hermanos, en la experiencia nueva de los sacramentos recibidos. Aquí va de la mano la recepción continuada de los sacramentos, la vida comunitaria y la meditación y explicación del Evangelio, de modo que los nuevos cristianos puedan asimilar más profundamente los misterios de la fe de los cuales participan.

2.- la Escritura en cada una de las etapas de la Inciación cristiana[68]

a/ Primer anuncio y Precatecumenado

Previo al tiempo precatecumenal y en un contexto misionero, los que se han acercado a la comunidad cristiana han escuchado el Kerigma de la Iglesia. Así es, se han encontrado con un cristiano cualquiera que les ha creado algún interrogante y les ha anunciado la buena nueva de Jesucristo, con la libertad y el arrojo (parresía) que sólo da el Espíritu[69]. Lo que han escuchado no ha sido algo genérico ni abstracto. En el testimonio y en las palabras de sus amigos, familiares o compañeros cristianos han descubierto el atractivo de la persona de Jesucristo, han reconocido que el anuncio de su vida y de su entrega en la cruz remueve algo en su corazón, que viene a despertar un anhelo de plenitud que, aunque estaba latente en su alma, no dejaba de alentar constantemente en su vida. El anuncio pascual de Jesucristo y de su testimonio del Reino de Dios, de algún modo, ha arrojado en ellos una luz y les ha urgido a seguir su rastro con el deseo de dar respuesta a sus anhelos y a sus dudas, a sus inquietudes y a sus fracasos, en definitiva, de hallar de algún modo salvación.

En este tiempo de misión, la Escritura permanece implícita, habitualmente, el creyente no tiene porque leer ningún texto bíblico; no obstante, debe conocerla de tal modo, que si bien no use la letra, sí entregue en su anuncio, de un modo vivo, el Evangelio que la Escritura testimonia y la Iglesia cree[70]. Aquí quien da la pista de entrada al anuncio son las circunstancias, los interrogantes, los proyectos, los fracasos, los anhelos, en una palabra la vida de los destinatarios. Sin duda, en esa experiencia humana, abierta a un sentido o, en muchos casos, necesitada de redención, Dios ya está actuando previnientemente con su gracia. El cristiano, en la misma o parecida situación, muestra cómo en la fe en Jesucristo, muerto y resucitado, él ha percibido esa acción divina y, bajo su influencia, todo ha adquirido otro valor y significado. Su anuncio vendrá a desentrañar ese misterio de gracia: acogida por él en su propia vida y propuesta en la vida de su interlocutor. Y será en el testimonio escriturístico donde hallará justamente la luz y la inspiración para que sus palabras señales verdaderamente la cercanía de Jesucristo y el camino de su salvación.

Cuando los cristianos perciben que su anuncio ha despertado el interés de sus vecinos y amigos por el Evangelio, no pueden por menos que invitarles a la comunidad cristiana, donde se les explicitará ese primer anuncio. Comienza el precatecumenado. Ahora, de una manera progresiva, se irá desvelando el anuncio del misterio del amor de Dios revelado en Jesucristo y a los simpatizantes se le introducirá en la comunicación personal con Él.

- Objetivo del Precatecumenado

El objetivo del precatecumenado es ayudar a pasar de la simpatía e interés inicial que los destinatarios muestran por el Evangelio a la conversión y fe inicial en Cristo Salvador. ¡Ojo! el interés por Jesucristo y su Evangelio todavía no es una decisión por Él. En este momento el simpatizante llega más movido por sus problemas y deseos que por el convencimiento de que en el anuncio que ha escuchado y ha acogido inicialmente Dios le ha hablado. Es la problemática de su vida o el deseo de plenitud el que en este momento todavía les mueve.

Para los simpatizantes la Sagrada Escritura todavía no está investida de autoridad divina; no terminan de concebir cómo en un texto escrito hace tantos siglos puede hablar Dios. Y sin embargo, en su contacto con ella deben empezar a sentir y reconocer que lo que ahí se habla no les es ajeno. En el precatecumenado, hemos dicho, el simpatizante debe pasar a alumbrar la fe y conversión inicial; un modo concreto de hacer este pasaje es pasar, justamente, de contemplar la Biblia como un texto de sabiduría o de relatos ejemplares a reconocerla como el testimonio de la Palabra que Dios le dirige en su Hijo Jesucristo. Pasar de reconocerla una cierta autoridad moral a reconocer la autoridad divina de la que está investida y ante la cual debe someterse en la fe. Solo así podrá entrar en el Catecumenado y, apoyado en la lectura eclesial de la Escritura, sacar provecho de él y avanzar en el proceso de fe.

- Clave de lectura de la Escritura

Ya hemos dicho que la clave de lectura a partir de la cual se ofrece la Escritura es el Kerigma. En palabras del Directorio: ahora "se explicita el Kerigma del primer anuncio"[71]. El RICA es un poco más explícito, en este tiempo

se anuncia abiertamente y con decisión al Dios vivo y a Jesucristo, enviado por él para salvar a todos lo hombres, a fin de que los no cristianos, al disponerles el corazón el Espíritu Santo, crean, se conviertan libremente al Señor, y se unan con sinceridad a él, quien por ser el camino, la verdad y la vida, satisface todas sus exigencias espirituales; más aún, las supera infinitamente[72].

No es el momento de estudiar los elementos que integran el Kerigma tanto en los evangelios sinópticos como en los textos paulinos y joánicos[73]. La cita precedente nos da la pista sobre su contenido central que en cualquier caso se debe desarrollar. En la precatecumenado, se nos ha dicho, se ha de anunciar abiertamente y con decisión cómo Dios, revelado en Jesucristo, está realmente vivo y sale al paso de los simpatizantes para otorgarles la salvación; esto es, para acompañarles, dar respuesta a sus inquietudes e interrogantes, rescatarles de sus fracasos y llevarles a la plenitud. Evidentemente, centrar la atención en la Pascua de Cristo será el modo de mostrar a los destinatarios la potencia divina de Dios y cómo, más allá de lo que puedan anhelar y conseguir con sus fuerzas, el Creador irrumpe en sus vidas con su gracia y las lleva más allá de toda medida humana[74].

Los pasajes y textos bíblicos que se introduzcan en el tiempo del precatecumenado deben tener esta orientación. Deben mostrar cómo Dios ha salido al paso de su pueblo Israel y se ha revelado como Dios-con-el-hombre. Cómo en Jesucristo, un hombre como nosotros, se ha mostrado de tal modo próximo y solícito que ha compartido con nosotros incluso el fracaso de la muerte. Y cómo por él y en él, pues Dios lo ha reconocido como Hijo suyo, todo lo que pongamos en sus manos, por el poder de su amor, lo recuperaremos de una manera admirable y será llevado a plenitud. Los destinatarios deben percibir que en Jesucristo tienen acceso no sólo a Dios, sino a sí mismo y a su futuro, pues, a la luz del testimonio bíblico, deben comprender y desear que en Jesucristo su futuro sea Dios.

- Pedagogía de este tiempo

Si la Palabra debe caer siempre en el surco de la vida, más ha de caer en este instante. En el precatecumenado, hemos dicho, los simpatizantes van con su vida entre las manos, se han acercado a la comunidad cristiana con el deseo de encontrar en Jesús la luz necesaria para comprender el misterio que les embarga. El RICA nos da dos indicaciones preciosas que orientan este momento. Las experiencia humanas que portan los simpatizantes, aún sin ellos saberlo, están preñadas de unas "exigencias espirituales" que vienen ordenadas por su vocación divina; por otro lado el Espíritu está actuando en su corazón disponiéndoles a acoger la Palabra de Dios[75]. El catequista, a través de un diálogo personal con el simpatizante en el que éste exponga su experiencia humana, deberá discernir el latido de esas exigencias espirituales y las mociones ocultas del Espíritu, de modo que pueda proponer de un modo significativo el anuncio del Evangelio. Justamente esta significatividad será el criterio operativo tanto para la selección del texto bíblico que represente el kerigma como su comentario.

En efecto, el texto bíblico debe ser introducido de tal modo que ilumine las experiencias. Las experiencias humanas que portan los simpatizantes están siempre envueltas por el velo oscuro del misterio, y este velo es preciso rasgarlo, para que penetre la luz que aporta la Palabra divina contenida en los textos y extraiga la luz y la vida que Dios ya está sembrando en esas experiencias. Al final, textos bíblicos y experiencia deben componer un bucle: la experiencia humana se ve iluminada por el testimonio de la Palabra que los textos bíblicos ofrecen; pero la Escritura se acredita como Palabra divina porque es capaz de extraer del misterio que envuelve la experiencia la luz y la vida que el Espíritu de Dios ha puesto.

b/ Tiempo del Catecumenado

- Objetivo del Catecumenado

Por la conversión a Dios y su fe inicial en Cristo Salvador, los que eran simpatizantes, están dispuestos a iniciar el proceso catecumenal. En el rito de entrada en el Catecumenado tanto los candidatos como la Iglesia manifiestan delante de Dios un compromiso mutuo. Los que desean hacerse cristianos manifiestan su voluntad de progresar en la conversión al Dios que han conocido; de cambiar de vida en su adhesión y seguimiento de Cristo; de alabar, bendecir y dar gracias a quien les llena de bendiciones y de empezar un trato personal con la comunidad cristiana. Por su parte, la Iglesia pone a disposición de los catecúmenos la múltiple gracia que ha alcanzado la Cruz de Cristo y de la que ella es mediadora: les signa con la señal de su nueva condición, les recibe en su seno, les entrega el Evangelio, ora por ellos y se compromete a acompañarles hasta el baño purificador de la nueva regeneración[76].

El proceso que se inicia con la entrada en el Catecumenado tiene un claro objetivo: la recepción de la fe. Eso es lo que piden los candidatos en el diálogo introductorio del rito[77]. Con la petición de la fe, los simpatizantes están pidiendo a un tiempo confesar la fe de la Iglesia y la recepción de los sacramentos de la fe. En efecto, la profesión de la fe siempre es interior al Bautismo[78]. Los candidatos piden a la Iglesia madurar de tal modo la conversión inicial que puedan hacer de ella una viva, explicita y operante confesión de fe; es decir, que en unión con Cristo puedan confiar su vida al Dios uno y Trino, al que desean confesar como Padre, Salvador y Santificador, y poder ser y vivir como hijos de Dios. Lo que la fe confiesa, el Bautismo lo realiza y lo que el Bautismo otorga, el creyente debe profesarlo en la fe. La fe profesada en el Bautismo se articula en referencia a las tres personas de la Trinidad Santa por cuyo nombre y gracia el creyente nace a una nueva vida. Por la adhesión a Jesucristo, el Evangelio de Dios presente en la vida de la Iglesia, es como el creyente puede entregarse verdaderamente a la Trinidad[79].

- Clave de lectura de la Escritura

Uno de los elementos del ritual de entrada en el Catecumenado es la entrega de los Evangelios. El celebrante dice a los catecúmenos: "Recibe el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios"[80]. El Evangelio, esto es Jesucristo mismo, es la clave de lectura a partir de la cual ofrecer los textos de la Escritura. Ya lo hemos dicho más arriba, la catequesis debe propiciar el que los catecúmenos entren en comunión con Cristo. Los textos del Antiguo Testamento deben conducir a Cristo, a quien anuncian y en cuya pascua se cumplen todas las promesas. Los textos del Nuevo Testamento deben ser presentados como un testimonio suyo: los evangelios y los demás textos apostólicos nos ofrecen la figura de Jesús irradiando su misterio divino y salvífico. Unos y otros deben señalar la vida de la Iglesia donde el Resucitado sigue vivo y activo y donde los que se inician pueden entrar en comunión con él participando de la vida eclesial[81]. Sin duda, en este punto resulta imprescindible el Catecismo, su misión es contribuir a iluminar este dinamismo que va del testimonio bíblico a Jesucristo y de Jesucristo a la vida de la Iglesia y, sosteniendo la fe, ayudar a los creyentes a que se introduzcan en él.

- Pedagogía de este tiempo

La catequesis de en este tiempo del catecumenado supone una formación progresiva, orgánica y sistemática en el conjunto de la vida cristiana[82]. Los catecúmenos deben ser iniciados en todas las dimensiones de la fe a través de aprendizajes y entrenamientos diversos: deben profundizar en un íntimo conocimiento de los misterios de la salvación, ejercitarse en las costumbres evangélicas, iniciarse en la participación en las celebraciones litúrgicas y en una vida de oración, y deben aprender a incorporarse a la vida fraterna de la Iglesia y a cooperar con su acción evangelizadora[83]. Todas estas iniciaciones particulares tienen como razón última el estrechar el vínculo de fe por los que los catecúmenos están unidos a Cristo y comparten su vida. La proclamación de los textos bíblicos en un contexto litúrgico y oracional será, justamente, la que les alentará el deseo de encontrar a Cristo en todas esas mediaciones eclesiales y les otorgará, junto con el comentario catequético, la luz suficiente, para reconocer su presencia y acción salvadora en la Iglesia y aún en su vida.

Los textos bíblicos que hilvanan el itinerario catecumenal no pueden ser ofrecidos como unos documentos más, requieren un marco apropiado que les permitan entregar la Palabra divina y propiciar el encuentro con Cristo. Sin duda, las celebraciones de la Palabra son ese marco, máxime cuando la Iniciación Cristiana es un itinerario catequético-litúrgico-espiritual en el que las tres dimensiones deben progresar de un modo integrado.

La celebración litúrgica se convierte en una continua, plena y eficaz exposición de la Palabra. Así, la Palabra de Dios, expuesta continuamente en la liturgia, es siempre viva y eficaz por el poder del Espíritu Santo, y manifiesta el amor operante del Padre, amor indeficiente en su eficacia para con los hombres.[84]

La proclamación de la Palabra en un contexto litúrgico celebrativo será lo que permitirá avanzar a los iniciandos en su itinerario espiritual de conversión; ante ellos la Palabra de Cristo aparecerá con una indisponibilidad que facilitará reconocerla en su tenor divino y acogerla como oferta de vida. El RICA ofrece pautas y ritos para articular estas celebraciones. El año litúrgico, será el marco general por el que esas celebraciones de la Palabra entregarán el Misterio de Cristo de un modo progresivo.

El Directorio señala, de algún modo, la lectio divina como otro marco apropiado[85]. Con todo lo importante que son las celebraciones de la Palabra, estas pueden encorsetar el dinamismo catequético que reclama el proceso iniciático. Los textos bíblicos deben resonar en la vida de los destinatarios y estos han de percibir de qué modo lo que se les propone es eficaz en la vida de la comunidad. La Lectio divina, individual y comunitariamente llevada, sin abandonar el clima oracional, permite la confrontación de los textos bíblicos con la vida de los catecúmenos y también la explanación catequética de los catequistas por la que son comprendidos a la luz de la fe de la Iglesia y puestos en relación con su vida bimilenaria.

c/ Tiempo de la Purificación y de la Iluminación

- Objetivo del tiempo de la Purificación y de la Iluminación

Cuando los catecúmenos tienen suficiente conocimientos de los misterios de la fe, han consolidado su conversión de mente y de costumbres, participan de la vida de la comunidad cristiana y desean de un modo definitivo recibir la nueva vida que brota de la Pascua de Cristo, están dispuestos para ser elegidos por la Iglesia e iniciar un tiempo intenso en el que se preparan a recibir los sacramentos de la Iniciación Cristiana[86]. Éste es precisamente el objetivo de esta etapa: recibir en la noche de la Pascua los sacramentos por los que definitivamente se unen a Cristo y, por Él, a la Santa Trinidad, se regeneran como hijos de Dios y son miembros participes de la vida de la Iglesia[87].

- Clave de lectura de la Escritura

Este tiempo trascurre normalmente durante la Cuaresma y se desarrolla a través de la celebración de los escrutinios y las "entregas". Por tanto, las celebraciones cuaresmales son el soporte a partir del cual se ofrece los textos escrituristicos que componen la trama de este periodo, a la vez, litúrgico e iniciático y los tres escrutinios y las entrega del Símbolo y del Padrenuestro la clave de lectura de dichos textos.

Por los escrutinios, celebrados habitualmente los domingos tercero, cuarto y quinto de Cuaresma sobre las lecturas del ciclo "A", los competentes impregnan sus mentes del sentido de Cristo Redentor, que es agua viva que purifica y apaga la sed (cf. Evangelio de la samaritana), luz que ilumina las tinieblas y da acceso a la verdad (cf. Evangelio del ciego de nacimiento), resurrección y vida que arranca del reino de la muerte y otorga la vida eterna (cf. Evangelio de Lázaro)[88]. Por su parte, las entregas del Símbolo y del Padrenuestro no sólo ofrecen la síntesis de la fe que ha sido desplegada a lo largo del proceso catecumenal y la llave para tener un trato filial con Dios; sino que disponen a los competentes a recibir los sacramentos que realizan lo que confiesan y piden en la fe[89]. Estos documentos serán como una luz añadida al proceso realizado por la que pueden penetrar mejor en el testimonio escriturístico y encontrar en él la Palabra que la habita[90].

- Pedagogía de este tiempo

Como hemos indicados, este periodo, básicamente, se desarrolla a través de unas catequesis litúrgicas. Los textos de la Sagrada Escritura, que se proclaman en las celebraciones que articulan este periodo, han de ser profundizados en un clima celebrativo y oracional. Aquí lo que se busca en que los elegidos reciban una formación espiritual e interioricen en la fe lo que después recibirán en el sacramento. De modo particular, los textos que giran en torno a los escrutinios ayudarán a los competentes a examinar su conciencia para descubrir en sus corazones "lo que es débil, morboso o perverso para sanarlo; y lo que es bueno, positivo y sano para asegurarlo"[91], para que a través de la penitencia se abran a la acción de Dios, purifiquen su corazón y se dispongan a ser regenerados en Cristo. Aquí no se puede olvidar el papel fundamental que tiene la homilía; podría decirse que en este periodo la catequesis se hace homilía. El que preside la celebración debe poner en relación lo que los textos proclaman con lo que en la celebración litúrgica acontece y esto con la vida de la Iglesia y de los elegidos[92].

También las entregas del Símbolo y del Padrenuestro reclaman una pedagogía particular. No se trata de que solo aprendan de memoria estos documentos de la fe, sino que los conciban en conexión con las proezas y maravillas que Dios ha hecho en la historia de la salvación, y la Escritura testimonia, y con la experiencia y anhelos que portan los competentes, y tiene en el espíritu de filiación su cumbre.

d/ Tiempo de Mistagogia

- Objetivo del tiempo de Mistagogica

Con la recepción de los tres sacramentos de la Iniciación Cristiana, los que fueron elegidos han pasado por el último grado del Catecumenado y han sido introducidos en el tiempo de la Mistagogia. Por la celebración unitaria del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, los neófitos,

perdonados sus pecados, se agregan al pueblo de Dios, reciben la adopción de los hijos de Dios, y son conducidos por el Espíritu Santo a la plenitud prometida de antiguo, y, sobre todo, a pregustar el reino de Dios por el sacrificio y por el banquete eucarístico[93]

El objetivo de esta etapa es que los neófitos profundicen en los misterios recibidos. En efecto, en la noche de Pascua y por la recepción de los sacramentos, la gracia de Dios se ha desbordado en ellos. El Señor ha realizado "lo que el ojo no vio, ni el oído oyó, ni al hombre se le ocurrió pensar que Dios podía tener preparado para los que lo aman"[94]. Por tanto, es preciso que los neófitos, junto con la comunidad cristiana y a través de la meditación del Evangelio y la participación de la Eucaristía, progresen en la percepción y en la acogida del don pascual que ha recibido, de modo que puedan configurar su experiencia de vida desde la gracia recibida[95].

- Clave de lectura de la Escritura

El RICA aconseja que el tiempo de la Mistagogia se desarrolle en el tiempo pascual, hasta la celebración de Pentecostés; que se articule en torno a la celebración dominical, en las llamadas "misas para los neófitos" y que en esas celebraciones se siga el Leccionario del ciclo "A" como el más conveniente[96]. Con estas indicaciones, los textos de la Escritura están dados, ahora nos queda decir desde qué claves hacer su lectura.

La recepción de los sacramentos; la participación frecuente en la Eucaristía, especialmente en la dominical; la integración en la comunidad y la propia vida constituyen una trama que permite acercarse de un modo nuevo a los textos bíblicos que se proclaman en la celebración litúrgica. Aquí no se trata de nuevos contenidos, se trata de la nueva luz que aporta la gracia y que hace posible una mayor inteligencia espiritual de la Escritura. Los neófitos deben interiorizar los misterios de la fe que la Escritura anuncia y los sacramentos realizan, para los cual se debe insistir en la verdadera correlación que existe entre su vida y esos misterios que no son otra cosa que la nueva vida en Cristo[97].

- Pedagogía de este tiempo

Sin ser del todo novedosa, la catequesis mistagógica posee una pedagogía particular. Esta catequesis debe ayudar a los neófitos a adentrarse cada vez más en los misterios celebrados, de modo que la participación en las celebraciones litúrgicas configuren su vida y su vida, vivida bajo la gracia pascual, la lleven ante el altar para ser ofrecida junto con la de Cristo al Padre. Por eso la catequesis mistagógica se ha de desarrollar en el marco de la celebración litúrgica, de modo que más que una comprensión sistemática de los misterios de la fe, propia de los tiempos precedentes, se propicie una experiencia espiritual que sea fruto del encuentro con Cristo y la recepción de su Cuerpo en la celebración eclesial[98].

Aquí, nuevamente, la catequesis se hace homilía y la homilía ha de desarrollar una "mistagogía existencial de la Palabra eclesial"[99]. Es decir, debe poner en conexión los ritos y signos litúrgicos con los acontecimientos fundamentales de la historia de la salvación y mostrar como perviven en la vida de la Iglesia; para después señalar cómo, en la comunión eclesial, la vida de los neófitos se abre a la Palabra divina para, de un modo análogo, dar ocasión a una nueva encarnación. Sin duda, los textos que se proclamen deben actuar como llave que abre estas conexiones; ya que justamente con el establecimiento de estas conexiones manifestará que la Palabra divina que late en ellos alcanza a los neófitos para tomar posesión.

 

IV. Conclusión

Toda la Escritura ha sido inspirada por Dios, y es útil para enseñar, para persuadir, para reprender, para educar en la rectitud, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para hacer el bien[100].

Dios es el que inicia a sus hijos. Es Él el que por su Palabra nos llama, nos trasforma y nos capacita para dar la respuesta filial. El Espíritu es el que interioriza esa acción redentora y santificante en nosotros. La Sagrada Escritura es anuncio de lo que Él quiere realizar y testimonio de su acción. En la Iglesia, y bajo la luz del Espíritu, la Sagrada Escritura entrega la Palabra de Dios. Es preciso que los creyentes se inicien en su lectura y, en la fe, encuentren en ella la Presencia de Jesús, el Hijo de Dios. La Sagrada Escritura es un texto inspirado para que, por medio de ella y en nombre de Dios, la Iglesia persuada, enseñe y eduque a sus hijos a responder a Dios y poder alcanzar la talla del hombre perfecto que es el Señor Jesús.

 


[1] Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática "Dei Verbum" (=DV) (19 de noviembre 1965) 24.

[2] Cf. Benedicto XVI, Exhortación apostólica "Verbum Domini" (=VD) (30 de septiembre de 2010) 3.

[3] Cf. DV 24.

[4] Congregación para el Clero, Directorio General para la Catequesis (=DGC) (15 de agosto de 1997) 30, que cita a Juan Pablo II, Exhortación apostólica "Catechesi Tradendae (=CT) (16 de octubre 1979) 27b.

[5] cf. DV 9.

[6] cf. DGC 30.

[7] Esta problemática ya fue denunciada por el Card. J. Ratzinger, entonces Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, en la conferencia que pronunció en Lyon y París en enero de 1983: "Transmisión de la fe y fuentes de la fe" en: Scripta Theologica 15 (1983/1) 9-30 (en especial p. 13-17). Signo de que la problemática permanece es que el tema lo ha vuelto a retomar en diversas ocasiones, entre otras en: Caminos de Jesucristo (Cristiandad, Madrid 2004) 57-64; en el "Prólogo" de su Jesús de Nazaret (La esfera de los libros, Madrid 2007) 7-21, que ya firma como Benedicto XVI.

[8] CT 5; cf. DGC 80; Catecismo de la Iglesia Católica (=CCE) (11 de octubre 1992) 426.

[9] Cf. DV 2.4; GS 41

[10] Cf. DGC 82.99; CCE 197. El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y vida cristiana, pero sólo se accede a él porque se ha desentrañado en Cristo, Jesús. El subrayar el cristocentrismo en la catequesis no supone sucumbir a un "cristomonismo", es preciso hablar con el Directorio de un "cristocentrismo trinitario" DGC 99-100.

[11] Cf. Gal 4,4; Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución pastoral "Gaudium et Spes (=GS) (7 de diciembre 1965) 22.

[12] GS 22.

[13] Col 2,9.

[14] Cf. CT 5; CCE 426; DGC 98. Ver también A. Amato, "Jesucristo, plenitud de la Revelación" en A. Cañizares y M. del Campo (Eds), Evangelización, catequesis, catequistas (Edice, Madrid 1999) 125-142.

[15] DGC 67.

[16] CCE 478. Y comenta el entonces Cardenal Ratzinger: "La dramática personalización que san Pablo ha logrado con estas palabras puede y debe hacer volver a cada uno hacía sí mismo; cada persona debe decir: el Hijo de Dios me ha amado y se ha entregado por mí. Sólo con estas palabras la Catequesis sobre Cristo llegará a ser por completo Evangelio" en J. Ratzinger, Evangelio, Catequesis, Catecismo (Edicep, Valencia 1996) 55-56

[17] Cf. DGC 53-55; DV 5; Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto "Ad Gentes" (=AG) (7 diciembre 1965) 13a; CT 20b; CCE 150-165; VD 25.

[18] Cf. VD 51; el texto cita la siguiente afirmación de Juan Pablo II: "La contemporaneidad de Cristo respecto al hombre de cada época se realiza en el cuerpo vivo de la Iglesia. Por eso Dios prometió a sus discípulos el Espíritu Santo, que les 'recordaría' y les haría comprender sus mandamientos (cf. Jn 14,26) y, al mismo tiempo sería el principio fontal de una vida nueva para el mundo (cf. Jn 3,5-8; Rm 8,1-13)" (VS 25).

[19] Mensaje final del Sínodo de los Obispos, XII Asamblea general ordinaria, sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia, III, 6.

[20] DGC 94, 98.

[21] Ibid., 50-52.

[22] DV 13.

[23] Cf. Hb 1,1-2; Jn 1,1-2.14a; 2Pe 1,3-4. "La especificidad del cristianismo se manifiesta en el acontecimiento Jesucristo, culmen de la Revelación, cumplimiento de las promesas de Dios, mediador del encuentro entre el hombre y Dios. Él nos ha revelado a Dios (cf. Jn 1,18), es la Palabra única y definitiva entregada a la humanidad" (VD 14).

[24] VD 12.

[25] Cf. VD 24.25.

[26] Para este punto ver nuestro trabajo: "La catequesis, eco de la Palabra de Dios", en: Teología y Catequesis 110 (2009) 77-126, en especial las páginas 87-97. Ver también S. Pié-Ninot; "Teología de la Palabra de Dios" en: Gregorianum 89 (2008) 347-395; Id., "Hacia una teología de la Palabra de Dios" en: Almogaren 44 (2009) 153-171;

[27] Jn 15,26-27; cf. VD 15-16.

[28] "La Palabra de Dios, pues, se expresa con palabras humanas gracias a la obra del Espíritu Santo" (VD 15).

[29] CT 27, que cita DV 10.

[30] DV 10; La Constitución Dei Verbum, designa a la Tradición con el mismo apelativo que a la Escritura: "Sagrada": "Sacra Traditio et Sacra Scriptura unum verbi Dei sacrum depositum constituunt Ecclesiae commissum".

[31] DV 9.

[32] "Es preciso que nadie minimice la enseñanza conciliar reduciendo la riqueza de la expresión "Palabra de Dios" solamente a la Sagrada Escritura; sería un empobrecimiento injusto y representaría una hermenéutica reductiva del concepto de Revelación, que tendría consecuencias peligrosas para la teología y para la pastoral" (R. Fisichella, "La Revelación y su transmisión: fundamento y fuente de la catequesis", en: A. Cañizares y M. del Campo (Eds), Evangelización, catequesis, catequistas (Edice, Madrid 1999) 115).

[33] Cf. DV 24, 8.

[34] VD 19.

[35] DV 12. Con una especial referencia al trabajo exegético, Benedicto XVI ha insistido en la Exhortación Apostólica Postsinodal Verbum Domini sobre este aspecto, cf. el apartado "La Hermenéutica de la Sagrada Escritura en la Iglesia (nº 29-49); a modo de síntesis citamos uno de sus textos: "Es la fe de la Iglesia quien reconoce en la Biblia la Palabra de Dios; como dice admirablemente san Agustín: 'No creería en el Evangelio si no me moviera la autoridad de la Iglesia católica'. Es el Espíritu Santo, que anima la vida de la Iglesia, quien hace posible la interpretación auténtica de las Escrituras. La Biblia es el libro de la Iglesia, y su verdadera hermenéutica brota de su inmanencia en la vida eclesial" (VD 29, la cita de san Agustín es de Contra epistulam Manichaei quam vocant fundamenti, 5,6: PL 42,176).

[36] VD. 17, cita a DV 8.

[37] DV 8.

[38] Hb 12,2.

[39] "De aquí se deduce la importancia de educar y formar con claridad al Pueblo de Dios, para acercarse a las Sagradas Escrituras en relación con la Tradición viva de la Iglesia, reconociendo en ellas la misma Palabra de Dios" (VD 18).

[40] CT 27, citado en VD 74 a través de una cita del DGC 127.

[41] Aquí se da una autentica circumincesión entre la Escritura a la vida de la Iglesia: "La intensidad de una auténtica experiencia eclesial acrecienta sin duda la inteligencia de la fe verdadera respecto a la Palabra de Dios; recíprocamente, se debe decir que leer en la fe las Escrituras aumenta la vida eclesial misma" (VD 30).

[42] DV 10; CCE 85-87; DGC 44.

[43] DGC 96; cita de DV 10c.

[44] DGC 128; cf. 127. Sobre el Catecismo cf. O. González de Cardenal, J. A. Martínez Camino, El catecismo postconciliar. Contexto y contenido (San Pablo, Madrid 1993); A. Cañizares y M. del Campo (Eds), Evangelización, catequesis, catequistas, 281-399; M. del Campo Guilarte, (Ed.) El Catecismo de la Iglesia Católica. En el X aniversario de su promulgación (Publicaciones de la Facultad de Teología San Dámaso, Madrid 2004):

[45] Juan Pablo II, Constitución Apostólica Fidei Depósitum; cf. CCE 11-12.

[46] DGC 128.

[47] Cf. C. Schönborn, "El Catecismo de la Iglesia Católica" en: A. Cañizares y M. del Campo (Eds), Evangelización, catequesis, catequistas, 281-299; J. Ratzinger, Evangelio, catequesis, catecismo 50-56.

[48] "La Sagrada Escritura y el Catecismo de la Iglesia Católica han de inspirar tanto la catequesis bíblica como la catequesis doctrinal, que canalizan ese contenido de la Palabra de Dios" (DGC 128).

[49] "El Catecismo está subordinado a este concepto de catequesis. No quiere otra cosa que ser voz de Cristo y acompañamiento en el camino catecumenal, en el proceso de incorporación –tanto vital como intelectual– a la comunidad de los discípulos de Jesucristo, discípulos que han llegado a ser su propia familia al estar todos unidos en la voluntad de Dios" (J. Ratzinger, Evangelio, catequesis, catecismo 46).

[50] cf. DV 8. Nunca como aquí se hacen más verdaderas las palabras de S. Tomás: "el acto de fe no se dirige a las palabras, sino a su contenido, a la realidad última que señala" (ST II-II,q.1 a.2 ad.2), en este caso el acto de fe no se dirige ni a la letra del Catecismo ni tan siquiera a la de la Escritura, se dirige por medio de ellas a la Iglesia y, en y por ésta a Cristo, presencia viva de Dios.

[51] CCE 1212. 1229; Conferencia Episcopal Española, La Iniciación Cristiana (=IC) (27 de noviembre de 1998) 19. Sobre la Iniciación Cristiana: M. del Campo, "Iniciación cristiana y catequesis", en: A. Cañizares y M. del Campo (Eds), Evangelización, catequesis, catequistas, 145-186; Id. La iniciación cristiana (Subsidia 17) (Publicaciones de la Facultad de S. Dámaso, Madrid 2006); J. Guiteras Vilanova, "Iniciación cristiana obra de la Santísima Trinidad en la Iglesia", Actualidad Catequética 185 (2000) 39-57; H. Derroitte (dir), Catéchèse et initiation (Lumen vitae, Bruxelles 2005).

[52] IC 39; cf. CCE 1074.

[53] Cf. M. del Campo, La iniciación cristiana, 22-25.

[54] Cf. Ritual de la Iniciación cristiana de Adultos (=RICA) (1972) cap. IV; Pablo VI, Exhortación apostólica "Evangelii Nuntiandi" (=EN) (8 de diciembre 1975) 44, Juan Pablo II, Exhortación apostólica "Christifideles Laici" (=ChL) (30 de diciembre 1988) 61; DGC 90-91; IC 124-133; eso sí teniendo en cuenta una diferencia fundamental que deriva de haber o no recibido los sacramentos de Iniciación. En el caso del catecumenado supone una preparan a su recepción, pero en el caso de la catequesis, ésta se ha de fundar en el Bautismo ya recibido y cuya virtud debe desarrollar cf. RICA 295; CCE 1231; DGC 90.

[55] Ver nuestro trabajo "El acto catequético, acción de la Iglesia al servicio de la Palabra y de la fe", en: Teología y Catequesis 112 (2009) 65-104.

[56] Conferencia Episcopal Española, Orientaciones pastorales para el catecumenado (OPC) 12. Cf. M. del Campo, "La Iniciación Cristiana, itinerario de fe", en: Teología y Catequesis 115 (2010) 13-24.

[57] Cf. DGC 56; cita de Ef 4,13.

[58] Cf. RICA 5.

[59] Cf. Ibíd., 9-13; IC 24; OPC 13.

[60] Ibíd., 9.

[61] Cf. Ibíd., 11-12. Para la distinción en la íntima relación entres primer anuncio y precatequesis ver nuestro artículo: "La explanación del kerigma en la precatequesis", en: Teología y Catequesis 115 (2010) 29-32.

[62] Cf. RICA 14-20; 68-72; 98-105; IC 25-26; OPC 14.

[63] Cf. RICA 18.

[64] Cf. Ibid., 21-26; 133-142; 152-159; IC 27; OPC 15.

[65] Cf. RICA 134.

[66] Cf. Ibid., 25.

[67] Cf. Ibíd., 37-40, 235-239; IC 28-30; OPC 16.

[68] El marco de lo que sigue lo hemos desarrollado en dos trabajo ya citados: "La catequesis, eco de la Palabra de Dios", 110-125 y "El acto catequético, acción de la Iglesia al servicio de la Palabra y de la fe", 99-103.

[69] Cf. EN 21-22.

[70] cf. Juan Pablo II; Carta encíclica "Redemptoris Missio" (=RM) (7 de diciembre de 1990) 44.

[71] DGC 88.

[72] RICA 9; cf. AG 13.

[73] Cf. J. Gevaert, El primer anuncio (Santander 2004) 121-149; X. Morlans, El primer anuncio (Madrid 2009) 67-87; G. Castro Martinez, "Kerigma", en: V. M. Pedrosa et alii (dirs.), Diccionario de pastoral y evangelización (Burgos 2000) 625-631.

[74] No es el momento de citar por completo ni la homilía del Santo Padre Benedicto XVI de la misa celebrada en la Plaza del Obradoiro en Santiago de Compostela (6 de noviembre de 2010) donde señala de un modo admirable los elementos del kerigma que deben venir a responder a los retos que hoy tiene planteado el anuncio y su explanación; ni el mensaje para la JMJ 2011 Madrid (6 de agosto de 2010) donde, de algún modo, los explicita de cara a los jóvenes.

[75] cf. RICA 9.

[76] Cf. RICA 68-97; DGC 56

[77] "Celebrante: 'Qué pides a la Iglesia de Dios'; Candidato: 'La fe'", (Ibid 75).

[78] Cf. CCE 189; DGC 82b. Ver también M. Del Campo, La iniciación cristiana, 27-31

[79] Cf. DGC 82-83.

[80] RICA 93.

[81] Para este punto, y teniendo en cuenta que es preciso hacer una concreción catequético-pastoral es especialmente iluminador lo que DV 12 del proceso hermeneutico-eclesial de la Escritura; ver su comentario por parte de Benedicto XVI en VD 34. 38-39. Ver también Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (Roma 15 de abril de 1993) en especial p. 71-78; 106-110.

[82] Cf. DGC 67-68.

[83] Cf. AG 14; RICA 19. 98; DGC 85-87.

[84] Cf. Misal Romano, Ordenación de las lecturas de la Misa, 4, citado en VD 52.

[85] "La catequesis, en concreto, debe ser una auténtica introducción a la lectio divina, es decir, a la lectura de la Sagrada Escritura, hecha según el Espíritu que habita en la Iglesia" (DGC 127); cf. VD 86-87; también Pontificia Comisión Bíblica, IV, C,2. Y nuestro trabajo "La catequesis, eco de la Palabra de Dios" 118-120.

[86] Cf. RICA 22,23,134,144.

[87] Cf. Ibid., 146.

[88] Cf. Ibid., 25a,157.159.

[89] Cf. Ibid., 25b,183-187,188-192.

[90] Aquí estamos siguiendo el itinerario tipo, pero quizás, por la brevedad del periodo de "purificación e iluminación" y siguiendo la sugerencia del mismo RICA 103. 125-126, estas entregas podrían realizarse durante el tiempo catecumenal. Ahí podrían desplegar de un modo más amplio sus vitualidades.

[91] RICA 25.

[92] Sobre el valor de la homilía cf. VD 59.

[93] RICA 27. Cf. Observaciones generales 1-2; CCE 1213.1285.1322-1327

[94] 1Cor 2,9.

[95] Cf. RICA 37; IC 29.

[96] Cf. RICA 40.

[97] Cf. Ibid., 38.39.

[98] Benedicto XVI, Exhortación apostólica "Sacramentum caritatis" (22 de febrero 2007) 64.

[99] Hemos desarrollado este aspecto en nuestro trabajo: "La catequesis, eco de la Palabra de Dios" 124-125.

[100] 2Tim 3,16-17.