Instrucción Pastoral de la XCI Asamblea Plenaria de la CEE

Lámpara es tu palabra para mis pasos (Sal 119, 105). Dios, que habita una luz inaccesible (1 Tim 6, 16), dispuso en su sabiduría infinita revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, para que el hombre, creado a su imagen y semejanza, llegara a participar de su misma vida. Esta revelación no fue interrumpida por el pecado de nuestros primeros padres, sino que, después de la caída, Dios reiteró su alianza a los hombres y los fue guiando, por los profetas, con la esperanza de la salvación. Mediante palabras y obras ha ido comunicando gradualmente su designio salvífico a través del pueblo elegido, a fin de que la Palabra de Dios, como antorcha que brilla en las tinieblas, guiara sus pasos.

Al cumplirse la plenitud de los tiempos (cf. Gál 4, 4), envió Dios a su Hijo, «la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre». En Cristo, Palabra de Dios hecha carne, el Padre nos lo ha dicho todo4. Gracias al misterio de la Encarnación, la luz de la gloria divina ha brillado ante nuestros ojos con nuevo resplandor, de modo que conociendo a Dios visiblemente, podemos ser llevados al amor de lo invisible. La comunicación que el Padre ha hecho de sí mismo por su Verbo en el Espíritu Santo sigue presente y activa en la Iglesia: «Dios, que habló en otros tiempos, sigue conversando siempre con la esposa de su Hijo amado; así el Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo entero, va introduciendo a los creyentes en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo»6. «Sin embargo, la fe cristiana no es una “religión del Libro”». El cristianismo es la experiencia de la verdad y de la vida que se nos comunica en el acontecimiento, «no de un verbo escrito y mudo, sino del Verbo encarnado y vivo».