Revista Ecclesia, diciembre 2011

Se cumple en estos días un año de la publicación de la Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española.

Aniversario de extraordinaria importancia, pues este texto bíblico no solo está llamado a influir, a través de su uso litúrgico, en la lengua que hablan y escriben millones de católicos, sino que se ha convertido también en la traducción a la que se remiten los documentos de la Conferencia Episcopal, la que se cita en los Catecismos, a la que se acudirá normalmente en los actos eclesiales de piedad, enseñanza y evangelización.

Es la traducción de la Iglesia que peregrina en España, impulsada y confirmada por nuestros obispos, realizada (a partir de las lenguas originales) por exegetas de probada solvencia, dirigida al pueblo de Dios. No estamos, por tanto, ante el fruto de un esfuerzo privado o el resultado de una intuición feliz. Se trata de un fruto eclesial, proyectado y madurado con tesón durante años de trabajo.

Pero, ¿por qué se consideró tan necesario que existiera una "versión oficial"? ¿No supone tal vez un atentado contra la "sana pluralidad" de traducciones diversas, contra esa varietas de la que los latinos decían delectat? Sobre el particular escribía ya hace unas décadas Alonso Schökel, ese gran biblista al que tradiciones de estudiosos deben fecundas intuiciones, y al que todos los españoles debemos el impulso director en la primera traducción de los textos litúrgicos posteriores al Vaticano II. En 1965, en un artículo publicado por aquel entonces en la revista Ecclesia, Alonso daba tres razones para sostener la conveniencia de dicha traducción oficial. Decía, en primer lugar, que era importante promover el uso de un lenguaje bíblico común en la catequesis que fuera precisamente el de la liturgia. Esto favorecería también que no se perdiera la densidad teológica de ciertos términos y fórmulas. Añadía en segundo lugar que al sacerdote se le irían así quedando términos y expresiones que recurrirían en sus homilías. Los términos acuñados y repetidos darían de este modo una amplitud y eficacia mucho mayor a su predicación. Por último, para la cita y el comentario en el ámbito del estudio de la teología consideraba entonces Alonso muy conveniente tener un lenguaje bíblico estable y común.

Esto que Alonso consideraba "muy conveniente" es lo que tenemos ya disponible en la versión oficial de la Sagrada Escritura. El trabajo de traducción, llevado a cabo por un Comité Técnico con la colaboración de 24 especialistas, combina equivalencia dinámica y fidelidad a la letra del texto. Se han recuperado, entre otras cosas, con respecto a la antigua traducción litúrgica, algunos términos importantes. Así, por ejemplo, antes, en la traducción que los leccionarios ofrecían de la primera carta de san Juan, había desaparecido el término "comunión" (koinonía) sustituyéndose por "unión". Con ello se perdía una riqueza de carácter teológico-religioso. La nueva traducción, que pronto se leerá en nuestros leccionarios, recupera esta terminología.

El primer aniversario de nuestra "versión oficial" es también ocasión de novedad, y no solo de recuerdo. Se publica por ello con este motivo la nueva edición popular (Minor) de la Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Se trata del mismo texto bíblico de la edición Maior en su integridad, pero en un formato reducido, descargado de muchas notas e introducciones y, por tanto, más fácilmente transportable y más económico. Se trata de facilitar que "la piedad popular encuentre en las palabras de la Biblia una fuente inagotable de inspiración" (Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, 87). Se quiere también responder a la exigencia manifestada ya por Benedicto XV de que los libros bíblicos se divulguen más mediante la oferta de ediciones con un formato "más cómodo" (Spiritus Paraclitus, EB 479). Se pretende, en fin, que la misma versión oficial llegue a más hogares, se haga más presente en la oración y en la devoción popular, en la catequesis, en la lectivo divina y en tantos ámbitos llamados a ser fecundados por la presencia siempre viva de la Palabra de Dios.