Profesor de la Facultad de Teología
San Vicente Ferrer de Valencia

1.- La Biblia como libro litúrgico

Las Sagradas Escrituras se redactaron, con la gracia de la inspiración divina, para ser proclamadas, cantadas y rezadas.[1] En esta conferencia voy a proponer los pasos conforme a los que, desde los tiempos de nuestros "padres en la fe", estas "Letras" han formado parte de la liturgia del pueblo de Dios.

1.1.- La lectura de las Escrituras en la Sinagoga.[2]

Si bien existen testimonios de una lectura pública de la Ley del Señor (Deut 31,9 ss.), y de cánticos e himnos, algunos recogidos en los libros sagrados, en la liturgia del templo de Jerusalén, la lectura pública regular del Toráh fue introducida por Esdras, el escriba de la vuelta del cautiverio de Babilonia ( c. 537 a.C.), según lo descrito en Libro de Nehemías. En la era moderna, la práctica del judaísmo ortodoxo sigue un procedimiento que creen ha permanecido sin cambiar en los dos mil años desde la destrucción del Templo en Jerusalén por los romanos ( c. 70 d.C.). En los dos últimos siglos, el Judaísmo reformado y el Judaísmo conservador han hecho adaptaciones a la práctica de la lectura de Toráh, como el ciclo trienal, diferente a otro que existió en la antigüedad, pero el patrón básico de la lectura de Toráh ha seguido siendo generalmente igual. La lectura de la Ley se hace todavía los sábados, lunes y jueves. En las fiestas principales hay lecturas propias. Los judíos observan un día de fiesta anual, Simchat Toráh, para celebrar la terminación del ciclo del año de lecturas.

A la lectura de la Ley sigue la de los Profetas. El nombre litúrgico del lector de esta lectura "el que despide" indica que se está en el final de la celebración. Algunos otros libros, de la tercera sección de la Biblia hebrea se leen en ocasiones especiales, como el de Ruth en Pentecostés y el de Esther en la fiesta de los Purim. Finalmente puede haber un comentario o sermón.[3]

El servicio litúrgico en las sinagogas se celebraba el sábado y el segundo (lunes) y quinto (jueves) días de la semana por la mañana (hacia la hora tercia) contemporáneamente al sacrificio matutino del templo, y por la tarde (después de nona), a la hora del sacrificio vespertino. El del sábado procedía por el orden siguiente:

a) Recitación del "Sifiéma", que comprendía dos bendiciones introductorias, seguidas de una especie de Credo, compuesto de estos tres pasajes de la Escritura: Deut. 49; 11:13-21, y Num. 15:37-41, más una bendición final.

b) Las oraciones "Shémoneh Esréh," consistentes en 18 fórmulas breves de acción de gracias a Dios y de súplicas para varias clases de personas. Eran recitadas por el presidente en alta voz, y el pueblo, en pie, con la cara vuelta a Jerusalén, respondía a cada una de las fórmulas con el Amen.

c) La recitación o canto de los Salmos. Quizás no existió en un principio, pero ciertamente sí en tiempo de Cristo.

d) Lectura de las Escrituras. Se comenzaba leyendo la ley de Moisés (dividida a este fin en 164 secciones) y se continuaba por los profetas (los profetas propiamente dichos y Josué, Jueces, Samuel, Reyes, que eran considerados los profetas "antiguos"). Este orden de lecturas nos lo confirman el Evangelio y los Hechos.

e) Explicación de la lectura (midrásh), que se hizo necesaria por el hecho de que el texto hebreo era ya ininteligible al pueblo contemporáneo de Cristo. Naturalmente, no se hacía una mera traducción o paráfrasis del texto original, sino un verdadero sermón. En efecto, Jesús en Nazaret, después de la lectura de Isaías, pronunció un discurso en forma. Lo mismo hizo San Pablo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, donde, como forastero, fue invitado a hablar, según la usanza (Hch 13,15).

f) La bendición del sacerdote, si estaba presente. Era impartida con la mano derecha levantada, pronunciando la fórmula prescrita por Moisés. Si faltaba el sacerdote, el presidente recitaba una oración final pro pace: Da nobis pacem et omni populo Israel.., Tu, Domine, qui benedixisti populo tuo cum pace. Amen.

g) La colecta por los pobres. Con este acto de caridad se terminaba el servicio litúrgico del sábado.[4]

1.2.- La lectura de la Escritura en la Iglesia primitiva

En la Iglesia apostólica y en las siguientes generaciones, la lectura de las Sagradas Escrituras siguió siendo una parte esencial del culto, y esa proclamación siguió haciéndose de la misma forma que en las sinagogas, de forma continua o semicontinua, incorporándose progresivamente los nuevos textos que acabaron formando el Nuevo testamento.

Evidentemente, esta uniformidad no se debe a una semejanza fortuita, sino a una verdadera continuidad de culto, admitida de intento por los primeros fieles. Estos, como es sabido, en Palestina, y, fuera de Palestina, en el mundo grecorromano, eran reclutados en su mayoría entre el elemento judío propiamente dicho o entre la amplia clientela del proselitismo; y durante algún tiempo no hay duda que continuaron frecuentando habitualmente los piadosos ejercicios de las sinagogas.[5] Vemos a San Pablo cómo en Éfeso interviene casi durante tres meses en la sinagoga con asiduidad, "dialogando con ellos y tratando de persuadirlos", según dicen los Hechos (19,8), pero participando entre tanto él y sus discípulos en el servicio religioso de aquella colonia judía.

1.3.- La integración de la liturgia de la Palabra y la eucarística

En lo sucesivo, sin embargo, a medida que el surco que separaba a los nuevos creyentes de sus antiguos correligionarios se iba ahondando y la desconfianza de éstos se convertía, por fin, en abierta y violenta contradicción[6], no quedaba a los fieles, expulsados de las sinagogas, sino refugiarse en sus propias casas y trasladar allá, junto con copias de las Escrituras, el servicio litúrgico, injertando en él todo lo nuevo que importaba el espíritu cristiano, esto es, la lectura de los nuevos Libros sagrados (Evangelio, cartas apostólicas) y fórmulas de oraciones conforme a conceptos más amplios que incluían la referencia a Jesucristo.

Y así sucedió en efecto. El estudio de los documentos eclesiásticos más antiguos nos revela dos tipos de reuniones cristianas en la Iglesia naciente: las eucarísticas, exclusivamente reservadas a los bautizados, en las cuales los apóstoles, abandonando los sacrificios del templo, realizaban la "fracción del pan" (1Co 11,20), y las que llamaremos alitúrgicas, o sea sin celebración eucarística, en las que se continuaba la labor de instrucción y de oración, propia de la sinagoga, si bien renovada con nuevos elementos cristianos.

A estas últimas, a las cuales podía asistir cualquiera[7], hallamos alusiones en las cartas paulinas, como en la dirigida a los de Corinto, donde el Apóstol dice que los fieles se reúnen no sólo para la cena del Señor, sino también para la instrucción y la oración, el canto de los salmos, la enseñanza, las visiones, las profecías: "Cuando os reunís, uno tiene un salmo, otro tiene una enseñanza, otro tiene una revelación, otro tiene don de lenguas, otro tiene una interpretación: hágase todo para edificación" (1Co 14,26).

Expresamente alude San Pablo a una lectura pública de la Toráh al recordar, escribiendo a los corintios, el velo con el cual se cubrían los rollos de la ley por respeto: "Hasta el día de hoy pemanece aquel velo en la lectura del Antiguo Testamento, sin quitarse, porque se elimina en Cristo" (2Co 3,14). Más claramente hace referencia en las cartas a Timoteo. Después de felicitarle porque desde la infancia se ha familiarizado con los Libros sagrados, ιερά γράμματα (2Tim 3,15, "las sagradas Letras" tal era el término técnico entre los judíos de la diáspora para designar el Antiguo Testamento), le recomienda que centre su atención "en la lectura, la exhortación, la enseñanza" (1Tim 4,13). La "lectura", τη αναγνώσει, de que habla el Apóstol se refiere evidentemente a la liturgia, porque αναγνώστης era el título del lector litúrgico; y la lectura de los libros inspirados ayuda sobremanera a la eficacia del ministerio apostólico, como él explica en otro lugar: "Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia"(2Tim 3,16). Bajo este concepto sagrado de "Escritura" parece incluir aquí algunos escritos apostólicos (Cf. también 1Tim 5,18 y 2Pe 3,16)[8].

Muy pronto, sin embargo, acaso a principios del siglo II, y en algunas partes, como en Jerusalén, bastante más tarde, las dos reuniones fueron unidas, manteniéndose, no obstante, invariable el carácter propio de cada una, como liturgia de la Palabra y liturgia eucarística[9]. En Roma, San Justino, hacia el 150, describiendo la reunión eucarística dominical, del a entender cómo ya hacía tiempo que los dos servicios se habían unido.

¿Qué lecturas se proclamaban en estas asambleas? En primer lugar, como se ha dicho antes, los textos principales del Antiguo Testamento. Los judíos lo tenían para los libros de Moisés, distribuidos en paraschen, o secciones, y para los de los profetas, Haphtare; pero no existe prueba ninguna de que su sistema de lectura haya pasado a la Iglesia. El libro de turno se leía desde el principio hasta el fin (lectio continua) en el códice correspondiente o en los rollos, como se hacía en las sinagogas. La duración de la lectura dependía del tiempo disponible y de la voluntad de quien presidía la asamblea. Hay que tener en cuenta que hasta el siglo IV no empieza a desarrollarse el tiempo litúrgico, pues no existían más fiestas que la Pascua y los domingos.[10]

Las cartas apostólicas, que generalmente iban dirigidas a una determinada comunidad de fieles, debían leerse en la reunión litúrgica.[11] Sin embargo, a veces tratábase de una carta circular (encíclica), que debía mandarse también a las comunidades limítrofes, probablemente las que formaban parte de la misma provincia.[12]

Es de creer, pues, que todos los libros del Nuevo Testamento, aunque en su origen escritos para una comunidad particular, fueran recogidos y difundidos muy pronto en todas las iglesias, no sólo por motivo de la dignidad apostólica de sus autores, sino porque expresamente habían sido designados por los apóstoles como "libros sagrados" de lectura para las asambleas litúrgicas con el mismo título que los libros del Antiguo Testamento.[13] En efecto, los Padres de este tiempo los conocen y los citan; y, hacia el 160, el autor anónimo del llamado "canon muratoriano" los incluye en la lista de los escritos que se debían "proclamar al pueblo en la Iglesia".[14]

Entre todos ellos, los Evangelios tenían, sin duda, la preferencia.[15] No es de extrañar, pues, que San Justino hable de la lectura de los Evangelios como de un elemento completamente integrado en el servicio litúrgico: "Y allí se leen, en cuanto el tiempo lo permite, los recuerdos de los apóstoles o los escritos de los profetas"[16] . La expresión "recuerdos de los apóstoles" se refiere ciertamente no sólo a los cuatro Evangelios, como él mismo declara en otro lugar de su Apología (c. 66), sino también a los demás escritos apostólicos, Hechos y cartas. La cláusula "en cuanto el tiempo lo permite" parece mostrar que no existía aún un canon que sirviese de norma para la lectura de los Libros santos durante la misa. El lector originariamente era escogido entre los fieles seglares más capaces por su cultura para desempeñar tal oficio; pero muy pronto, por lo delicado de esta función, hubo de designarse un individuo fijo entre los más dignos.[17] Aunque San Justino habla solamente de dos lecturas, Antiguo Testamento y Evangelios, debían de ser varias; él, en efecto, no alude expresamente a las cartas de San Pablo, que, sin duda, eran leídas. Hacen de ello mención explícita las actas de los mártires escilitanos en Numidia, contemporáneos del apologista, (17 de julio de 180).[18]

También eran admitidas a los honores de la lectura pública, en las asambleas dominicales, las cartas de interés general enviadas a la comunidad por cualquier personaje insigne. Tal, por ejemplo, fue para Corinto la carta de San Clemente Papa, la cual, aun después de muchos años, se leía regularmente en las reuniones eucarísticas.[19] Del mismo modo se leían en la liturgia las cartas circulares o encíclicas, con las que se comunicaba a las comunidades más lejanas la noticia de algún notable martirio.[20]

Otros libros postapostólicos entraron durante algún tiempo en el uso litúrgico de alguna comunidad, pero su uso terminó en el mismo siglo II en que se escribieron.[21]

Algunos textos de las Sagradas Escrituras también se cantaban en las asambleas litúrgicas, entre ellos destacan los Salmos y otros cánticos del Antiguo Testamento y los compuestos en la época apostólica, como los cánticos de Zacarías, de María y de Simeón del evangelio de san Lucas y los conservados en las Cartas de los apóstoles y en el Apocalipsis, como se sigue haciendo en la Liturgia de las Horas.

 

2.- Los leccionarios (Verbum Domini 57)

2.1.- Un acto del magisterio de la Iglesia

La celebración litúrgica es verdadero diálogo entre Dios y su pueblo. La certeza que la Iglesia tiene de este diálogo, la ha llevado a no omitir nunca la lectura litúrgica de la Palabra de Dios, "leyendo cuanto se refiere a Cristo en toda la Escritura" (Lc 24, 27; SC 6). Pero esta lectura, como ya ocurrió en la antigua Alianza, no es una recitación material y sucesiva de todos y cada uno de los componentes de esta "biblioteca sagrada". Aún en los tiempos en que prácticamente sólo existía la lectura continua, el hecho de seleccionar algunos libros con preferencia a otros y ordenarlos a lo largo del año reclamaba una decisión muy importante que debían tomar los responsables de mayor nivel, sintiéndose órganos y distribuidores de la Palabra de Dios y bajo su divina iluminación y asistencia, del mismo modo que la selección de textos utilizados en la liturgia sirvieron en muchos casos para la formación definitiva de los libros sagrados y para fijar su canonicidad.

La intervención magisterial, ahora ya de la Iglesia, es mucho mayor cuando se seleccionan los textos bíblicos y se ordenan de forma nueva, conforme a criterios diferentes a los redaccionales o de la historia de los propios textos. Por ello la elaboración de un leccionario de la Palabra de Dios es mucho más comprometida que la de un misal o cantoral, porque no se trabaja sobre textos creados por los hombres de Iglesia, sino que es "el modo normal, habitual y propio, según el cual la Iglesia lee y proclama en las Escrituras la palabra viva de Dios siguiendo los diferentes hechos y palabras de salvación cumplidos por Cristo, y ordenando en torno a estos hechos y palabras los demás contenidos de la Biblia. El Leccionario aparece como una prueba de la interpretación y profundización en las Escrituras que la Iglesia ha hecho en cada tiempo y lugar, guiada siempre por la luz del Espíritu Santo". [22]

Esto ocurre, sobre todo, cuando se escogen textos para las festividades de carácter teológico, como el Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo o los títulos marianos o las memorias de los santos y parece que se manipula la Escritura sacando los pasajes de su contexto propio. Lo que ocurre es que la Iglesia interpreta dichos pasajes dentro de una visión plena y unitaria, desde el misterio de Cristo, a quien se refieren todos los libros sagrados.

A lo largo de la historia ha habido momentos particulares en que el magisterio pastoral de la Iglesia ha fijado el orden de lecturas litúrgicas, como el IV Concilio de Toledo (a. 633) para el rito hispánico o las disposiciones posteriores al Concilio de Trento y al Vaticano II para el rito romano, sancionadas por los papas san Pío V y Pablo VI.

2.2.- La formación de los leccionarios en Oriente y Occidente

Como se ha dicho antes, en los tres primeros siglos la forma de lectura litúrgica predominante de la Sagrada Escritura era la "continua", utilizando los libros completos del Antiguo y del Nuevo Testamento que formaban el tesoro principal de cada iglesia, aunque no se tuviese en cada lugar la totalidad de los textos sino sólo los que se leían ordinariamente. Se comenzó entonces a señalar con comas y otros signos las perícopas o pasajes para la secuencia de lecturas.

Un gran cambió se verificó cuando comenzó el desarrollo del año litúrgico, en primer lugar con la institución de las festividades de Navidad[23] y Epifanía en Occidente y Oriente respectivamente en el siglo IV, con su preparación en las diferentes formas que tuvo el tiempo de Adviento en cada rito litúrgico. La otra gran fiesta cristiana, la Pascua, tuvo su gran desarrollo; entre los siglos IV y VI se produce la estructuración de la Semana Santa, Cuaresma y del Cincuentena Pascual y la institución de las festividades de la Ascensión y de Pentecostés, las cuatro Témporas y las memorias de la santísima Virgen María y de los santos. Esta diversificación celebrativa del año litúrgico reclamaba que en cada celebración se leyesen los pasajes bíblicos que hacían referencia a la ocasión, al lugar de la "estación" o la memoria del misterio o del santo que se celebraba[24].

Por ello comenzó a ponerse en el margen de los códices o volúmenes sagrados unas notas para indicar el día o la fiesta en que se leían las perícopas según el calendario litúrgico de cada iglesia. Muy pronto se dio el paso a la confección de listas de las partes a proclamar de cada clase de lecturas, redactándose así los llamados "capitularia lectionum" y "capitularia evangeliorum", así como las "cotationes epistularum et evangeliorum" que contenían listas de ambas lecturas[25]. Los ejemplares más antiguos de estas listas se remontan al s. VI y, como ocurrió en todos los ritos, los usos de las principales iglesias catedrales o monásticas o de las grandes metrópolis, acabaron imponiéndose pero sin alcanzar una perfecta unidad[26]. En el ámbito oriental, el leccionario más antiguo que se conserva es el "Leccionario armenio de Jerusalén" del siglo V.[27]

El paso siguiente fue el de copiar de los "liber commatus" los pasajes para cada ocasión. Se debió dar aquí el mismo proceso que en las oraciones, coleccionando primero en cada iglesia los "libelli" o páginas y fascículos sueltos con las lecturas en uso en cada lugar, para llegar a la fase de codificación, en la que se escribe un libro conteniendo todas las lecturas, lo que empezó a darse de forma muy temprana en España en el s. VII,[28] donde al leccionario se le llamó "liber commicus"[29] y en Roma y las Galias a partir del s. VIII cuando Alcuino y Benito de Aniano codificaron la liturgia romana para su uso en la corte de Carlomagno[30].

En el ámbito del rito romano, durante la Edad Media, el conjunto de lecturas que se conservó más estable es que va desde la Septuagésima hasta Pascua, tiempo organizado probablemente antes de san Gregorio Magno (+ 604)[31]; en el resto del año litúrgico encontramos las divergencias clásicas entre las tradiciones gelasianas gregorianas[32]. Una mayor variedad se da en las lecturas para las misas de santos, votivas y de difuntos.

Cuando a partir del s. XI aparecen los "misales plenarios" o "mixtos", en los que se contenían todos los textos para la Misa: cantos, lecturas y oraciones, los leccionarios dejaron de evolucionar como libros independientes, aunque siguió habiendo "epistolarios" y "evangeliarios" para las misas solemnes y estos últimos siguieron produciéndose con particular ornato. En el s. XIII las órdenes mendicantes comenzaron a servirse de misales abreviados, para uso de los frailes itinerantes, como el dominicano y el franciscano; este último tuvo particular fortuna porque el papa Sixto IV, franciscano, lo impuso como "Misal de la Curia Romana" y fue la base del Missale Romanum normativo para todo el rito romano después de Trento, bajo san Pío V, en el año 1570.

Acerca del número de lecturas en la Misa, Las tres lecturas (A. Testamento, Apóstol y Evangelio) se mantuvieron en Roma hasta la época gregoriana o poco más tarde; sin embargo, desde mediados del siglo V existió la tendencia a reducir a dos (Antiguo Testamento y Evangelios) las lecturas en los días de feria (o Apostol y Evangelio en el resto) y también en algún día festivo. Los comes gregorianos, de los cuales el de Wurzburgo representa el tipo más antiguo y completo, traen generalmente en las solemnidades y fiestas de los santos y en algunas ferias privilegiadas, además del pasaje evangélico, una lección profética y otra de las epístolas apostólicas, la cual en los días festivos se substituye por una lección de los Hechos. Normalmente, en las misas feriales falta la lección apostólica, mientras que en las festivas la profética va relegada a segundo término o puesta en un capitulum separado, señal de que no era de uso ordinario. Entre los siglos VIII y el IX, la lección profética decae paulatinamente, hasta desaparecer por completo, salvo raras excepciones, como la misa de la vigilia y fiesta de Navidad. Sin embargo se mantuvo en la liturgia hispánica donde hay siempre tres lecturas.[33]

No nos consta a quién se debe ni por qué razón la supresión de la tercera lectura (profética o apostólica, según los casos); quizás la iniciativa partió de Constantinopla. De todos modos, en Roma no desapareció en seguida absoluta y radicalmente. Podemos creer por varios indicios, entre otros la reducción a seis de las doce lecciones en los sábados de témporas, que San Gregorio Magno, en la reorganización litúrgica por él promovida, contribuiría no poco a esta supresión, a fin de poder disponer de más tiempo para explicar el evangelio al pueblo".[34]

Sin embargo, se mantuvo en África, en España y en parte en Milán la costumbre de leer después del Antiguo Testamento las actas de los mártires[35]. Así se hacía en África en tiempos de San Agustín, quien alude a ello repetidamente en sus homilías en fiestas como la de san Vicente de Valencia y san Cipriano.

2.3.- El testimonio de los Santos Padres

Los Santos Padres nos ayudan a conocer los leccionarios en uso en su época, ya sea por indicaciones al respecto como por los textos bíblicos sobre los que trataban sus homilías.

La norma primitiva que universalmente se siguió en la Iglesia fue la de leer los domingos y ferias, por trozos a voluntad del obispo, los libros del canon escriturístico, ex ordine, sin interrupción. Era ésta la llamada lectio continua, que se hacía no de un libro especial, sino del mismo códice sagrado. San Agustín lo dice expresamente: Quae, cum dicerem, codicem etiam accepi, et recitavi totum illum locum...; tune reddito Exodi códice...[36] A veces los Padres dicen que predican con el libro santo en las manos.[37] La lectio continua perduró mucho tiempo en la liturgia, sobre todo en las predicaciones vespertinas; en algunas iglesias, como, por ejemplo, en África, hasta pasado el siglo IV.

Hallamos todavía vestigios de la antigua lectio continua romana. Analizando la lista más antigua de las lecturas evangélicas asignadas al tiempo después de la Epifanía, y tomadas de los sinópticos, lo mismo que las lecturas apostólicas, ambas todavía en el Missale Romanum tridentino, si se disponen los distintos pasajes en el orden en están dispuestas, salta a la vista de modo evidente la lectio continua.

En los Padres de los siglos III y IV hallarnos noticia explícita de lecturas particulares propias de algunos tiempos del año. San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Ambrosio y San Agustín atestiguan que se leía el Génesis durante la Cuaresma: De moralibus — decía San Ambrosio a los recién bautizados — quotidianum sermonem habuimus, cum vel Patriarcharum gesta, vel Proverbiorum legerentur praecepta.[38] En los días de la semana mayor, que preparaba a la Pascua (Viernes Santo), en Milán, Constantinopla y Alejandría se daba lectura a los libros de Jonas y de Job: "En las asambleas de los fieles — escribe Orígenes — se lee, en los días de ayuno y abstinencia, la narración de los sufrimientos de Job; en tales días, aquellos que hacen penitencia participan en la pasión del Salvador para merecer alcanzar su resurrección gloriosa."

En el día de Pascua, evidentemente, no se podía menos de leer el relato de la resurrección; más aún: en África, según refiere San Agustín, se leía sucesivamente el texto de los cuatro evangelistas. En el período que va de Pascua a Pentecostés era costumbre general leer los Hechos de los Apóstoles, como ahora se hace de nuevo. Parece asimismo probable que en las escasas solemnidades de mártires se suspendería la lectio ordinaria, cediendo el puesto a la narración de sus gestas; así se hacía por lo menos en África desde los tiempos de San Cipriano. También es muy probable que en les domingos ordinarios se diese lectura a las cartas de San Pablo, según se deduce fácilmente de la respuesta de los mártires escilitanos (a. 188).[39]

De San Agustín[40], San Juan Crisóstomo[41], San Gregorio Magno[42] y otros Padres se han conservado las homilías predicadas sobre la lectura continuada de uno u otro libro de la Biblia y sobre estas series se ha intentado reconstruir el orden de lecturas en las que se apoyaron.[43] Con san León Magno adquieren gran importancia los ciclos de Navidad y Cuaresma-Pascua, coincidiendo con el desarrollo de estos tiempos litúrgicos[44] .

4.- Del leccionario del Misal Romano de Trento al del Vaticano II.[45]

La revisión del Misal Romano que se hizo conforme a lo dispuesto en el Concilio de Trento dejó intacto el leccionario del Misal de la Curia Romana en la sección del año litúrgico, que había sido objeto de duras críticas por los reformadores protestantes, que lo acusaban de moralismo y de omitir textos que creían fundamentales.

Después de doce siglos de sustancial permanencia, el Concilio Vaticano dispuso una revisión del orden de lecturas de la Misa de forma que fuese más abundante, más variada y más apropiada y se sugería que, en un período determinado de años, todavía sin definir, se leyeran al pueblo las partes más significativas de la Sagrada Escritura.[46]

De este modo, el concilio Vaticano II ha hecho posible el que hoy podamos contar con el más amplio y rico Leccionario de la palabra de Dios de toda la historia de la liturgia. Todo el NT y gran parte del AT se encuentran dispuestos para nutrir la fe de las comunidades en todo el conjunto de leccionarios que están actualmente en vigor: Leccionarios de la misa, Leccionarios de los dife­rentes rituales de sacramentos y sacramentales y Leccionarios del oficio divino. "Además, no hemos de olvidar que el actual Leccionario del rito latino tiene también un significado ecuménico, en cuanto es utilizado y apreciado también por confesiones que aún no están en plena comunión con la Iglesia Católica".[47]

La confección, edición típica y traducción del nuevo leccionario de la Misa se hizo con gran rapidez, dado la importancia del trabajo y la profundidad de la reforma. Así, en 1969 se publicaba, con la aprobación del papa Pablo VI, el Ordo lectionum Missae, con el índice de lecturas para toda clase de misas y unos Praenotanda explicando el sentido de la reforma. Siete años después de SC se publico la edición típica en latín del leccionario completo (1970-71), pero ya antes, en 1969, comenzó la edición de los leccionarios en lengua española. El hecho de que se comenzase con la serie dominical B y que los Prenotandos tuviesen poca información, lo que motivó una nueva edición ampliada de los mismos en 1981, unido a la sucesiva y rápida publicación de nuevos volúmenes de lecturas y rituales renovados contribuyó a que esta gran innovación no fuese totalmente asimilada, pese a los esfuerzos que se hicieron para su perfecta y provechosa utilización.[48] Esta sigue siendo una asignatura pendiente de la renovación litúrgica.[49]

2.5.- Los criterios de selección de las lecturas. Lectura continua y festividades

En la decisión del Vaticano II influyeron dos grandes movimientos, que han resultado extraordinariamente beneficiosos para la iglesia: el movimiento bíblico y el movimiento litúrgico, alimentado con un superior conocimiento del pensamiento de los Santos Padres y de las fuentes de la sagrada liturgia orientales y occidentales.

El movimiento bíblico ha superado los reparos que dificultaban el acceso del pueblo cristiano a las Sagradas Escrituras en su integridad y en su propia lengua y ha hecho progresar el conocimiento sobre el contenido y características de cada libro sagrado y su interpretación. El movimiento litúrgico contribuyó por su parte al acercamiento de la liturgia al pueblo y a descubrir su índole didáctica, recibiendo de los Santos Padres el sentido plenario y unitario de la Palabra de Dios centrado en el Misterio Pascual de Jesucristo. También fue determinante el conocimiento de las catequesis de los Padres y de las antiguas liturgias para la restauración de elementos tan importantes como la relación tipológica entre el A. y el NT y las etapas de la historia de la salvación[50] junto con los tres conjuntos evangélicos temáticos de los domingos de Cuaresma[51].

El actual leccionario del rito romano es el resultado de un esfuerzo combinado de especialistas en liturgia, Biblia y pastoral, aplicando sistemas organizadores diferentes según el tipo de celebración, como lo explican los Prenotandos.[52]

Interesa conocer los grandes principios según los cuales transcurrió el trabajo de elaboración del Orden de lecturas de la Misa. [53]

El criterio fundamental fue el misterio de Cristo y la historia de la salvación. Por tanto, en el nuevo orden de lecturas deberían tener cabida los grandes enunciados de la predicación apostólica sobre Jesucristo, que llenó las Escrituras con su vida, predicación y, sobre todo, con el misterio pascual, y que vivifi­ca incesantemente a su iglesia hasta su retorno glorioso.

Por consiguiente, el Ordo Lectionum Missae debería poner de manifiesto:

Que la iglesia vive hoy todo el misterio de la salvación, completo en Cristo, pero que debe completarse en nosotros.Que todo el AT es presupuesto de la predicación del Señor, de sus acciones y de su pasión.Que junto al tema unificador de la pascua hay otros que no pueden olvidarse, como el de reino de Dios, por ejemplo.Que la homilía debe exponer también los misterios de la fe y las normas de la vida cristiana.Finalmente, que el año litúrgico es el marco necesario e ideal para presentar a los fieles, orgánicamente, el anuncio de la salvación.

Junto a estas grandes líneas de fondo, el Consilium encargado de poner en obra las indicaciones conciliares tomó estas importantes determinaciones:

1. Introducir tres lecturas: profética, apostólica y evangelio, en los domingos y solemnidades, teniendo en cuenta la historia de la salvación.[54]

2. Confeccionar un sistema de lecturas en tres o cuatro años después se optaría por el ciclo de tres años.

3. Conservar el uso tradicional de algunos libros de la Sagrada Escritura asignados a determinados tiempos litúrgicos.

4. Dar preferencia a las lecturas bíblicas del Misal, de forma que las lecturas principales fuesen éstas, y las de la liturgia de las Horas con carácter complementario.

El trabajo de preparación del Ordo lectionum Missae se guió también por los siguientes criterios operativos:

a) Corrección: El sistema romano de lecturas de la misa presentaba importantes lagunas y fallos respecto a otros sistemas; por ejemplo, apenas se leían el libro de los Hechos y el Apocalipsis. El Antiguo Testamento estaba muy poco representado, apenas tan sólo en las ferias de Cuaresma y en las misas de los Santos.

b) Recuperación de algunas series de lecturas que tuvieron gran importancia en el pasado y que estaban relegadas; por ejemplo, los evangelios de los escrutinios catecumenales de los domingos III, IV y V de cuaresma (los famosos pasajes de la samaritana, del ciego de nacimiento y de Lázaro).

c) Consolidación de los usos tra­dicionales de ciertos libros o perícopas; por ejemplo, el evangelio de san Juan, que se leía desde la mitad de la cuaresma hasta pentecostés; determinados pasajes bíblicos, que siempre se han leído en determinadas fiestas y solemnidades.

d) Creación: el actual Orden de lecturas de la Misa es cuantitativa y cualitativamente superior al precedente, y su originalidad y riqueza ha sido unánimemente elogiada por católicos y hermanos separados. Esta creatividad ha transcurrido por los cauces siguientes:

  • Bíblico, atendiendo al estado de los estudios exegéticos, a la hora de seleccionar y "cortar" los pasajes bíblicos.
  • Litúrgico, teniendo en cuenta los tiempos y los días, es decir, el año litúrgico y las fiestas.
  • Pastoral, buscando la claridad y la coherencia del texto.
  • Catequético, a fin de facilitar la inserción del año litúrgico en la catequesis, en la predicación y otras actividades de tipo formativo o docente.
  • Homilético, para que el ministro de la palabra pueda presentar los contenidos de las lecturas de manera ordenada y sintética.

Por ello, el papa Juan Pablo II señaló en "la presencia de la Palabra de Dios" el segundo "principio directivo" de la Constitución litúrgica, dentro del gran tema de la presencia de Cristo en la celebración renovada de su Misterio Pascual.[55]

Casi cincuenta años después de la promulgación de la Const. Sacrosanctum Concilium (1963) y con la experiencia madura del nuevo leccionario, el papa Benedicto XVI ha resumido en su Exhortación Apostólica Postsinodal Verbum Domini (30/09/2010) el sentido nuclear de aquella reforma: "Al subrayar el nexo entre Palabra y Eucaristía, el Sínodo ha querido también volver a llamar justamente la atención sobre algunos aspectos de la celebración inherentes al servicio de la Palabra. Quisiera hacer referencia ante todo a la importancia del Leccionario. La reforma promovida por el Concilio Vaticano II ha mostrado sus frutos enriqueciendo el acceso a la Sagrada Escritura, que se ofrece abundantemente, sobre todo en la liturgia de los domingos. La estructura actual, además de presentar frecuentemente los textos más importantes de la Escritura, favorece la comprensión de la unidad del plan divino, mediante la correlación entre las lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento, « centrada en Cristo y en su misterio pascual».

2.6.- La lectura como acontecimiento y como temario.[56]

La formación del leccionario, según los presupuestos del Vaticano II, levanta la cuestión de si este orden de lecturas no sería sino una base para la enseñanza o catequesis de la comunidad, perdiéndose la fuerza originaria y la actualidad dinámica de la palabra de Dios.

¿Es esta una antinomia inevitable? Desde el punto de vista de la teología de la celebración, la proclamación de la palabra de Dios es un acontecimiento único y no es la lectura de un texto que dé pie a una exposición[57]. En la liturgia de la Palabra "Dios habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio"[58]. No se trata de una mera instrucción bíblica, porque, como enseña Benedicto XVI: "la Palabra que anunciamos y escuchamos es el Verbo hecho carne (cf. Jn 1,14), y hace referencia intrínseca a la persona de Cristo y a su permanencia de manera sacramental. Cristo no habla en el pasado, sino en nuestro presente, ya que Él mismo está presente en la acción litúrgica."[59] Como lo enuncia la preciosa frase de san Agustín citada en los Prenotandos del Leccionario: "El Evangelio es la boca de Cristo. Está sentado en el cielo, pero no deja de hablar en la tierra."[60]

Pero este principio debe articularse con otro de carácter pastoral, cual es la índole catequética o didáctica que posee la liturgia en general y la de la palabra en particular, así lo reconoce la Constitución Sacrosanctum Concilium (nn. 7 y 33) y lo afirman los Prenotandos del Leccionario.[61]

La organización del Leccionario tiene como finalidad doble el anuncio lo más abundante y variado posible de la Sagrada Escritura y la formación de los fieles, ya sea mediante una adecuada y preparada celebración de la palabra como mediante la homilía, la "verdadera homilía" que sigue siendo una asignatura pendiente en muchos casos y a cuya práctica se nos estimula desde el Concilio hasta nuestros días.[62] La antinomia que se enunciaba al principio se acentúa cuando se escuchan deseos de que las homilías sean más "temáticas", dando lugar a una catequesis continua que abarque a todo el ciclo litúrgico[63] y que parecen responder a unas "inquietudes de orden racional y externo".[64]

La cuestión permanece abierta, porque si bien los Prenotandos del Leccionario actual indican los criterios seguidos en la selección de los textos, según los tiempos litúrgicos, pero se hace con tal concisión que apenas sugiere la riqueza del conjunto; parece como si hubiese una precaución para no ser demasiado "catequéticos". Se habla de "principios hermeneúticos" actuales (n. 64), pero no se declaran de forma sencilla;[65] lamentablemente, los Prenotandos siguen sin ser conocidos y aprovechados.[66]

2.7.- Honor debido al leccionario y al evangeliario

Como "libro signo de la Palabra de Dios", los leccionarios fueron objeto de una esmerada elaboración,[67] se cubrían con tapas preciosas y, como ahora sigue haciéndose, en la celebración litúrgica son objeto de una veneración hacia la Palabra que se expresará por medio de ellos, sobre todo el evangeliario en la entrada solemne al principio de la Misa y en el rito de la proclamación del Evangelio (ministro ordenado, luces, incensación, ósculo, bendición con el libro) semejante a la que se tributa a la santísima eucaristía, con el mismo honor, si bien con distinta forma de culto.

Este honor está fundamentado en lo expresado por el Vaticano II, en la Constitución Dei Verbum n. 21 cuando compara la Palabra proclamada con el Cuerpo de Cristo: "La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia". Por ello, tanto cuando se reciben estos panes, se responde con una afirmación de fe. A la voz "Palabra de Dios" con el "Te alabamos, Señor" y a "El Cuerpo de Cristo" con el "Amén".[68]

Se trata de la consideración de la "sacramentalidad" de la Palabra que se puede entender en analogía con la presencia real de Cristo bajo las especies del pan y del vino consagrados en la que insiste Benedicto XVI[69] Cristo, realmente presente en las especies del pan y del vino, está presente de modo análogo también en la Palabra proclamada en la liturgia.

La expresión "aunque no con el mismo culto" se encuentra en los Principios generales n.10 de los Prenotandos del Leccionario de la Misa y con ella se distinguen los ritos de adoración a la presencia verdadera, real y sustancial (y consiguientemente permanente) de Jesucristo en la Eucaristía y el reconocimiento y veneración de la presencia verdadera y real del Señor (dinámica y temporal) en la Palabra proclamada. Por ello no hay lugar para un "culto" al leccionario fuera del momento de la proclamación de las lecturas. Entre las dos presencias no hay identidad, sino analogía. Como enseña el Papa, "Cristo, realmente presente en las especies del pan y del vino, está presente de modo análogo también en la Palabra proclamada en la liturgia". Hay aquí un eco de lo que enseña el Decreto sobre el santísimo sacramento de la eucaristía del Concilio de Trento (ses. XIII, c. III. 10: "De la excelencia del santísimo sacramento de la Eucaristía, respecto de los demás Sacramentos".

2.8.- El ministerio del lector

Si bien todos los cristianos son potencialmente dignos de proclamar la palabra de Dios, el hacerlo responde a un encargo que viene del responsable de la liturgia, el cual debe tener en cuenta la capacidad de la persona y sus condiciones personales, teniendo en cuenta que lo importante no es que todos lean, sino que se lea bien. Como se dijo antes, la Iglesia antigua tenía en gran estima a los lectores, los cuales formaban un grupo dirigido por un "primicerius", si bien el reparto de las lecturas por órdenes sagrados no estaba todavía definido; el mismo san Agustín, siendo obispo, gustaba a veces proclamar personalmente las lecturas[70]. Todavía ahora se procede a la institución de lectores, los cuales tienen también la misión de preparar a otros para hacer bien las lecturas.[71]

Acerca de este servicio litúrgico citamos lo que han dicho los últimos Papas. Juan Pablo II, tratando de la presencia de Cristo en la liturgia, advierte de "la compostura del lector, que ha de ser siempre consciente de que es el portavoz de Dios ante sus hermanos" y que "el modo de proclamar la Palabra de Dios para que pueda ser percibida como tal, el empleo de medios técnicos adecuados, la disposición interior de los ministros de la Palabra con el fin de desempeñar decorosamente sus funciones en la asamblea litúrgica".[72]

Lo mismo hace Benedicto XVI cuando pide "un mayor cuidado en la proclamación de la Palabra de Dios. Como es sabido, mientras que en la tradición latina el Evangelio lo proclama el sacerdote o el diácono, la primera y la segunda lectura las proclama el lector encargado, hombre o mujer. Quisiera hacerme eco de los Padres sinodales, que también en esta circunstancia han subrayado la necesidad de cuidar, con una formación apropiada, el ejercicio del munus de lector en la celebración litúrgica, y particularmente el ministerio del lectorado que, en cuanto tal, es un ministerio laical en el rito latino. Es necesario que los lectores encargados de este servicio, aunque no hayan sido instituidos, sean realmente idóneos y estén seriamente preparados".

Citando los Prenotandos del leccionario (n. 55), el Papa insiste en una triple preparación que ha de ser tanto bíblica y litúrgica, como técnica: « La instrucción bíblica debe apuntar a que los lectores estén capacitados para percibir el sentido de las lecturas en su propio contexto y para entender a la luz de la fe el núcleo central del mensaje revelado. La instrucción litúrgica debe facilitar a los lectores una cierta percepción del sentido y de la estructura de la liturgia de la Palabra y las razones de la conexión entre la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística. La preparación técnica debe hacer que los lectores sean cada día más aptos para el arte de leer ante el pueblo, ya sea de viva voz, ya sea con ayuda de los instrumentos modernos de amplificación de la voz ».[73]

Para concluir este apartado, aporto dos testimonios de la tradición judía acerca de la consideración del lector y su preparación para la lectura. Cuando en la sinagoga concluye el ciclo de lecturas del Pentateuco, el lector que tiene el privilegio de leer Deut. 34, 1-12 es llamado Hatán Toráh, "esposo de la Toráh", y el que comienza la nueva serie de perícopas con Gen 1,1 es designado Hatán Bereshít, "esposo del Génesis".[74] Se pone así de relieve la peculiar relación, esponsal, entre el lector y la Palabra "y serán los dos una sola carne".

Insistiendo en esta familiaridad e intimidad con la Palabra a proclamar, se ha transmitido el ejemplo del Rabí Akibá ben Josef, famoso por su sabiduría y piedad, en los años 70 d.C.: "Sucedió que un día el jefe de la sinagoga invitó al Rabí Akibá para hacer la lectura pública de la Ley delante de la comunidad. Pero el no quiso subir al estrado. Sus discípulos le dijeron: Maestro nuestro, tú nos has enseñado así: La Toráh es para ti vida y extensión de días ¿Por qué has rechazado actuar en consecuencia? Él respondió: ¡Por el culto del templo! ¡He rechazado leer únicamente porque no había leído el texto al menos dos o tres veces! Porque un hombre no tiene el derecho de proclamar las palabras de la Toráh delante de la comunidad si él mismo no las ha leído antes dos o tres veces. Así incluso Dios, delante del cual la Toráh es luminosa como la claridad de las estrellas, cuando llegó el momento de entregar la Toráh a los israelitas, él, como se dice en Job (28,27), "la vio, la midió, la escrutó"; después, como se dice en el versículo siguiente, la comunicó al hombre".[75]

Concluyendo: Mediante el ministerio del lector, la Palabra de antaño se convierte en palabra de hoy. La liturgia es acción en una comunidad y en la liturgia lo que está contenido en un escrito pasa del estado gráfico, estático, al oral, dinámico; y hasta que este paso no ocurre, no hay liturgia y la palabra no tiene su fuerza originaria sacramental. De aquí la importancia del lector como ministro que, partiendo de la palabra escrita, inerte, la "resucita", la vuelve viva. Por medio de la proclamación la palabra de entonces, lejana en el tiempo y el lugar donde se genero con la inspiración divina, llega a ser palabra de hoy, aquí, con la fuerza del Espíritu Santo, bajo su sombra, como un nuevo acontecimiento revelador: en el lector Cristo habla hoy a su pueblo.

 

3.- La homilía (Verbum Domini 59)

3.1.- La "homilía celebrativa"

Cuando en la sinagoga el lector termina de leer la profecía, debe hacerlo con una frase que sea un final positivo, un buen final, incluso si debía buscarla más adelante; el predicador debía partir de este evangelio, consistente en un anuncio de bienes para Israel. [76] Así procedió Jesús concluyendo la lectura de Isaías con la buena noticia de que "Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír" (Lc 4, 15) y del mismo modo los Apóstoles, cuando eran invitados a comentar la Palabra, partían del evangelio profético para anunciar el Evangelio de Jesucristo (Hch 13,15). Así, desde el principio, la homilía es una "conversación familiar" en la que el pastor de la Iglesia parte a los fieles y hace asequible el pan de la Palabra, partiendo de la buena noticia del Reino.

No es este el lugar para una exposición completa del tema, sobre el que hay una gran documentación magisterial y de autores contemporáneos;[77] Centrando el tema se puede decir que la expresión "homilía celebrativa" define una forma específica de predicación que forma parte de la acción litúrgica y está trabada en su dinamismo espiritual.

Este dinamismo está presente en la Exhortación apostólica Verbum Domini (n. 59), donde Benedicto XVI describe la naturaleza de la homilía como el ministerio de explicar la palabra de Dios, encomendado a los obispos, presbíteros y diáconos y "es parte de la acción litúrgica";[78] tiene el cometido de favorecer una mejor comprensión y eficacia de la Palabra de Dios en la vida de los fieles. La homilía constituye una actualización del mensaje bíblico, de modo que se lleve a los fieles a descubrir la presencia y la eficacia de la Palabra de Dios en el hoy de la propia vida. Debe apuntar a la comprensión del misterio que se celebra, invitar a la misión, disponiendo la asamblea a la profesión de fe, a la oración universal y a la liturgia eucarística.

Cuando Jesús terminó su discurso de despedida en la última cena, confió a sus oyentes a otro Maestro, que no los dejaría nunca: "Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena" (Jn 16,12s.). Por eso el homileta debe identificarse con el Espíritu de Jesús, invocarlo y pedirle que sus palabras prolonguen las de Cristo que, por medio de sus ministros, sigue anunciando su Evangelio.[79] Entre los textos de los Padres acerca de la homilía, el más fuerte y expresivo es de san Agustín cuando proclama: "Suena el Salmo, es la voz del Espíritu. Suena el Evangelio, es la voz del Espíritu, suena la homilía divina (sermo divinus), es la voz del Espíritu".[80]

Otro texto de san Agustín expresa la "sinergia" de Cristo con el predicador, el cual actualiza el eterno sacerdocio de Cristo ante el Padre y a favor de los hombres: "Cuando el lector sube al ambón, es Cristo quien nos habla. Cuando el predicador comenta la Palabra, si dice la verdad, es Cristo quien nos habla. Si Cristo guardara silencio, yo no os podría decir lo que en este momento os estoy diciendo. Cristo no está tampoco silencioso en vosotros: cuando cantáis ¿no es por ventura Cristo mismo quien canta por vuestra voz?".[81]

En este contexto dinámico, la "homilía celebrativa" debería comenzar con una expresión de acción de gracias por la Palabra recibida, seguir con la actualización: nosotros, aquí, ante el Señor que nos habla. Viene luego la exposición de un tema único, a partir de la Palabra proclamada y en tiempo o festividad celebrada. Este tema será visto en el Misterio celebrado, sin parcelarlo lectura tras lectura o buscando una artificiosa armonización entre ellas. Aquí no está de más a veces un ejemplo tomado de la vida ordinaria. La última parte se debería dedicar a una invitación a la participación eucarística y a un "aterrizaje" con las consecuencias morales y prácticas para la comunidad. El final ideal, conforme a la tradición de los Padres, sería una invocación o doxología a la que todos asintiesen con el "Amén". Todo ello lleva a una gran responsabilidad: "verdadera homilía", "sermo divinus", "si se dice la verdad"; no se puede pedir el "Amén" a cualquier discurso.

3.2.- Maneras a evitar. Homilías genéricas y abstractas. Divagaciones personales

Comencemos este apartado con las palabras de Benedicto XVI en Verbum Domini (n. 59): "Ya en la Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis, recordé que "la necesidad de mejorar la calidad de la homilía está en relación con la importancia de la Palabra de Dios". Por consiguiente, quienes por ministerio específico están encargados de la predicación han de tomarse muy en serio esta tarea. Se han de evitar homilías genéricas y abstractas, que oculten la sencillez de la Palabra de Dios, así como inútiles divagaciones que corren el riesgo de atraer la atención más sobre el predicador que sobre el corazón del mensaje evangélico".

Según el Papa, para necesaria mejora de las homilías, en primer lugar han de evitarse las homilías genéricas o abstractas. "Genéricas", es decir, que sirven para cualquier comunidad, tiempo y lugar, como cuando se copian de un homiliario; y "abstractas", cuando se habla de conceptos como "la bondad", "el amor" o "la comunión", sin concretar la forma en que se deben vivir por los que escuchan en ese momento. En el mismo documento, leemos más adelante: "La Asamblea sinodal ha exhortado a que se tengan presentes las siguientes preguntas: ¿Qué dicen las lecturas proclamadas? ¿Qué me dicen a mí personalmente? ¿Qué debo decir a la comunidad, teniendo en cuenta su situación concreta?".

La siguiente mala costumbre a evitar es "ocultar la sencillez de la palabra de Dios", añadiríamos también "la radicalidad", con vagas acomodaciones o discursos teóricos. El propio Jesús nos ofrece un sencillo y maravillo ejemplo de homilía dentro del Sermón de la montaña en Mt 6, 24-34. Vemos el enunciado del tema: "Nadie puede servir a dos señores"; desarrollo y ejemplo: "Mirad los pájaros y las flores", un consejo concreto: "No andéis agobiados", y la conclusión doble, una espiritual: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia", y otra más humana: "No os agobiéis por el mañana".

Finaliza el Papa criticando "las inútiles divagaciones que corren el riesgo de atraer la atención más sobre el predicador que sobre el corazón del mensaje evangélico". Esto es grave, porque no se puede pedir el "Amén" a opiniones particulares o a posturas críticas hacia la Iglesia y su magisterio ordinario. Se deberían depurar también los lugares comunes, la forma siempre igual de empezar y acabar, así como la extensión a veces insufrible, habiendo actualmente un consenso en que no se debe pasar de ocho o diez minutos en la homilía.

¿Qué razones puede haber para esto? ¿Por qué no se valora y aprovecha la riqueza del Leccionario?[82] De eso se ha tratado anteriormente y podemos pasar al punto final:

3.3.- Lo principal: Mostrar a Cristo, que tiene que ser el centro de toda homilía

Debe quedar claro a los fieles que lo que interesa al predicador es mostrar a Cristo, que tiene que ser el centro de toda homilía. Por eso se requiere que los predicadores tengan familiaridad y trato asiduo con el texto sagrado; que se preparen para la homilía con la meditación y la oración, para que prediquen con convicción y pasión... El predicador tiene que «ser el primero en dejarse interpelar por la Palabra de Dios que anuncia», porque, como dice san Agustín: «Pierde tiempo predicando exteriormente la Palabra de Dios quien no es oyente de ella en su interior».[83]

El Oficio de Lectura de la memoria de san Ambrosio (7 de diciembre) ofrece dos pasajes de una carta del santo a un nuevo obispo y en ella le da preciosos consejos que conservan todo su valor, de los que escogemos los siguientes: "Recibe también tú de la plenitud de Cristo, para que tu voz resuene. Quien mucho lee y entiende se llena, y quien está lleno puede regar a los demás; por eso dice la Escritura: "Si las nubes van llenas, descargan la lluvia sobre el suelo". Que tus predicaciones sean fluidas, puras y claras. Que tus discursos estén llenos de inteligencia, es decir: que tu expresión sea brillante, que resplandezca tu inteligencia, que tu discurso y tu exposición no necesiten sentencias ajenas, sino que tu palabra sea capaz de defenderse con sus propias armas; que, en fin, no salga de tu boca ninguna palabra inútil y sin sentido". Y finalmente nos atrevemos a añadir con el Apóstol (Col 4,6) que "una pizca de sal" siempre va bien.

 

 


[1]Como leemos en el art. "Leccionario de la Misa" del Nuevo Diccionario de Liturgia: "Los tesoros bíblicos no son otra cosa que la palabra de Dios fijada por escrito en las Escrituras bajo la inspiración del Espíritu Santo. Esta palabra, que es comunicación de Dios, revelación, promesa, profecía y sabiduría divinas, se ha hecho libro dispuesto para ser abierto y leído en medio de la asamblea. Dios mismo presentó su palabra como libro al profeta Ezequiel (cf Ez 3,1­11) y al autor del Apocalipsis (cf Ap 5). Jesús, en la sinagoga de Nazaret, tomó el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, leyó un pasaje en la celebración del sábado (cf Lc 4,16-21). En el libro, bien sea la Biblia completa o el Leccionario, se contiene todo cuanto Dios ha tenido a bien manifestar al hombre en orden a la salvación". LÓPEZ, J., en SARTORE, D.-TRIACCA, A.M. (edd.), Nuevo diccionario de liturgia, Ed. Paulinas, Madrid 1987, 1103-1104.

[2] Sobre este tema Cf. PERROT, C., La lectura de la Bible dans la synagogue. Les anciennes lectures palestiniennes du shabbat et de fêtes, Hildesheim 197; DEL AGUA, A., "La Escritura proclamada al Pueblo Judío", en Verbum Domini, La presencia de Cristo en la Palabra proclamada. XXXII Jornadas de la Asociación Española de Profesores de Liturgia. Ponencias, Madrid 2009, 37- 62.

[3] La parasháh, o lectura de la sección correspondiente de la ley (cf. Hch 13: 15). La reverencia debida a la ley exigía que el rollo se desenvolviera detrás de una cortina sin que lo viera la congregación. La ley, o sea los cinco libros de Moisés, se leía enteramente en un ciclo de tres años, y una parte estaba designada para cada sábado. Cada una de esas partes estaba dividida en siete secciones que tenían a lo menos tres versículos. Se designaba a un miembro diferente de la congregación para que leyera cada una de esas subdivisiones. Cualquiera que cometiera el menor error era inmediatamente reemplazado por otro. La lectura de la ley era traducida versículo por versículo del hebreo al idioma del pueblo común (arameo en Palestina; ver Neh 8, 1-8), y por otra persona, para evitar la posibilidad de que hubiera un error en la traducción exacta del texto de las Escrituras.

La haftaráh, o lectura de los profetas; El rollo de los profetas -que era considerado menos sagrado que la ley- tenía un solo rodillo y no dos como la ley, y podía ser desenrollado delante de la congregación. No hay ninguna prueba de que hubiera un ciclo u orden para la lectura de los profetas en el tiempo de Cristo. Por lo tanto, quizá el rollo era entregado a la persona designada por el dirigente de la sinagoga para que leyera, y el lector elegía el pasaje. Fue en esta parte del servicio en la que participó Jesús en la sinagoga de Nazaret (Lc 4, 16-22), cuando después de leer en Isaías 61 presentó ante la gente su misión y autorización profética. El que leía de los profetas era llamado el "despedidor", pues su lectura más sus observaciones y exhortaciones basadas en el pasaje leído constituían la parte final del servicio.

La derasháh, o "investigación", "estudio", era un sermón generalmente presentado por un miembro de la congregación. El lector de la haftaráh, como los que leían de la ley, quedaba en pie mientras leía. Pero el que predicaba el sermón se sentaba en un asiento especial cerca del atril o pupitre de lectura conocido como "cátedra de Moisés" (Mt 23, 2). Sus observaciones generalmente se basaban en la lectura de los profetas; pero podían incluir también la de la ley. En esas interpretaciones de los mensajes proféticos, la imaginación del orador con frecuencia divagaba mucho, usando paráfrasis, parábolas o leyendas para destacar cómo entendía el mensaje profético. A los visitantes, con frecuencia se los honraba invitándolos a presentar el discurso. Pablo aprovechó más de una vez esa oportunidad (Hch 13, 14-16; 14: 1; 17: 1-2, 10-11; 18: 4; 19: 8).

[4] Cf. RIGHETTI, M. Historia de la liturgia, II, BAC, Madrid 1961, 60-61.

[5] La Carta de Santiago llama "sinagoga" a la asamblea cristiana (2,2) y lo mismo otros autores de la siguiente generación cristiana como san Ignacio de Antioquía (A Policarpo, 4). Cf. RIGHETTI, M. Historia...,62.

[6] Comenzando por la muerte de Esteban (Hch 6,8 y ss.), la persecución de los apóstoles en Jerusalén Hch 8,1-3, el martirio de Santiago (Hch 12,2) y las expulsiones o salidas voluntarias de Pablo de las sinagogas (Hch 13, 42 y ss) .

[7] En 1Co 14,23 san Pablo describe el caso de que en estas asambleas entren infieles o no iniciados.

[8]A estas reuniones en torno a la Palabra y la oración alude también la Didaché cuando recomienda la observancia de dos días estacionales, el miércoles y el viernes, que siempre fueron alitúrgicos (sin eucaristía); aluden igualmente pasajes de las cartas de San Ignacio, del Pastor de Hermas, y la famosa relación de Plinio a Trajano, enviada desde Amyso (Bitinia) el año 114.

[9] Cuando los cristianos unieron la liturgia sinagogal a la de la cena sabática, pasaron la gran plegaria de bendición por la luz del principio de aquella, que concluía con el triple "Santo" a la bendición por el pan y el vino, de este modo se formó el conjunto celebrativo que llamamos "Misa". Sobre la plegaria de la luz, Cf. BOUYER, L., Eucaristía. Teología y espiritualidad de la oración eucarística, Barcelona 1969, 75-76.

[10] En el siglo III, Orígenes (+ 254) tuvo homilías sobre libros del A.T. como el Génesis o Josué leídos de forma continua. En una ocasión, , por ejemplo, alude en una homilía a varias lecciones, escogidas del mismo libro I de los Reyes (como se denominaba entonces a I de Samuel): "Os han sido leídos diversos pasajes, que se pueden dividir en dos partes... Hemos oído leer lo que se refiere a Nabal del Carmelo y su conducta para con David (c. 25); luego la historia de David, que se esconde en el desierto de Zib (c. 26); en tercer lugar, la narración de la huida de David a casa de Achis, rey de Geth (c. 27); finalmente, el célebre episodio de la nigromante, que evoca la sombra de Samuel (c. 28). Comentar los cuatro hechos sería tema demasiado vasto aun para los que están acostumbrados a la meditación de las Escrituras y requeriría no poco tiempo. Ruego, por tanto, al obispo que se digne indicarme el pasaje sobre el que desea entretenga vuestra atención. — Está bien, responde el obispo; explica el episodio de la mujer nigromante." Hom. I in I Re, PG 12, 1011. Citado en RIGHETTI, M., Historia..., 199. A pesar de ello, algunos días tenían lecturas propias, "En las asambleas de los fieles — escribe Orígenes — se lee, en los días de ayuno y abstinencia, la narración de los sufrimientos de Job; en tales días, aquellos que hacen penitencia participan en la pasión del Salvador para merecer alcanzar su resurrección gloriosa." Citado en RIGHETTI, M., Historia..., 205.

[11]Cuando los apóstoles decidieron en el concilio de Jerusalén la cuestión de la circuncisión, suscitada por los judaizantes de Antioquía, enviaron a esta comunidad una carta por medio de Pablo, Bernabé, Judas y Sila, los cuales, despidiéndose de los apóstoles, se fueron a Antioquía, y donde, reunida la comunidad, hicieron entrega de la misiva: "Al leerla, se alegraron mucho por aquellas palabras alentadoras" ( Hch 15,31). San Pablo, escribiendo a los tesalonicenses, les ruega encarecidamente que su carta sea leída a todos los hermanos: "Os conjuro por el Señor a que leáis esta carta a todos los hermanos" (1Tes 5,27).

[12] En la Carta a los Colosenses, san Pablo recomienda que, una vez leído su mensaje, lo pasen a los hermanos de Laodicea y procuren que la carta de Laodicea se lea en Colosas (Col 4,16). La primera Carta de San Pedro cita las diversas comunidades a las que debía ser leída: "Pedro, apóstol de Jesucristo, a los elegidos, los peregrinos de la diásporaen el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia" (1Pe 1,1).

[13]Por lo que a Roma se refiere, tenemos el testimonio de Hegesipo, que nos transmite Eusebio, el cual afirma que cuando visitó en la Urbe al papa Aniceto (155-158), allí, como en otras partes, escuchó quae per Legem ac Prophetas et a Domino ipso praedicata sunt (Historia eclesiástica, IV, 12. Citado en RIGHETTI, M., Historia..., 68.

[14] Cf. RIGHETTI, M., Historia..., 69.

[15] Eusebio de Cesarea afirma, fundado en el testimonio de Papías, que San Pedro aprobó el Evangelio de San Marcos y autorizó su lectura en las iglesias (Historia eclesiástica, II, 14) Cf. RIGHETTI, M., Historia..., 69.

[16] Apología I, 67. RUIZ BUENO, D., Padres apologistas griegos (s. II), BAC, Madrid 1954, 258.

[17] En cada Iglesia debía haber un grupo de lectores con un director de todos ellos. En la persecución de Diocleciano, el mártir san Polión de Cíbalis en Panonia, al ser interrogado por el juez: ¿Qué oficio tienes?, contestó: "Jefe de los lectores" (primicerius lectorum). RUIZ BUENO, D., Actas de los mártires, BAC, Madrid 1962, 1047.

[18] El procónsul Saturnino dijo: ¿Qué llevaís en esa caja? Esperato dijo: "Unos libros y las cartas de Pablo, varón justo" (Saturninus procónsul dixit: Quae sunt res in capsa vestra? Speratus dixit: Libri et epistulae Pauli Apóstoli, viri usti). RUIZ BUENO, D., Actas... 354. La modestísima Iglesia de Scillium en África no debía poseer una Biblia completa, pero la requisa de los libros sagrados era una de las características de las primeras persecuciones. Cf. RUIZ BUENO, D., Actas..., 972.

[19]Cf. RIGHETTI, M., Historia..., 70-71: Nos lo atestigua Dionisio, obispo de aquella ciudad (c. 166-170), en una carta a los romanos, de la que Eusebio nos ha conservado algún fragmento: "Hemos celebrado hoy el día santo del domingo, en el cual dimos lectura a vuestra carta; seguiremos leyéndola, así como también la que nos dirigió Clemente, rica en recuerdos y excelentes amonestaciones." (Historia eclesiástica, IV, 33) También las cartas de San Ignacio a las diversas iglesias del Asia Menor se leían públicamente. Lo hace suponer San Policarpo al mandar la colección de las cartas de San Ignacio de Antioquía, a los de Filipos: "Os enviamos, como es vuestro deseo, las cartas de Ignacio per él dirigidas a vosotros y todas aquellas otras que estaban en nuestro poder; están al final de esta carta. De ellas podréis sacar un gran fruto, porque están llenas de fe, paciencia y edificación cristiana." (Carta a los filipenses, XIII, 2).

[20] Cf. RIGHETTI, M., Historia..., 71: De esta clase es la carta de los cristianos de Esmirna a los hermanos de Filomela para referir la muerte gloriosa del obispo de aquéllos, San Policarpo (23 de febrero de 155). Al final se recomienda que la lean y la pasen después a las demás iglesias: "Cuando hayáis leído todas estas cosas, mandad la carta a los hermanos más lejanos, para que ellos también glorifiquen al Señor, que sabe hacer la elección entre sus siervos."

[21]CF. RIGHETTI, M., Historia..., 71: pero hay que reconocer que la iglesia de Roma fue a este respecto muy circunspecta. El autor del canon muratoriano admite entre los libros canónicos el Apocalipsis de San Pedro, observando, sin embargo, que quídam ex nobis legi in ecclesia nolunt. A propósito del Pastor, de Hermas, compuesto nuperrime temporibus nostris in urbe, admite su lectura privada, pero lo excluye de la oficial: publicare vero in ecclesia populo... non potest.

[22] LÓPEZ, J. Mons., Carta Pastoral ante el curso 2009-2010. La liturgia, lugar privilegiado de la Palabra de Dios que edifica la Iglesia, León 2009.

[23] En Roma hacia el año 336, sobre este tema cf. LÓPEZ, J., La liturgia de la Iglesia, BAC, Madrid 2009, c. XVIII, El año litúrgico, 256 ss.

[24]A finales del s. IV, la peregrina Egeria se admiraba de que en los Santos Lugares se leyesen lecturas apropiadas en cada santuario o en los días en torno a la Semana Santa, que entonces se celebraba ya en Jerusalén. Asistiendo en el 384 a los oficios litúrgicos de la ciudad santa, hace notar con profunda sorpresa: Valde gratum et válete memorabile, cómo semper tam hymni quam antiphonae et lectiones... habeant, ut et diei, quí celebratur et loco in quo agitar, aptae et convenientes sint semper... Evidentemente, en la provincia hispánica de la que procedía la piadosa peregrina, era desconocido un canon de lecturas y textos tan precisos. En esto precedió el Oriente al Occidente.

[25] Sobre estos testimonios primitivos de ordenación de las lecturas, cf. LÓPEZ, J., "Leccionario de la Misa", en SARTORE, D.-TRIACCA, A.M. (edd.), Nuevo diccionario de liturgia..., RIGHETTI, M., Historia..., 202-222.

[26] La relación de textos más completa y antigua que se ha conservado de un capitulare epistolarum es la del comes de Capua, que fue escrita por el obispo Victor de Capua al inicio de un códice con las cartas de san Pablo (el llamado Codex Fuldensis); en el texto bíblico se señala en el margen el principio de cada lectura con un número, que corresponde al de la lista, y el final con una crucecita. Cf. RIGHETTI, M., Historia..., 207.

[27]RENOUX, A., "Un manuscrit du Lectionaire armenien de Jerusalem (cod. Jerus. arm. 121)", Le Museon 74/3–4 (1961) 377–378.

[28] San Julián obispo de Toledo (+ 690) reunió en cinco libros todos los textos para la celebración del Oficio y la Misa. Pero a pesar de lo ya ordenado en el IV Concilio de Toledo (a. 633), permanecieron dos tradiciones con dos series diferentes de lecturas, la A (toledana) y la B (hispalense).

[29] Corresponde a la tradición A la edición crítica preparada por Pérez de Urbel, J., y González Ruiz, E., Líber Commicus. Monumenta Hispaniae Sacra, Serie litúrgica, 2 y 3, Madrid 1950. El Missale Mixtum publicado por el Cardenal Cisneros en 1500 contiene las lecturas de la tradición B.

[30] Para la confección del leccionario de la Misa debieron utilizar una lista romana de perícopas semejante al comes de Murbach, que fue la que acabó imponiéndose en la sección propia del tiempo del rito romano. .

[31]No conviene olvidar además que, a mediados del siglo V, Roma perfeccionó, como ya es sabido, la organización de sus dos principales ciclos litúrgicos: Adviento y Cuaresma. Respecto al Adviento, se debe al papa Gelasio (+ 498) el reordenamiento del núcleo primitivo de lecturas, especialmente las que corresponden a las témporas de diciembre. Las lecciones originales fueron trasladadas por él a las témporas de Cuaresma, y en su lugar puso las que ahora se leen, tomadas de las profecías de Isaías, muy a tono con la próxima fiesta navideña. Pasó igualmente al miércoles de témporas el pasaje evangélico de la anunciación, que antes se leía por Navidad, y al viernes, el relato de la visita de María a su prima Santa Isabel. En cuanto a la Cuaresma, el papa Hilario (+ 468) hizo componer la larga serie de las misas feriales, exceptuadas las de los jueves, dotándolas de un sistema original de lecturas. Cf. RIGHETTI, M., Historia..., 200.

[32] Ver el cuadro comparativo de las epístolas en los tres leccionarios romanos más antiguos (Murbach, Wurzburg y Alcuino) con el Missale Romanum en RIGHETTI, M. Historia..., 212-214 y de los evangelios en las pp. 219-221.

[33]Curiosamente, durante la Cuaresma, la tradición B representada en el Missale Mixtum y – en este caso - en el actual Liber commicus, se tienen cuatro lecturas, siendo la primera tomada de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. Cf. SANCHO, J., "El leccionario de la Misa en la liturgia hispánica renovada": Phase 175 (1990) 39-56.

[34] San Gregorio procuró abreviar los ritos sagrados para que el pueblo llevase mejor la predicación, como recoge SCHUSTER , A.I., Liber sacramentorum, I, Turín-Roma 1935, 76.

[35] Esta lectura de las Actas se codificó en España en el libro litúrgico llamado Passionarium, editado por FABREGA,A., Pasionario Hispánico (siglos VII-XI), CSIC, Madrid-Barcelona, 1953.

[36] Carta 29, 4.

[37] "Ha llegado ya el momento en que yo tengo que dejar el libro santo y vosotros tenéis que regresar cada uno a sus ocupaciones" SAN AGUSTÍN, Tratado 35 sobre el evangelio de san Juan, 9, Liturgia de las Horas IV, 466. "Tengo en mis manos su palabra escrita. Este es mi báculo" SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilía antes de partir al exilio, 3. Liturgia de las Horas IV, 1165.

[38] De Mysteriis, 1, AMBROSIO DE MILÁN, Des sacraments. Des mystères. Explication du Symbole, SC 25 bis, Du Cerf, Paris 1961, 156.

[39] Ver nota 17.

[40] Homilías en la colección de sus obras completas en la Biblioteca de autores cristianos (BAC).

[41] Homilías sobre san Mateo, I-II, BAC, 2ª ed. Madrid 2007.

[42] Regla pastoral. Homilías sobre la profecía de Ezequiel. Cuarenta homilías sobre los Evangelios. BAC, Madrid 1958.

[43] Cf. DALMAIS, I.-H., "De la prédication patristique aux lectionaires dans la patristique latine": La Maison Dieu 129 (1977) 131-138; POQUE, S., "Les lectures liturgiques de l'Octave pascale a Hipone d'après les traités de saint Augustin", Revue Benedictine 74 (1964) 217-241.

[44] Homilías sobre el año litúrgico, BAC, Madrid 1969.

[45] Cf. RAMIS, G., "Dios habla a su pueblo al proclamar su Palabra. Del Concilio de Trento al Concilio Vaticano II", en Verbum Domini..., 9-35.

[46] Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium 35. Para que aparezca con claridad la íntima conexión entre la palabra y el rito en la Liturgia: 1. En las celebraciones sagradas debe haber lectura de la Sagrada Escritura más abundante, más variada y más apropiada. 51. A fin de que la mesa de la palabra de Dios se prepare con más abundancia para los fieles ábranse con mayor amplitud los tesoros de la Biblia, de modo que, en un período determinado de años, se lean al pueblo las partes más significativas de la Sagrada Escritura. Sobre ello insiste la Constitución Conciliar Dei Verbum en los nn. 21, 23, 24 y 25.

[47]BENEDICTO XVI, Exhortación Apostólica Postsinodal Verbum Domini (30/09/2010) n. 57.

[48] Sobre el proceso de elaboración de los nuevos leccionarios, cf. LÓPEZ, J. "El leccionario...", 1108 y ss. BUGNINI, A., La reforma de la liturgia, BAC, Madrid 1999, en los varios apartados dedicados a este tema.

[49]Así lo reconoce el papa Benedicto XVI, al tiempo que pide nuevos subsidios para la comprensión y pleno provecho de los nuevos leccionarios: "Algunas dificultades que sigue habiendo para captar la relación entre las lecturas de los dos Testamentos, han de ser consideradas a la luz de la lectura canónica, es decir, de la unidad intrínseca de toda la Biblia. Donde sea necesario, los organismos competentes pueden disponer que se publiquen subsidios que ayuden a comprender el nexo entre las lecturas propuestas por el Leccionario, las cuales han de proclamarse en la asamblea litúrgica en su totalidad, como está previsto en la liturgia del día". Verbum Domini, n. 57.

[50]Conforme al breve tratado de san Agustín De catechizandis rudibus n. 39, donde se recomienda una explicación histórico-bíblica de la doctrina cristiana, con estas palabras: "Han pasado ya cinco edades del mundo, la primera de las cuales va desde el origen del género humano, esto es, desde Adán, que fue el primer hombre creado, hasta Noé, que construyó el arca durante el diluvio. Luego la segunda llega hasta Abrahán, que con razón fue elegido como padre de todos los pueblos, para que imitaran su fe, pero más particularmente el pueblo judío, en virtud de la descendencia carnal (...). Estos momentos de las dos edades aparecen claros en los libros antiguos; de las otras tres se habla también en el Evangelio, cuando se recuerda el origen del Señor Jesucristo según la carne. La tercera, en efecto, va desde Abrahán hasta el rey David; la cuarta, desde David hasta aquella cautividad, en que el pueblo de Dios fue deportado a Babilonia; la quinta, desde aquella deportación hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. Y a partir de aquella venida comienza la sexta, durante la cual la gracia espiritual, que hasta entonces sólo habían conocido unos pocos patriarcas y profetas, se manifiesta a todas las gentes".

[51] Especialmente el "tríptico catecumenal" de la samaritana, el ciego de nacimiento y Lázaro, que había sido desplazado a las ferias siguientes a los domingos 3º, 4º y 5º de Cuaresma, pero que seguía vigente en las liturgias ambrosiana e hispano-mozárabe.

[52] 60. Por tanto, la presente Ordenación de las lecturas de la misa es una disposición de lecturas bíblicas que suministra a los cristianos el conocimiento de toda la palabra de Dios, junto con la adecuada explicación.

64. Para alcanzar la finalidad propia de la Ordenación de las lecturas de la misa, la elección y distribución de los fragmentos se ha hecho teniendo en cuenta la sucesión de los tiempos litúrgicos y también los principios hermeneúticos que los estudios exegéticos de nuestro tiempo han permitido descubrir y definir.

66. 3. Los principios que regulan la Ordenación de las lecturas para los domingos y fiestas son los llamados de "composición armónica" o de "lectura semicontinua". Se emplea uno u otro principio según los diversos tiempos del año y las notas características de cada tiempo litúrgico.

[53] Seguimos en esto el citado artículo de J. López, "El leccionario...", 1109-1110. En el mismo texto (1110-1112) se puede encontrar la enumeración y estructura de los leccionarios publicados en España.

[54] Teniendo en cuenta que en las solemnidades y en los domingos de los tiempos "fuertes" la primera lectura es "profecía" del "cumplimiento" evangélico, mientras que la segunda es la "teología" o aplicación del misterio proclamado en la Iglesia. De modo diferente, en los domingos ordinarios la lectura apostólica sigue un curso independiente, basado en la "lectio continua" y no se debe armonizar forzadamente con las otras en la homilía. En las fiestas y en las ferias de los tiempos fuertes, la relación entre la primera lectura y el Evangelio es lo normal.

[55] Vicesimus quintus annus, 8.

[56] Cf. SANCHO, J., "Acontecimiento y temática de la palabra de Dios", en Verbum Domini..., 107-122.

[57] En la antigüedad se proclamaben las lecturas sin decir el libro del que estaban tomadas, como ocurría en la Vigilia Pascual hasta la reforma de Pio XII y se hace aún en las lecturas breves de la Liturgia de las Horas.

[58] liturgia, nn. 7 y 33.

[59] Sacramentum Caritatis. Exhortación Apostólica Postsinodal sobre la Eucaristía, fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia de 22 de Febrero de 2007, n. 45.

[60] Prenotandos n. 3 cita 10. SAN AGUSTÍN, Sermo 85 1, PL 38, 520.

[61]61.- Aunque la acción litúrgica, de por sí, no es una forma determinada de catequesis, incluye, no obstante, un carácter didáctico, que se expresa también en el Leccionario del Misal romano, de manera que, con razón, puede ser considerado como un instrumento pedagógico para el fomento de la catequesis.

[62] BENEDICTO XVI, Sacramentum Caritatis, 45. "Junto con el Sínodo, pido que la liturgia de la Palabra se prepare y se viva siempre de manera adecuada. Por tanto, recomiendo vivamente que en la liturgia se ponga gran atención a la proclamación de la Palabra de Dios por parte de lectores bien instruidos. Nunca olvidemos que « cuando se leen en la Iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su Pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio ».(135) Si las circunstancias lo aconsejan, se puede pensar en unas breves moniciones que ayuden a los fieles a una mejor disposición."

[63] Sacramentum Caritatis 46: Es conveniente que, partiendo del leccionario trienal, se prediquen a los fieles homilías temáticas que, a lo largo del año litúrgico, traten los grandes temas de la fe cristiana, según lo que el Magisterio propone en los cuatro « pilares » del Catecismo de la Iglesia Católica y en su reciente Compendio: la profesión de la fe, la celebración del misterio cristiano, la vida en Cristo y la oración cristiana. Nota 143: Para este fin, el Sínodo ha exhortado a elaborar elementos pastorales basados en el leccionario trienal, que ayuden a unir intrínsecamente la proclamación de las lecturas previstas con la doctrina de la fe: cf. Propositio 19.

[64] Prenotandos n. 68.

[65] Por ejemplo, al presentar los domingos de Cuaresma no se cita a san Agustín, cuando es evidente que el orden de las primeras lecturas sigue el programa cartequético de las "edades" o etapas de la historia de la salvación propuestas por el Santo en el texto antes citado del tratado De catechizandis rudibus 39: "Han pasado ya cinco edades del mundo...".

[66] Como se ha dicho antes, esto fue provocado en el principio de la reforma litúrgica en parte por el hecho de que se comenzó en 1967 por el Leccionario dominical B, que no llevaba los Prenotandos, entonces mucho más breves.

[67] En la Carta Apostólica Vicesimus quintus annus (04/12/1988) n. 7, el papa Juan Pablo II recomienda el cuidado de los leccionarios como reconocimiento de la presencia de Cristo en la palabra proclamada.

[68] En la liturgia hispano-mozárabe, cuando termina la lectura los fieles responden también "Amén".

[69] Al acercarnos al altar y participar en el banquete eucarístico, realmente comulgamos el cuerpo y la sangre de Cristo. La proclamación de la Palabra de Dios en la celebración comporta reconocer que es Cristo mismo quien está presente y se dirige a nosotros para ser recibido. Sobre la actitud que se ha de tener con respecto a la Eucaristía y la Palabra de Dios, dice san Jerónimo: «Nosotros leemos las Sagradas Escrituras. Yo pienso que el Evangelio es el Cuerpo de Cristo; yo pienso que las Sagradas Escrituras son su enseñanza. Y cuando él dice: "Quién no come mi carne y bebe mi sangre" (Jn6,53), aunque estas palabras puedan entenderse como referidas también al Misterio [eucarístico], sin embargo, el cuerpo de Cristo y su sangre es realmente la palabra de la Escritura, es la enseñanza de Dios. Cuando acudimos al Misterio [eucarístico], si cae una partícula, nos sentimos perdidos. Y cuando estamos escuchando la Palabra de Dios, y se nos vierte en el oído la Palabra de Dios y la carne y la sangre de Cristo, mientras que nosotros estamos pensando en otra cosa, ¿cuántos graves peligros corremos?».

[70] En cierta ocasión, cuando el diácono le entregó el códice de los Hechos al acabar la lectura, el santo dijo: "Yo también quiero leer; me gusta más ser lector de esta Palabra que argumentador de la mía". Sermón 356, citado por RIGHETTI, M., Historia..., 228.

[71] Ritual para instituir lectores y acólitos, Madrid 1998, 9 y 15.

[72] Vicesimus quintus annus, 7 y 8.

[73]Verbum Domini, 57. El Secretariado de la Comisión Episcopal de Liturgia ofreció el directorio pastoral, El ministerio del lector, PPC, Madrid 1895, que contiene también el esquema de un cursillo para lectores, y una buena explicación teórica y práctica la encontramos también en ALDAZABAL, J., Ministerios al servicio de la comunidad celebrante, CPL, Barcelona 2006.

[74]Venturi, G., Il lettore: tra ministero, istitutione e spiritualita, www.diaconatopermanente.it.

[75] H.L. Strack - P. Billerbeck, Kommentar zum Neuen Testament aus Talmud und Midrasch, C.H. Beck, München 1969, 158.

[76] Cf. DEL AGUA, A., La Escritura proclamada..., 56.

[77] Ver el tema en el artículo " Homilía" de LUIGI DELLA TORRE en el citado Nuevo Diccionario de Liturgia, 1015-1038 y en LARA, A., "La Homilía", en Verbum Domini..., 79-103, ambos con una completa bibliografía.

[78] Que la homilía forma parte de la acción litúrgica es una afirmación de Sacrosanctum Concilium 52 que mira a la verdadera tradición, porque hasta entonces – y aún el código de rúbricas de 1960 – se consideraba la homilía como una interrupción o suspensión de la celebración.

[79] Cf. Sacrosanctum Concilium, 7.

[80] Tract. In Jo. Evangelium, 12, 5. La expresión sermo divinus se traduce ordinariamente como "homilía divina", pero literalmente es una forma de decir que lo que sigue al Evangelio también es palabra de Dios. Sobre este texto cf. FEDERICI, T., "La santa mistagogía permanente de la Iglesia", Phase 193 (1993) 30.

[81] Sermón 17.

[82]Un obispo se quejaba hace años de que las homilías no comunicaban doctrina, sino que se reducían a resolver, como si fuera un acertijo, la relación entre las tres lecturas. Por otra parte es normal escuchar que el predicador comienza con "El evangelio que hoy se ha proclamado...", sin tener en cuéntalas demás lecturas en el contexto de la historia de la salvación y del tiempo litúrgico.

[83] San Agustín sigue siendo un ejemplo para los predicadores. Admira el capítulo dedicado a la predicación en la imprescindible obra de F. VAN DER MEER, San Agustín, pastor de almas, Herder, Barcelona 1965, 519-598. El santo se sentía interpelado por la Palabra incluso cuando el cantor se equivocaba de salmo (o.c. pp. 531-532).