Como ya informábamos la pasada semana, la Biblia de la CEE ya está en la venta y el pasado martes, día 14 de diciembre, era presentada, en rueda de prensa, a los medios de comunicación. Mientras tanto se ultima la celebración en Madrid de un Congreso Internacional sobre la Sagrada Escritura en la Iglesia, del 7 al 9 de febrero, y con las intervenciones de destacadísimas personalidades. Y es que la publicación de la edición típica de la «Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española» es, en efecto, un acontecimiento eclesial y cultural de primera magnitud. Es un tiempo de gracia, una oportunidad pastoral que merece ser bien aprovechada.

Además, esta edición, ya impresa y en distribución, ha coincidido temporalmente con la también publicación de la exhortación apostólica postsinodal de Benedicto XVI Verbum Domini. Se trata de una coincidencia temporal no buscada –la Biblia de la CEE ha estado casi tres lustros en el minucioso telar de la preparación, la coordinación y la revisión, mientras que el documento papal es fruto del Sínodo de 2008– y precisamente por ello providencial e interpeladora. Tanto aquella asamblea sinodal como el proyecto, ya realidad, de la Biblia de la CEE, como la Verbum Domini son expresiones del compromiso inexcusable de la Iglesia de vivir y nutrirse siempre más y mejor de la Palabra de Dios. En suma, de ser Iglesia de la Palabra y, con palabras de Benedicto XVI en la clausura del Sínodo de 2008, de «acercar la Escritura a todo el Pueblo Santo de Dios porque la Biblia es un libro de un pueblo y para un pueblo». Porque la Biblia –ahora retomando al Papa beato Juan XXIII– es el libro del pasado y del presente y ha ser también el libro del futuro.

Que la publicación de la Biblia de la CEE es un sobresaliente acontecimiento histórico y cultural es, más allá de tópicos al uso, una afirmación evidente. Es la primera vez en la historia de la Iglesia católica en España que sus pastores emprenden y llevan a cabo una iniciativa de estas dimensiones. Si desde 1963 disponíamos ya de las traducciones litúrgicas de la Sagrada Escritura, ahora tenemos la traducción íntegra, sistemática y rigurosa de toda la Palabra de Dios. Nos hallamos ante una Biblia llamada a ser punto de referencia para todos. A partir de ahora será exactamente la misma traducción del texto bíblico la que se rece y celebre en la liturgia, la que se cite en catecismo, libros y documentos oficiales y la que pueda ser orada y meditada. Como ha señalado el secretario general de la CEE «resultará así más fácil conservar la Palabra de Dios en la memoria y meditarla en el corazón. Es, de este modo, una traducción de referencia para las actividades más específicas de la misión de la Iglesia». Y ello no es sino una buena noticia, una noticia destinada a robustecer la pastoral general de nuestra Iglesia.

La Biblia de la CEE es asimismo todo un acontecimiento cultural, en la más amplia concepción del término cultura. Baste recordar, a título de ejemplo, que hace cinco siglos y medio fue precisamente la Biblia, entonces en lengua latina, el primer libro de la historia, el primer fruto de la Imprenta. Baste mencionar, como ya afirmó el Sínodo de 2008, que «la Sagrada Escritura se ha convertido en una especie de inmenso vocabulario, en el atlas iconográfico, en la lengua materna de Europa, en el gran código de la cultura universal». La Biblia es el libro más vendido, editado y traducido de toda la historia, impreso en unas 2.500 lenguas distintas, entre ellas –hace apenas un año– el aranés, por aludir a un singular idioma inserto territorialmente en España. O baste asimismo citar que hasta la Real Academia de la Lengua Española ha sido consultada en la elaboración de esta edición de Biblia.

Pero más allá del indudable éxito editorial y de su condición de innegable acontecimiento cultural, la Biblia de la CEE está llamada a ser un valiosísimo instrumento pastoral. Es una Biblia de todos y para todos. Y aunque resulta innecesario decirlo, obviamente no va contra nadie, sino a favor –repetimos– de todos. Y todo ello debe ser motivo de congratulación, de corresponsabilidad, de gozosa y provechosa acogida y de activa asunción de su extraordinario reto pastoral.