Secretario de la Comisión Técnica para la traducción
de la Biblia de la Conferencia Episcopal Española

 

Introducción: enlace y pretensión

El Sr. Obispo Secretario General de la CEE y Mons. D. Domingo Muñoz nos han introducido en la historia de este proyecto eclesial y editorial, y en los criterios técnicos y el desarrollo de la obra. Lo han hecho con voz autorizada: el primero ha estado involucrado en el proyecto desde que se pensó en el tantas veces referido Encuentro de Obispos-Teólogos de 1995; el segundo ha presidido las tres comisiones que se han ido sucediendo desde los comienzos de la realización del proyecto el año 1996 hasta la edición de la obra: Comisión Preparatoria, Comisión Coordinadora y Comisión Técnica.

En la exposición de Mons. Muñoz León se han abordado además algunas cuestiones que un servidor intentará presentar más de cerca y, sobre todo, ilustrar con decisiones tomadas en el largo proceso de elaboración de la traducción y que se han concretado en el texto ofrecido finalmente en esta edición.

De acuerdo con esto y estas palabras introductorias mi exposición tendrá dos partes: una primera dedicada a los prolegómenos del trabajo y una segunda en la que intentaré exponer los exegéticos y teológicos que han conducido la realización de esta obra, ilustrándolos con algunos ejemplos. Finalizaré mi intervención con una conclusión.

 

1. De los leccionarios a la Sagrada Biblia. Versión oficial de la CEE

Los dos ponentes que me han precedido han dejado claro que en el origen de esta edición de la Sagrada Escritura estaba el deseo de que los pastores y los fieles de la Iglesia española pudieran disponer de los textos bíblicos que se proclaman en la liturgia de la Iglesia en el marco en el que han sido transmitidos, es decir, junto con el resto de la Biblia. Por otra parte, la Comisión preparatoria, que elaboró el proyecto y, lógicamente, las dos Comisiones que sustituyeron a aquella y llevaron adelante la realización concreta del mismo eran conscientes de que, más allá de la necesaria revisión, el punto de partida del trabajo tenía que ser la traducción de los textos litúrgicos realizada entre 1964-1981. Llevada a cabo por biblistas de reconocida autoridad y supervisada por literatos y escritores también reconocidos, la citada traducción era considerada en términos generales y sobre todo en algunos casos como un verdadero logro en la historia de las traducciones de textos bíblicos. Debido a ello, en los textos ya traducidos sólo se podían introducir cambios cuando estos fueran estrictamente necesarios.

Por lo que respecta al resto de la Biblia, es decir, a los textos no traducidos para la Liturgia, si se quería lograr un conjunto homogéneo, era preciso aplicar los mismos criterios que habían guiado aquella traducción. Y aquí surgió uno de los primeros problemas que tuvo que afrontar la Comisión Técnica: los traductores habían fallecido o eran muy mayores, y en los diferentes archivos relacionados de un modo u otro con ellos mismos o con la tarea que llevaron a cabo no se encontraba documento alguno en el que constaran los criterios que habían presidido su realización. Había que imaginarlos o deducirlos. De la lectura de los textos resultaba evidente que la traducción se había hecho principalmente de los textos originales; pero también que, en algunos casos, se había recurrido a alguna de las Biblias más conocidas, sobre todo para las lecturas incluidas en la Liturgia de las Horas[1].

En los textos cuya traducción podía suponerse completamente nueva, resultaba fácil adivinar que lo habían sido de las lenguas originales y que normalmente se había aplicado el principio de la equivalencia dinámica. Es decir, la lectura de los textos creaba la impresión, no sólo de que se había evitado una traducción literal, sino que se había buscado verter las estructuras lingüísticas del hebreo, griego o arameo a las estructuras lingüísticas del español. Además de esto se constataba la sustitución casi sistemática de determinados términos de claro sabor religioso por otros que, en opinión de los traductores, lo era menos. En este sentido, es significativo lo que escribió uno de los protagonistas de aquella gran tarea eclesial cuando habían pasado unos 30 años de su realización: “Con el uso se han sacralizado algunos términos que en los textos originales eran neutrales. Cuando Mt habla de dar un poterion de agua fresca (10,42), no piensa en un vaso sacro. Los recipientes sagrados se usaban solo en el templo, no en la cena familiar de la Pascua. No deben pensar los lectores que Jesús utilizó un vaso sagrado, un ‘cáliz’. Tampoco Pablo tenía un vaso sacro para celebrar la eucaristía. Vaso y copa responden al original”[2].

Además de este y otros ejemplos aducidos por el mismo traductor y que se concretaron en el resultado final de aquel trabajo, más que meritorio en muchos aspectos, querría referir personalmente algún otro: en la primera edición de los leccionarios desapareció, p. ej., la referencia a la humillación o a la obediencia de Cristo en Fil 2,8. Además de lo arbitrario de la eliminación de esas palabras en sí misma, con la traducción resultante - “se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” - este famoso himno paulino quedaba completamente fuera de contexto. Una prueba de ello lo encontramos en la siguiente introducción a Fil 2,6-11 en una de las muchas ediciones de bolsillo de los leccionarios: “En los versículos precedentes exhorta Pablo a la humildad como presupuesto básico de la unidad (Flp 2,1-5). En nuestro pasaje expone el ejemplo humilde de Cristo. La humillación del Señor tiene su inicio en la encarnación al hacerse semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado (Hb 4,15); su culmen, en la obediencia a la muerte de cruz”[3]. Si en lugar del “se humilló”, que parece ser la versión más adecuada del término griego utilizado, se traduce “se rebajó”, ¿qué sentido tiene este comentario?

El mismo colaborador de la traducción al que nos referíamos más arriba afirma en el citado artículo: “La semántica moderna nos enseña la posible equivalencia de morfema por lexema, ben=Israel=israelita, de traducción sintética de dos palabras originales”. Siendo esto cierto, también es verdad que, sobre todo, en discursos o ámbitos más o menos solemnes, nuestra lengua permite hablar de “hijos de Madrid” o “hijos de Arico” (permítanme Vds. esta referencia a mi pueblo de origen), expresión que acentúa mucho más que el simple gentilicio la vinculación sentimental a la tierra que nos ha visto nacer; la palabra “israelita” no dice, ni mucho menos, lo mismo que “hijo de Israel”; no lo dice en singular, pero, sobre todo, no lo dice en plural; porque Israel no es sólo la tierra donde vivían los israelitas, sino el nombre en el que cambió Dios el de Jacob, de quien descendían las doce tribus que formaban aquel pueblo (cf. Gn 32,28). Y la expresión “hijo/os de Israel” subraya precisamente esa vinculación al ancestro.

Así, pues, equivalencia dinámica, tener en cuenta la lingüística, la semántica, sí; pero también el mundo de la Biblia… y la valencia religiosa de algunos términos, admitida incluso por el diccionario: y pongo el último ejemplo de este apartado: el verbo “justificar”, que el autor del artículo que venimos citando clasifica entre el vocabulario “clerical”. Dice en efecto: “Hasta el Concilio y la reforma litúrgica los aspirantes al sacerdocio estudiaban una teología escolástica en latín. En ella se habían acumulado términos técnicos inteligibles solo para los iniciados. Algunos términos se habían sobrecargado con la polémica de la Reforma y Contrarreforma o con otras polémicas. ¿Era razonable descargar dicha sobrecarga sobre los textos originales, o había que atenerse al castellano no técnico, comúnmente hablado y escrito? El ejemplo más claro es “justificar”, que en castellano significa razonar y defender una acción que parecía improcedente. ¿Hay que dar gusto al 1%, que es el clero, o al 99% que son los laicos?”[4]. Bien es cierto que los traductores de los leccionarios no llegaron a aplicar este convencimiento, y mantuvieron por lo general el vocabulario de la “justificación”. Pero la convicción sobre la verdad del referido convencimiento ha hecho que el vocabulario de la justificación haya desaparecido completamente de algunas traducciones de la Biblia, siendo sustituido por supuestos sinónimos como “amnistía”, “rehabilitación” o “salvación”. Y miren Vds. por donde, el propio DRAL ofrece como 4ª acepción de “justificar” la siguiente: “Dicho de Dios: Hacer justo a alguien dándole la gracia.”; y como 7ª de “justificación”, es decir, de la “acción o efecto de justificar”: “Santificación del hombre por la gracia y la fe con la cual se hace justo.”[5]

 

2. Criterios exegéticos y teológicos

2.1 Traducción e interpretación

En el nº 22 de la Constitución Dogmática sobre la divina Revelación se lee la siguiente afirmación: “Es conveniente que los cristianos tengan amplio acceso a la Sagrada Escritura. Por ello la Iglesia ya desde sus principios, tomó como suya la antiquísima versión griega del Antiguo Testamento, llamada de los Setenta, y conserva siempre con honor otras traducciones orientales y latinas, sobre todo la que llaman Vulgata. Pero como la palabra de Dios debe estar siempre disponible, la Iglesia procura, con solicitud materna, que se redacten traducciones aptas y fieles en varias lenguas, sobre todo de los textos primitivos de los sagrados libros. Y si estas traducciones, oportunamente y con el beneplácito de la autoridad de la Iglesia, se llevan a cabo incluso con la colaboración de los hermanos separados, podrán usarse por todos los cristianos”. Dejando de lado esta última posibilidad, que en España se ha concretado, principalmente, en la edición interconfesional de la Biblia del año 2008[6], la citada afirmación conciliar habla de que las traducciones que la Iglesia procura que se redacten deben ser “aptas y fieles” (en latín: aptae ac rectae).

Ambas cualidades tienen que ver directamente con el objetivo de que los fieles “tengan amplio acceso a la Sagrada Escritura” o de que “la palabra de Dios” esté “siempre disponible”. Por otra parte, mientras que la cualidad de “fieles” mira a que la traducción recoja lo que se dice en el original, la “aptitud” parece referirse a que se haga en un lenguaje inteligible para las personas que hablan la lengua a la que se traduce[7].

En orden a la fidelidad bastaría con que el traductor conozca bien la lengua del texto que debe traducir; en el caso de la Biblia, que conozca bien el hebreo, el arameo y el griego; no parece necesario decir que cuando se habla de conocimiento de las lenguas se quiere decir que dicho conocimiento no se limita a la gramática[8]. Hecha esta salvedad, sobre la que no podemos entrar en el marco de esta comunicación, me atrevería a decir que en este terreno no se plantean mayores problemas, pudiendo ser la traducción resultante más o menos literal. Por lo que se refiere al objetivo de lograr que la traducción sea “apta” en el sentido en que hemos entendido el texto conciliar, además del conocimiento de las lenguas originales se requiere el de la lengua propia, aspecto este último que, como ha quedado señalado, no se limita tampoco en este caso a conocer bien la gramática[9]. En cualquier caso, el esfuerzo por conseguir una traducción “apta” puede dar como resultado un texto que, permaneciendo fiel al original, se adecue tanto al genio de la lengua a la que se traduce como a los lectores actuales de la misma; pero también puede ocurrir que al intentar una traducción inteligible se sacrifique la fidelidad a los textos originales o se recurra a vulgarismos, más que chocantes en el marco de la celebración litúrgica: ¿Quién no recuerda, en este sentido, el “chaparrón tenemos” de Lc 12,54[10] o “la cosa empezó en Galilea” de Hch 10,37[11]? Una pretendida traducción inteligible, pero que se aleja clarísimamente del texto hasta el punto casi de traicionar su sentido es la que se leía en Rm 8,3: “Dios… envió a su Hijo encarnado en una carne pecadora como la nuestra”.

El texto a que acabo de referirme podría servir muy bien de puente para el siguiente apartado de nuestra exposición: “Traducción y teología”. Sin embargo antes de pasar a él, debo referirme más de cerca a los criterios exegéticos adoptados por la Biblia de la CEE y que inciden directamente en la traducción. Lo haré presentando en relación con algunos ejemplos. El primero toca a los textos de los que ha partido la traducción y que, según ha indicado D. Domingo Muñoz y resulta más que lógico, son los originales, tal y como se ofrecen en las ediciones críticas al uso[12]. Se sabe, sin embargo, que no son pocos los textos en los que las mismas ediciones críticas fluctúan entre varias lecturas posibles; en el caso del hebreo, el traductor se encuentra además con ciertos textos ininteligibles.

Ambos extremos se hallan reflejados en esta versión de la Biblia, que en ocasiones ofrece a pie de página la correspondiente variante textual o la base en que se ha apoyado la traducción propuesta. Así, p. ej., en Lv 7,89 se traduce: “Cuando Moisés entraba en la Tienda del Encuentro para hablar con Dios, oía la voz que le hablaba desde lo alto del propiciatorio que cubre el Arca del Testimonio, entre los dos querubines. Y desde allí le hablaba”. Los dos asteriscos que encuentra el lector en el propio texto le remiten a sendas notas a pie de página, una referida al “Que le hablaba: “es lectura conjetural. El hebreo parece corrompido”; la otra, al “Desde allí le hablaba” conclusivo, pues la frase no aparece conectada “ni a lo que antecede ni a lo que sigue; quizás se ha perdido parte del texto.” Mayor incidencia tiene la nota al famoso texto de Lc 23,44b: “Y se le apareció un ángel del cielo, que lo confortaba. En medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre”. La nota dice: “Muchos manuscritos, incluidos algunos importantes, omiten 23,43s, posiblemente porque consideraban la escena demasiado humillante. Razones de crítica interna y el testimonio de otros manuscritos, igualmente importantes, favorecen su pertenencia al original”

En la misma línea, se explican igualmente a pie de página las expresiones literales que se han traducido ad sensum para facilitar su comprensión: Lv 8,7 traduce: “Para esta purificación harás con ellos de la siguiente manera: los rociarás con agua expiatoria”; en nota se señala que “agua expiatoria” es traducción de la expresión literal “agua de pecado”.

La importancia de la traducción griega llamada de los LXX justifica las muchas notas que dan cuenta de la ausencia de alguna expresión en la misma y, sobre todo, de la elección de una traducción sobre la base de dicha versión, a cuya veneración eclesial se refirió expresamente la Constitución Dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II[13]. Así se indica, por ejemplo, en nota a Nm 16,24: “El griego omite aquí “Datán y Abirón”. Y en el mismo libro de los Nm 23,10, que traduce: "¿Quién podrá contar el polvo de Jacob, quién calcular la polvareda de Israel? Muera mi alama con la muerte de los justos,m sea mi paradero como el de ellos", se indica en nota sobre este "de ellos" conclusivo: "En hebrero: "de él", es decir, de Israel, al que se refiere en definitiva el 'de ellos' del griego"-

Un último ejemplo como ilustración de otro de los criterios adoptados para la traducción y que reza como sigue en el documento correspondiente: “La incidencia litúrgica de la mayoría de los textos que se van a trabajar exige que se tengan en cuenta las opciones tomadas en la Editio typica vaticana de los Leccionarios.” Además, en cuestiones dudosas debe seguirse el criterio de la Neovulgata”[14]. Antes de reportar el ejemplo anunciado para ilustrar este criterio y para entender el sentido de este último, tal vez convenga recordar que, tras referirse a la traducción de los LXX, el Vaticano II afirma en la Dei Verbum: “Por ello la Iglesia… conserva siempre con honor otras traducciones orientales y latinas, sobre todo la que llaman Vulgata.” Vayamos ahora al ejemplo, que tomamos de Job 19,25a, un texto también muy conocido: “Yo sé que mi Redentor vive…”. El español “Redentor” traduce el famoso go’el hebreo, frente al “Vengador” escogido por otras traducciones. La elección de “Redentor”, adecuada sin duda al sentido del término hebreo, está determinada además por la tradición latina y por el uso litúrgico del pasaje; la Neovulgata traduce en efecto: “Scio enim quod redemptor meus vivit”.

2.2 Traducción y teología

En la traducción de este texto es fácil descubrir, igualmente, cierta carga teológica, en relación con la cual dice uno de los criterios para la revisión y traducción de la Biblia CEE: “La traducción debe prestar especial atención a los textos con alto contenido teológico”[15]. Pero prefiero volver sobre Rom 8,3, un texto al que ya me he referido más arriba. La traducción que se ofrecía del mismo, además de redundar en la referencia a la carne (“encarnado” y “en la carne”), que no se encuentra en el original griego, puede crear la impresión, antes que nada, de que “la carne” de los humanos, es decir, la misma condición humana, es por sí misma pecadora y, por otra, que, al asumir la “carne” humana, es decir, al hacerse hombre, Cristo asumió el pecado, algo que, como es bien sabido, se aleja de la fe de la Iglesia sobre la impecabilidad de Cristo, de quien se dice expresamente en el NT que “no conoció pecado” (2 Cor 5,21; cf. Hb 4,15). La traducción que se ofrece en la versión oficial de la CEE evita ambos peligros, traduciendo más literalmente el texto griego y ofreciendo una nota explicativa. La traducción dice: “Lo que era imposible a la ley, por cuanto que estaba debilitada a causa de la carne, lo ha hecho Dios: enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y en orden al pecado, condenó el pecado en la carne”. Y se explica en nota: “En semejanza de carne de pecado sintetiza tanto la verdadera humanidad del Hijo como la necesaria distancia de Cristo frente al pecado”.

 

Conclusión: una obra con vocación eclesial

Con los ejemplos aducidos creo haber ilustrado suficientemente, en el marco de esta comunicación, los criterios exegéticos y teológicos que han inspirado la traducción de la Biblia en torno a cuya salida a la luz se ha organizado el presente Congreso. Confío haber mostrado además que, aplicando estos criterios, la Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española ha querido aunar las dos series de principios, críticos y teológicos, que enunciara en su día el Concilio Vaticano II en la Constitución Dogmática Dei Verbum[16] y que el Papa Benedicto XVI ha reiterado, tanto en sus intervenciones en la XII Asamblea General del Sínodo de los Obispos celebrada en octubre de 2008 sobre La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia, como en la Exhortación Apostólica postsinodal Verbum Domini, recientemente publicada. Se lee, en efecto, en este documento papal: “Teniendo en cuenta este horizonte, se pueden apreciar mejor los grandes principios de la exegesis católica sobre la interpretación, expresados por el Concilio Vaticano II, de modo particular en la Constitución dogmática Dei Verbum: “Puesto que Dios habla en la Escritura por medio de hombres y en lenguaje humano, el intérprete de la Escritura, para conocer lo que Dios quiso comunicarnos, debe estudiar con atención lo que los autores querían decir y Dios quería dar a conocer con dichas palabras”. Por un lado, el Concilio subraya como elementos fundamentales para captar el sentido pretendido por el hagiógrafo el estudio de los géneros literarios y la contextualización. Y, por otro lado, debiéndose interpretar en el mismo Espíritu en que fue escrita, la Constitución dogmática señala tres criterios básicos para tener en cuenta la dimensión divina de la Biblia: 1) Interpretar el texto considerando la unidad de toda la Escritura…; 2) tener presente la Tradición viva de toda la Iglesia; y, finalmente, 3) observar la analogía de la fe. ‘Sólo donde se aplican los dos niveles metodológicos, el histórico-crítico y el teológico, se puede hablar de una exegesis teológica, de una exegesis adecuada a este libro”[17].

Este ha sido el intento en la realización de esta traducción, felizmente concluida y cuyo único motor y mayor estímulo ha sido el deseo de ofrecer a la Iglesia española un instrumento “apto y útil” para lograr aquel objetivo que señalaba el Vaticano II en las palabras conclusivas de la tantas veces citada Constitución Dogmática Dei Verbum: que "la palabra de Dios se difunda y resplandezca y el tesoro de la revelación, confiado a la Iglesia, llene más y más los corazones de los hombres"[18].

 

 


[1] Lo dice expresamente el P. Alonso Schökel, a quien, según afirmación propia, “tocó dirigir el equipo de traductores”: “Trabajábamos muy despacio. Tanto, que el secretario técnico no podía esperarnos y recurría a veces a traducciones ya hechas y publicadas”: L. Alonso Schökel S.J., “25 años de traducciones litúrgicas” Vida Nueva 11 de noviembre de 1995, 8. Al mismo Alonso Schökel y a otros autores se deben las pocas “crónicas” sobre aquella tarea: L. Alonso Schökel/ J. M. González Ruiz /J. Mateos, La elaboración del Leccionario litúrgico para las celebraciones en lengua castellana, en: Ecclesia 24 (nº 1225, 2 de enero de 1965) 26-30.

[2] Alonso Schökel, “25 años de traducciones” 8.

[3] Secretariado Nacional de Liturgia, Comentarios Bíblicos al Leccionario para Misas en diversas circunstancias y Misas votivas, Madrid 1971, 284.

[4] Alonso Schökel, “25 años de traducciones” 8.

[5] Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, 22ª edición.

[6] En la Exhortación Apostólica postsinodal Verbum Domini, dice al respecto Benedicto XVI: “Quisiera subrayar, además… la importancia en este trabajo ecuménico de las traducciones de la Biblia en las diversas lenguas. En efecto, sabemos que traducir un texto no es mero trabajo mecánico, sino que, en cierto sentido, forma parte de la tarea interpretativa. A este propósito, el Venerable Juan Pablo II ha dicho: ‘Quien recuerda todo lo que influyeron las disputas en torno a la Escritura en las divisiones, especialmente en Occidente, puede comprender el notable paso que representan estas traducciones comunes’ Por eso, la promoción de las traducciones comunes de la Biblia es parte del trabajo ecuménico.” (Verbum Domini 46).

[7] Las traducciones modernas deben ser “útiles y correctas desde un punto de vista pastoral (…. seelsorglich von Ntzen und richtig sein)”: H. Hoping, “Theologischer Kommentar zur dogmatischen Konstitution über die göttliche Offenbarung. Dei Verbum”, P. Hünermann/ G.J. Hilberath (eds.), Theologischer Kommentar zum Zweiten vatikanischen Konzil 3, Freiburg i. B. 2005, 796.

[8] “El traductor… ha de saber la lengua original, hebreo y griego; ha de conocer algunos elementos de lingüística general…”: Alonso Schökel, “25 años de traducciones” 8.

[9] “El traductor… ha de dominar la lengua receptora. Finalmente ha de casar en legítimas nupcias la expresión castellana con la original”: Alonso Schökel, “25 años de traducciones” 8. En la reciente Exhortación postsinodal Verbum Domini afirma el Papa Benedicto XVI: “Una traducción, en efecto, es siempre más que una simple trascripción del texto original. El paso de una lengua a otra comporta necesariamente un cambio de contexto cultural: los conceptos no son idénticos y el alcance de los símbolos es diferente, ya que ellos ponen en relación con otras tradiciones de pensamiento y otras maneras de vivir”. El propio Benedicto XVI se preocupa por abrir esta afirmación indiscutible en sí misma al horizonte más amplio de la Palabra por excelencia que es Cristo, en quien se superan todos los límites lingüísticos y culturales: “La Palabra divina es capaz de penetrar y de expresarse en culturas y lenguas diferentes, pero la misma Palabra transfigura los límites de cada cultura, creando comunión entre pueblos diferentes. La Palabra del Señor nos invita a una comunión más amplia. «Salimos de la limitación de nuestras experiencias y entramos en la realidad que es verdaderamente universal. Al entrar en la comunión con la Palabra de Dios, entramos en la comunión de la Iglesia que vive la Palabra de Dios... Es salir de los límites de cada cultura para entrar en la universalidad que nos relaciona a todos, que une a todos, que nos hace a todos hermanos».[375]Por tanto, anunciar la Palabra de Dios exige siempre que nosotros mismos seamos los primeros en emprender un renovado éxodo, en dejar nuestros criterios y nuestra imaginación limitada para dejar espacio en nosotros a la presencia de Cristo.” (115).

[10] Esta era la traducción completa del versículo: “… decía… a la gente: ‘Cuando véis subir una nube por el poniente, decís en seguida: Chaparrón tenemos”, y así sucede.” La nueva versión es: “Decía… a la gente: 'Cuando veis subir una nube por el poniente, decís enseguida: “Va a caer un aguacero”, y así sucede”.

[11] La traducción precedente de los leccionarios leía así el entero v. 37: “Vosotros conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicó el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea”. En la versión actual se lee: “Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan.”

[12] Punto 3. a) de los Criterios para la revisión y traducción de la Biblia elaborados por la Comisión Técnica y aprobados con algunas observaciones por la Permanente de la Conferencia Episcopal Española en la reunión del 18-20 de febrero de a997.

[13] “Por ello la Iglesia ya desde sus principios, tomó como suya la antiquísima versión griega del Antiguo Testamento, llamada de los Setenta”: Dei Verbum 22.

[14] Criterios 3.b).

[15] Criterios 4.a).

[16] DV 12.

[17] Verbum Domini 34.

[18] Dei Verbum 26.